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Editorial Junio 20, 2012


Aún tenemos patria ciudadanos. Ateos del mundo uníos
Jorge Etcheverry

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Aunque estamos en una etapa de retroceso amedrentado del ateísmo, y por esto entiendo una versión simple de la no creencia en dioses, al menos en la ridícula versión antropomórfica a la mano y corriente, con su secuela del hombre como creación favorita, réplica del Dios en pequeño y cosas por el estilo. Y con su retahíla de regulaciones a veces ridículas sobre la abstención de cierto tipo de alimentos, la restricción del sacerdocio a un sexo, el control genético a través de la mujer, la condena al comunismo, no tan rara como pareciera, etc. No queremos negar al papel moral de la religión para el primate humano, imposibilitado por lo general de empatizar con su semejante, o prójimo, que para abstenerse de ocasionarle el dolor, la explotación y la muerte debe recurrir a la mediación religiosa, en un burdo proceso psicológico que iría más o menos así: este fulano o esta fulana que tengo al frente mío es también creación de Dios, y posee un alma, entonces no lo/a puedo (asesinar, violar, torturar, esclavizar, etc.). Ésa una versión más o menos sofisticada y presenta el mejor de los casos. Basta con quitar al otro los atributos de divinidad, por ejemplo el alma, y entonces cambia la cosa. En su manifestación más burda, ese otro, si no profesa mi religión o no practica mis prohibiciones, se convierte en ‘infiel’, entonces en una de éstas, y dependiendo del trato que mi capilla le da a los infieles, le quito la calidad humana y al matadero se ha dicho. En una versión más pavloviana, se trata de domesticar al animal humano de la siguiente manera, y de eso está llena la Biblia, en su antiguo testamento. Simplificando al máximo, “la letra con sangre entra”, así se puede recurrir entonces a la tortura y la hoguera para cambiar las convicciones y forzar una autocrítica del hereje. Aunque a veces no hay escapatoria: si la bruja flota, es culpable y si se hunde es inocente. Una variante de esto es la asociación psicológica. Para fijar un principio moral en la nebulosa mente de las multitudes, Cristo trató de acentuar su calidad humana, de ‘Hijo del Hombre’, y luego se dejó someter a sacrificio, recalcando que sufría por todos los hombres, y que a la inversa, al ocasionar daño a un ser humano, los supuestos creyentes le estarían efectuando daño a él. Pero parece que no se oyó padre. O sea que ni siquiera sirven los reflejos condicionados.

Yo no niego que la intención de muchas religiones sea buena, después de todo ¿Qué hay de malo con tratar de obtener la inmortalidad, la salvación eterna?. Más allá de la proliferación de reglas y rituales muchas veces ridículos, en las religiones suele haber un germen de moral universal, que en los hechos nunca va a alcanzar a todos los seres humanos, ni tendrá la simple dimensión del imperativo categórico de abstenerse de hacer al prójimo lo que no se quiere que le hagan a uno. Pero a los escritores, a los productores de sentido, a quienes enhebran el hilado del mundo alternativo de las representaciones mediante las cuales conocemos y damos sentido a la realidad, hay que exigirles una moral universal, humanista, no discriminatoria en términos de raza, género, cultura o clase, y que desconfíen de las instituciones y sistemas religiosos y filosóficos que hacen parte de su credo la teoría y práctica de la discriminación y descalificación de algún Otro

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