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Editorial
Once de septiembre
La dirección

Las torres ardientes del once de septiembre de 2001 resultaron en una confrontación —ahora abierta— de la máquina imperialista, medio corroída pero que se regenera y muta parcialmente, y un vasto espectro de países objeto de su rapacidad, que se le enfrentan desde el delirio religioso que aliena a las masas, las oprime y reprime y así reproduce como la otra cara de la moneda la misma brutalidad eficaz de la máquina, pero con menos sistema, con menos orden. Todo contra un escenario crepuscular—no primaveral, de un apocaliptismo casi implícito que hermana a ambos contendores en la culpa y el pecado de la avaricia por el Oro Negro cuyos gases quizás ahogarán la vida en el planeta, del que quizás sean recordados como los sepultureros. El otro once, el antiguo de 1973, en algún momento pareció obsoleto, su contexto y coordenadas borrados del mapa por este otro que parecía cerrar el libro de las revoluciones sociales y llevarnos de vuelta a la época de las cruzadas, o de la epidemia nazifascista de algunas décadas del siglo XX que hizo de la raza, la religión y la nacionalidad los contendientes primordiales en el panorama del mundo. Es cierto que alguna vez Allende se refirió al socialismo a la chilena, con empanadas y vino tinto, pero en el panorama mundial en gran medida son las empanadas y el vino tinto, es decir solo los elementos nacionales y etnoculturales, los que han empujado al socialismo fuera de la ecuación de los programas y alianzas supuestamente antiimperialistas.

 

Pareciera que la única excepción es América Latina. Aquí, la así llamada “vía pacífica” e institucional para elegir y sostener gobiernos que se vayan acercando al socialismo se muestra tan fructífera como variada. La Unidad Popular y su derrocamiento, en su comienzo esgrimidos como argumento de que no era posible obtener el poder sino por la lucha armada, pasa a convertirse en un ejemplo temprano de gobierno institucional y elegido de izquierda, que se mantiene en el poder y hace reformas. Lo que hace cerca de cuarenta años— un gobierno progresista y prerrevolucionario elegido en las urnas— era la excepción, se ha convertido casi en la norma. Así lo vemos en numerosos países de la región, comoVenezuela, Bolivia, El Salvador, etc., para mencionar los ejemplos más importantes. Venezuela permite volver a plantear con cierta posibilidad programática un bolivarismo que la vez que plantea la autodeterminación regional de América Latina no se agota en la mera ‘autodeterminación’ sino que le añade un contenido progresista y revolucionario en un sentido socialista. El gobierno de Bolivia es el único que ha combinado reformas sociales con un planteamiento ecológico en tanto gobierno de un país y lo ha incluido en sus programas. Es un gobierno de gran representación indígena amerindia, pero no se limita a ese aspecto etnocultural sino que se extiende hacia el socialismo. El Salvador ha logrado convertir a sus fuerzas armadas revolucionarias en un partido socialista que dirige una coalición progresista/revolucionaria que abarca a grandes sectores populares y cristianos. Mucho agua ha pasado—y continuará pasando—bajo los puentes de América Latina desde la inmolación—tan fructífera a la postre—de Salvador Allende.