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Editorial
La cuestión nacional y la izquierda
La dirección

En décadas recientes la contradicción o confrontación política más importante que atraviesa el globo es entre la metrópoli—no entendida ya más como un solo centro: Estados Unidos, sino como una potencial pluralidad de centros ‘metropolitanos’ en diversos grados de consolidación o emergencia—y las ex o neocolonías, regionales o nacionales. La dimensión de la lucha de clases al interior de cada país, si bien nunca ausente, siendo una contradicción constitutiva de toda sociedad, ya no es el centro exclusivo de las preocupaciones políticas de las izquierdas radicales. Otro conflicto importante es entre el centro metropolitano norteamericano o europeo—que tiende a adquirir cada vez más la cualificación de ‘occidental’ y las regiones del así llamado tercer mundo que cuentan con recursos que son necesarios para la metrópoli o que le representan ventajas o peligros geopolíticos.

 

Esta nueva etapa de la fase superior del capitalismo que sería el imperialismo recibe el nombre de globalización, que se califica—refiriéndose a su parte más infraestructural—como neoliberal, para distinguirla por ejemplo de la globalización de las comunicaciones, o la expansión de la urbanización, una cierta forma política democrática ‘moderna’ electoral, la cultura de masas, etc., fenómenos que acompañan a la globalización neoliberal y a los que reconfigura o secreta.  Esta globalización económica indica que el capitalismo no ha muerto, que continúa extendiéndose, profundizándose y homogenizando ese modo de producción.  Al hacerlo, sigue extendiendo e implantando su tipo de explotación de recursos humanos y naturales a formaciones anteriores o coexistentes, tribales, feudales, monárquicas, teocráticas, burguesas nacionales, etc., que incorpora adaptándolas—o sustituyéndolas—.

 

La alternativa entonces parece ser para la izquierda: o adoptar un programa de reivindicación de la autonomía regional  y nacional antiimperialista sin cualificaciones, defendiendo las causas anti neo coloniales y de autodeterminación de los pueblos—como lo ha venido haciendo hasta ahora—o cualificar ese mensaje con uno que a la vez llame a la lucha de clases en un sentido amplio más o menos en los siguientes términos: si bien hay que apoyar la causa antiimperialista a nivel mundial, también habría que proclamar paralelamente la existencia de las luchas sociales al interior de los países y regiones del así llamado tercer mundo, o más eufemísticamente, mundo en desarrollo.

 

Desgraciadamente parecería que el mensaje y los análisis de la izquierda han quedado truncos, ya que la reivindicación por así decir nacional y antiimperialista no se ha visto acompañada por el llamado o el reconocimiento de la lucha de clases al interior de esas regiones o países que a veces se describen como ‘no occidentales’, pasando incluso a veces a convertir en sujeto revolucionario a sectores religiosos y de las burguesías nacionales de esos países, que si bien se oponen al imperialismo a la vez robustecen su propia dominación nacional o regional y en general marginan o exterminan a la izquierda y reprimen al pueblo. No se trata, repetimos, de renunciar a la denuncia contra la agresión del imperio todavía más grande, y sus acólitos, sino de agregar la necesidad de llevar esa lucha hacia las propias clases dominantes en cada caso. Es decir, tratar de complementar en el discurso y la programática de la izquierda, la reivindicación nacional y de autodeterminación, que también hacen partidos nacionalistas, sectas religiosas, etc. con un discurso verdaderamente de izquierda, es decir que incorpore las luchas sociales e ideológicas al interior de los países objeto de la acción imperialista.