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Editorial Junio 20, 2012


Que viva la Revolución Cubana
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Que viva la revolución cubana. Casi medio siglo que lo seguimos repitiendo, pero si bien es una expresión manida, pareciera que la historia es la que se encarga de darle una y otra vez el brillo de la novedad. La vasta y sangrienta epopeya de la liberación americana ve sus cabezas cortadas una y otra vez, que vuelven a brotar en ensayos unas veces planificados otras veces sorpresivos hasta para sus mismos protagonistas. Pero en todos estos años la presencia concreta e innegable de la Revolución Cubana es el faro que por su misma aparente fragilidad geográfica y geopolítica guía a las diversas empresas libertarias del continente y de allende los mares. Décadas de bloqueo, el derrumbe de las carcomidas burocracias del socialismo real europeo, la aparentemente irresistible marea de la globalización neoliberal, la instauración de la administración yanqui más fanática, agresiva, belicista y desembozada se estrellan inefectivas contra esa isla caribeña que se aprieta el cinturón y hace de la necesidad virtud para ir construyendo algo todavía muy distante de la utopía y quizás plagado de problemas, pero que tiene un dejo de su sabor, cuyo aroma todavía nos llega. Pese a los altos y bajos, períodos especiales, bombardeada día a día por el más poderoso aparato mediático y propagandístico a unos cuantos kilómetros de sus costas, ensaya nuevas formas de medicina natural, agricultura urbana, organización comunitaria, movilización cultural, haciendo llegar su influencia y apoyando la frágil maravilla de otros sistemas que encierran el germen de un socialismo inédito que da sus primeros pasos en las montañas, las selvas, los llanos y las megaciudades latinoamericanas. En momentos en que significativas masas del tercer mundo se debaten entre la rapacidad y la exclusión explotadora del neocapitalismo neocolonial de horca y cuchillo y las estructuras feudales y teocráticas de sus tiranos. Es mucho lo que se podría decir a favor de la Revolución Cubana. Y mucho en contra. Ya sea desde las trincheras del fetichismo democrático, que sanciona cualquier producto de las urnas sin importar lo grotesco de su génesis, configuración y operaciones, aunque sancione formas de genocidio religioso, cultural, ideológico, étnico e ideológico. Desde el campo del universalismo mercantilista que pretende convertir al planeta en un reservorio de recursos humanos y materiales transables, consumibles y exhaustibles en pro de la ganancia en último instancia privada. Si algún destino histórico ideal le está reservado a América Latina es la presentación de una tercera alternativa de socialismo ambiental, autogestión y diversidad equitativa social, étnica y cultural  y su oferta al mundo agónico. La presencia de Cuba como ejemplo e influencia en este escenario de ciencia ficción, pero ya no tan tan inalcanzable, se da por descontada.


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