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Editorial Junio 20, 2012


Yo no he venido a traer la paz sino la espada miéchica
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Eso a mí siempre me ha parecido conectado con esa otra afirmación de Cristo en el sentido de que “"Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos". Hay quienes arrellanados en posiciones de compromiso intentan proclamar a su vez su adhesión a esa otra frase “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, en que Cristo, consciente del poderío del imperio que habían de enfrentar sus desarrapados discípulos trata de adoptar una ‘vía pacífica’ para la exportación, para la galería o la platea, ya que en esos momentos le interesaba parar a sus partidarios más exaltados y no darle a las fuerzas del orden un pretexto para su aniquilación. Claro que luego al venir la época de acomodación con el Imperio Romano, esa medida en un comienzo táctica, luego estratégica, pasa a convertirse en un axioma esencial per sécula del respeto de las instituciones y el poder por la parte mayoritaria de la institución cristiana, siempre que valga la pena claro está, que tengan poder. Un poco lo que históricamente ha pasado con la noción y la institución de la ‘Democracia Burguesa’, en algún momento pensada como  el ‘camino democrático’ hacia un estado ulterior, ‘el socialismo’, pero que se convierte en objetivo último de la actividad política progresista o revolucionaria, cuando las cosas se ponen difíciles y no hay en el país de que se trate una corriente poderosa y masiva a favor de una institución alternativa. Es decir que la democracia se convierte de medio en fin y se transforma en un fetiche.

 

Por otro lado, y gracias a la flexibilidad de la dimensión del tiempo, que en última instancia le debemos a Eistein, se puede asumir que existen dos tipos de conflictos. Los manifiestos y dinámicos y los ocultos y (aparentemente) estáticos. Tanto entre países y regiones como al interior de los límites y circunscripciones institucionales que son los países. Está el acto patente y abierto de la guerra entre países o de colonización o neocolonización. Pero existe también el conflicto ‘congelado’, por ejemplo la lenta invasión y dominio de la metrópoli de la antigua o nueva neocolonia. A nivel de los países la institucionalidad, el sistema y el estado pueden estar enfrascados en conflicto abierto entre clases, estamentos, géneros, que se manifiesta en el control, subordinación, explotación  y voluntad de marginación de la vida política, social, cultural e incluso física de las clases, estamentos, géneros o grupos étnicos explotados.

 

La situación generalizada es la de sociedades escindidas y enfrentadas en conflictos, que muchas veces siendo gravísimos ofrecen la apariencia de la paz. La marginación, control y subordinación de grupos económicos, sociales, etnoculturales, a veces un género en tanto tal, configuran muchas veces la esencia política, económica y cultural misma de los regímenes vigentes. Entonces la única alternativa de paz, que parece inexistente e irrealizable, es la existencia de un poder ejercido en favor de las mayorías en un sentido económico, social y político, que no margine, proscriba o subordine, sino que más bien integre las culturas y sociabilidades minoritarias y microculturales, en la medida que no propendan a la distorsión y restricción de ese poder que ejercita la satisfacción colectiva de necesidades. No hay muchos estados así en el mundo, no peco ni venial afirmando que hay varios gérmenes nacientes en América latina, y señalaría aparte de Cuba, a los regímenes de Bolivia y Venezuela, claro está que guardando las distancias y centrándome más bien en el punto de origen del haz de luz que en la amplitud de foco de su llegada.

 

Porque para la existencia de una verdadera paz no se necesita ni es deseable la abolición de todo conflicto, sino la supresión o atenuación de elementos constitucionales del sistema de intercambio económico vigente, que se basa en la sustracción del plus valor y adición del valor agregado, que se destinan  a usos privados individuales o colectivos. Es necesaria la atenuación del poder de la estructura religiosa que divide, estigmatiza, margina, cosifica, subordina, excluye y puede incluso tender a eliminar a grupos o partes enteras de la humanidad;  y arrebata la esencia del valor moral del hombre y lo deposita en la divinidad. No todo conflicto es guerra ni violencia, y eso lo llevó Ghandi a la perfección. Por otro lado, la ausencia de conflicto abierto o aparente, es decir su presencia ‘congelada’, no significa que haya ‘paz’.


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