17 août 19h30
Dépanneur Sylvestre
9 Fortier (Hull) Gat. Tél. : 819 (771-3723)
Rencontre musico-littéraire franco-hispanophone
Encuentro de música y poesía Franco-hispano
Nos invités / Nuestros invitados
Gabriela Etcheverry
Gabriela Etcheverry, doctora en literatura, ha publicado cuentos y poemas en diversas revistas y antologías canadienses. En enero de 2007 publicó Latitudes, novela fragmentaria y multiforme, en
La Serena, Chile. Poemas y selecciones de sus obras inéditas “El árbol del pan” (cuentos) y “Coquimbo” (novela) aparecen publicados en el sitio web de La Cita Trunca.
Ruben Ponce
Compositeur Auteur-interprète chilien, exilé au Canada depuis 1976, il fait de la musique depuis sa jeunesse.
Arrivé à la région depuis moins d’un an, il est déjà fortement implique dans le mouvement culturel de l’Outaouais Baladas y Ritmos del mundo feront partie de son répertoire ce soir.
FLAME ENCORE
Es un proyecto de tres músicos latinos que han unido su experiencia para recrear un estilo que mezcla las guitarras flamencas y los ritmos latinos. El resultado es una fusión de ritmos que pueden llevar a la audiencia a escuchar las melodías o a bailar al ritmo del repertorio. FLAME ENCORE esta formado por Julio Cesar Reyes (Guitarras, Perú), Humberto Fernández (Bajo y Voces, Cuba) y JL Vasquez (Percusión, Chile)
Micro ouvert à tous et toutes
La Peña
Un programme qui a comme objectif le rapprochement et l’échange multiculturels
Una actividad que tiene como objetivo el intercambio multicultural
Tres Fragmentos de 'Latitudes', de Gabriela Etcheverry
Tengo la suerte de acordarme de la primera vez que quedé maravillada ante la creación y me embarga el mismo sentimiento cada vez que veo a alguien hacer cosas con su puro ingenio. Fue el mismo año que vi por primera (y única) vez florecer el desierto en todo su esplendor y brotar manantiales de agua cristalina de entre las rocas. La devastación y el milagro de estar viva era lo que me hacía conectar el año que cumplí los siete con ese primer tiempo de la dictadura. “Estás preparada para morir, hija”, me preguntó mi madre sentada al borde de mi cama, a punto de tirar la esponja. Quién sabe cuántas noches había tenido que levantarse a envolverme en sábanas mojadas para alejar la fiebre. Sin poder hablar, reuní toda la fuerza que pude para mover la cabeza en un “No” que quería escapárseme junto con el alma. “Entonces no te vas a morir”, dijo, y la vi ponerse de pie y volver a las sábanas mojadas y a las cataplasmas de mostaza caliente en los pulmones, la cara marcada con el súbito influjo de energías prestadas. Las de ella hacía tiempo que se habían agotado. Las lluvias habían corrido por días cerro abajo, con vientos que hacían volar enteros los precarios techos, llevándose parte de nuestra casa y convirtiendo la calle en una quebrada que dejó al descubierto una arcilla maleable que nunca habíamos visto. De todos los que nos metimos al agua que bajaba con la fuerza de un riachuelo para sacar la greda, Rubén fue el único que supo convertirla en carretas con caballos, burros, perros, gatos y otros enseres y animales mucho más largos que sus congéneres naturales. No era el hermano de todos los días el que domaba ese material que nunca había tenido en sus manos con la certera presión de unos dedos ágiles y sabios, la cara bañada de una confianza nueva y reposada que le daba un aire de adulto a su cuerpo de niño, como si no hubiera hecho otra cosa en la vida que darle forma a la arcilla. Con adoquines y un tablón se había improvisado una mesa en el patio donde iba poniendo las figuras con cuidado después de darles la última mirada de aprobación.
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Me aventuré por edificios del pedagógico en los que no tengo clases y en uno encontré una sala abierta. No había un alma viviente así que me dediqué a intrusear. En una mesa larga había varias cajas con osamentas humanas. La etiqueta decía que venían del mar pero no decían de qué parte de Chile. Uno por uno fui levantando los cráneos de distintos portes, todos de color oro viejo, tratando de averiguar cómo habían sucumbido a su suerte. Decían en mi barrio que Don Pedro, el almacenero de la esquina, se había casado con Doña Rosita (la del ojo huero) por miedo a los secuaces del presidente/dictador Ibáñez que mandaba fondear a los homosexuales. ¿Serían de ellos los esqueletos? El problema con los libros de historia es que nunca cuentan esas cosas. Si no fuera porque la gente no quiere olvidarse y se lo va repitiendo a quien quiera escucharlo jamás nos enteraríamos. La única persona que conocí que fue a parar al fondo del mar era una jovencita que vendía machas. Debe haberse levantado al alba a sacarlas de las peñas que están detrás de la pampilla. Por mucho tiempo eché de menos su grito de “Macháaaaaa” que se arrastraba por la calle desierta despertándome. Después de varios días encontraron su cuerpo lejos de donde se había caído, semicarcomido por devoradores marinos.
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Si te llega esta carta, quiere decir que no pude volver a Santiago. Lo que sé con certeza es que si llego (y apenas llegue) te voy a buscar. Esta vez seré yo quien te pida que me dejes andar a tu lado, que me dejes tomarte de la mano, que me dejes ser tu mujer. Si dices que sí, será para quedarme. Te daré a beber jugos nuevos, macerados en los espacios detrás de mis ojos, en el centelleo de las infinitas luces del mar al atardecer, en las flores de mis sueños, en la melodía del silencio con que el aire llena el alba. Si no me aceptas, lo entiendo. Sé que has sufrido. Parte de este tiempo de soledad lo he dedicado a la tarea de atar cabos sueltos y tratar de rehacerme, que es como la tarea de nacer o morir, es decir, no hay nadie que pueda ayudarte. Contigo aprendí que la mirada humana no capta jamás el objeto como es (y tuve suerte que tu mirada fuera generosa conmigo) y he aceptado que lo mismo pasa con el lenguaje. Se queda a medio camino y no llega a expresar lo que uno quisiera. Si digo “te amo” las palabras tocan fondo ahí mismo. No alcanzan para expresar ese misterio halagador que le llena el alma a uno cuando quiere a alguien y que va despertando y haciendo cantar cada fibra de tu ser hasta que la melodía también se escucha en el aire que te circunda.