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Editorial Junio 20, 2012


Children of War y la masacre en el Instituto Politécnico de Virginia
Gabriela Etcheverry

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El objetivo de un reportaje de la CNN la semana pasada era conmover a los televidentes contando las vicisitudes de una familia que tenía el esposo y padre peleando en Irak. Mientras miraba esa casa-mansión y el patio con césped bien cuidado donde jugaban los hijos bien vestidos y bien alimentados, educándose en buenas escuelas y creciendo al cuidado de una madre que no tiene que salir a trabajar, no pude menos que pensar en los dos millones de personas internamente desplazadas en Irak, sin casa, sin trabajo, la mayoría mujeres y niños que nadie recibe porque las ciudades ya no dan abasto, los miles de niños en los campos de refugiados, sin escuela, sin futuro, sin comida y sin agua potable y lo peor, sin padres. En ese contexto me pareció que en vez de contar tribulaciones eran bendiciones las que debería estar contando esa familia cuyo marido no hacía más que ejercer la profesión que había elegido. Reportaje y reflexiones perdieron brillo y color ayer con la noticia de la masacre en el politécnico de Virginia. Con el alma enferma, achuñuscada por tanta violencia y desperdicio de vida joven mis reflexiones se torcieron hacia la persona que empuñó el arma y no pude dejar de hacer la conexión con “Children of War”. Antes que pudiera atar hilos mentales apareció el video de Cho Seung-Hui y vuelta a las andadas de los medios que sí y que no, que darle tribuna al asesino-suicida opaca la tragedia y glorifica al matador. Aunque la CBC decidió no mostrarlo le dio espacio al tema en la radio, pidiéndole a la gente que llamara dando su opinión al respecto. El rechazo a las cadenas de TV que lo habían mostrado fue la tónica general de las llamadas, aduciendo que eso desviaba la atención de lo que importaba verdaderamente, las victimas, y le daba al tipo la fama póstuma que había buscado (no hay que darle el gusto, decía una mujer como si el hombre pudiera disfrutar de su victoria desde el otro mundo). Supongo que habría otras personas que pensaban como yo pero ninguna se atrevió a llamar. La autocensura post 9-11 está vivita y coleando y no nos atrevemos a expresar opiniones en público en un ambiente maniqueísta donde el debate en aguas que cruzan fronteras no es bienvenido: “si no estás conmigo significa que estás contra mí”. Más que las imágenes del video de Cho Seung-Hui, que en realidad no se diferencian sustancialmente de la violencia  que se ve en los video-juegos, a mí me interesaban las palabras, saber qué fue lo que según él lo llevó al descalabro. Son raras las ocasiones en que la misma persona nos da entrada a su mente enferma. Lo que me quedó al final fue la repetición de la frase “nada les basta, no se sacian con nada”. Más enfermo que muchos de nosotros, es difícil no pensar a Cho Seung-Hui como hijo de esta generación de “niños producto de las guerras”. Ahí, sin importar edad y con menor o mayor grado de salud mental, también caemos todos los que nos duelen Irak y Afganistán. Aunque ni por un segundo podamos acercarnos a los horrores que los verdaderos “niños de la guerra” están viviendo, el espíritu humano se resiente de tanto horror y violencia (causada por la codicia y la ceguera) y de la imposibilidad de detenerla. Por qué la vida de un soldado estadounidense va a valer más que la de las cien muertes, que es el promedio diario en Irak. En los primeros tiempos de la campaña de Estados Unidos en Afganistán después del 9/11, el bombardeo a tugurios miserables fue el más mortífero en tonelaje de bombas desde la guerra de Vietnam, matando casi a tantos civiles como los que habían muerto en el ataque a las torres gemelas. No sabemos (yo al menos no sé) cómo funciona la mente, ni a través de qué hilos ocultos entreteje esas imágenes de dolor y de muerte con las de riqueza y despilfarro de estos países que mandan sus ejércitos a cazar pobres y desventurados. A punta de bomba y de bala les quieren meter una democracia que jamás van a entender y son esas imágenes de niños, mujeres y hombres que lo han perdido todo las que marchitan y doblegan el espíritu haciéndolo tropezar y caer en la depresión y en la locura. Son los frutos de una cultura de guerra, de una cultura de violencia construida al nivel del discurso político que desde ahí permea lo social, metiéndose por los resquicios ignorados del inconsciente humano y manifestándose en miles de formas distintas, con blancos a veces concretos, pero las más de las veces difusos e indiferenciados. Quizás el llamado mesiánico que escuchó el presidente Bush de “exportar muerte y violencia a los cuatro rincones de la Tierra en defensa de este Gran País y librar al mundo del Mal” esté actuando al revés y en vez de exportar la violencia la está anidando insidiosamente al interior de sus fronteras, al interior de la mente de niños y jóvenes deprimidos que buscan protegerse de miedos ubicuos y sin rostro diferenciándose lo más posible en raza y posesiones materiales del “otro”, del que encarna el Mal.


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