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Editorial Junio 20, 2012


En la cancha se ven los gallos
Jorge Etcheverry

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La policía le dio como caja a los cabros chilenos de la selección. Este suceso puede parecer muy local, muy circunstancial. Pero la reacción de la comunidad chilena en Canadá, y de mucha gente en Chile se enmarca en un contexto que, aunque le duela a los hinchas, va más allá del fútbol, del deporte y del mero nacionalismo, o patriotismo, que según dice un personaje Borges en su cuento “la forma de la espada”, es “la menos perspicaz de las pasiones”. El primer ministro conservador de Canadá acaba de andar por América Latina y visitó Chile, donde trató de dejar en claro las diferencias entre Estados Unidos y Canadá, con bastante buen ojo, ya que a Canadá le interesa meterle mano al patio trasero del imperialismo mientras Big Daddy está ocupado en Irak y Afganistán y quién te dice a lo mejor en Irán, en Somalia, Líbano y en una de estas hasta en Palestina. En general Canadá ha sido siempre respetada en Chile, básicamente por no ser Estados Unidos, lo que significa que estuvo fuera de la gestación del golpe de estado de Pinochet, de la capacitación de oficiales chilenos en academias yanquis y de la asesoría de los aparatos de inteligencia estadounidenses a las fuerzas armadas. Canadá no participó en la campaña del terror que sentó las bases del golpe de 1973 y después del mismo abrió sus puertas a muchos refugiados e inmigrantes chilenos que desempeñaron una importante labor de solidaridad y denuncia y pudieron insertarse laboral, económica, institucional y culturalmente en su nuevo país.

 

Esto último tiene que ver en gran parte con la histórica posición tercerista de Canadá en política internacional, que la llevó a aceptar refugiados e inmigrantes  indeseables para los EEUU y con las políticas multiculturales, que propendieron a integrarlos, y que si bien no erradicaron el racismo ni la discriminación básica de los países desarrollados o en vías de desarrollo que aceptan inmigrantes, los morigeraron e hicieron altamente ineficaces. Desde entonces las políticas de multiculturalismo han ido retrocediendo en forma paralela a la derechización del país, acelerada desde el 9/11 neoyorquino. El voto popular ha llevado al poder a un partido conservador bastante ultra, comprometido con la política exterior estadounidense y con sus guerras, en la medida en que lo permiten sus fuerzas armadas relativamente pequeñas y el franco rechazo de esas empresas bélicas por parte de la mayoría de la población. Cuando Harper va a Chile, va como mandatario conservador. Para muchos todavía los conservadores son sinónimo en Chile del apoyo y colaboración de la derecha a la dictadura. Los partidos políticos casi en pleno rechazaron el envío de tropas a Irak y muchos chilenos con preocupaciones políticas son perfectamente conscientes del nuevo papel que Canadá ha asumido en estos últimos años  en la política internacional junto al gobierno más halcón en la historia de Estados Unidos. Esos mismos sectores chilenos políticamente conscientes, el resto no se preocupa por nada, son los que protestan por las intervenciones de compañías canadiense en el país, notablemente el caso de Pascua Lama.

 

¿Qué tiene eso que ver con la ola de protestas por la paliza que le propinó la policía de Toronto  a los cabros de la selección?.  Hay sectores en Chile que antes no hubieran reaccionado tan intensamente frente a un traspié de este país niño bueno enclavado en América del Norte, pero que ahora ya no tienen problemas para pedir incluso el boicot de los productos canadienses. Y hablando del plano local, es decir Canadá, hemos venido viendo por bastante tiempo cómo se atacan las políticas multiculturales y de dónde vienen esos ataques, y cómo de hecho disminuyen o retroceden sus realizaciones. Este proceso es paralelo a la paranoia posterior al nineleven con sus certificados de seguridad, el incremento de la vigilancia a la disidencia y de la censura, la confección de listas de no vuelo muchas basadas en estereotipos etnoculturales, el aumento general del control y una atmósfera belicista mediana que al pasar a los sectores menos educados se convierte en patrioterismo, nacionalismo y xenofobia. En resumen, un conglomerado de jóvenes bulliciosos no homogéneamente blancos son vistos como amenazantes por los red necks de la policía  que proceden a apalearlos. Lo que nos preocupa como chilenos residentes en Canadá es la situación general y a dónde puede llevar a medida que los elementos descritos antes van perdiendo sofisticación al dejar las cúpulas institucionales y llegar a la calle, transformándose en racismo y discriminación abiertos. De ahí la variedad e intensidad de nuestra protesta. Como comunidades chilenas residentes tenemos mucho que perder.

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