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Editorial Junio 20, 2012


La obscena subyugación de lo sagrado
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Se hace sentir una vez más una absoluta necesidad cultural de mediación, y no se trata de algo que pasa en el dominio siempre lejano y árido del pensamiento abstracto. Se trata de algo que quedó de manifiesto por ejemplo hace unos meses en el furor despertado en mundo musulmán por la publicación en Europa de unas caricaturas del profeta. Pero estamos hablando de un estado de cosas universal. Uno se pregunta qué podría ser eficaz para introducir una cierta distancia entre ciertas imágenes representativas y su efecto en la sicología de las colectividades, grupos y personas afectados, que los lleva a un impulso cuya realización plena tendería a la aniquilación de lo diferente y lo opuesto, en general y desgraciadamente otras personas y sus sociedades, donde la gente vive vidas cuyas características y manera misma las hacen a veces despreciables para el integrista, y por lo tanto abominables y exterminables.

 

El que las  representaciones puedan cargar un peso e influencia tales sobre sectores del mundo social y cultural humano prueba que el conocimiento, la cultura, y quizás la percepción misma, son básicamente un asunto de representación. Lo no representado no existe. Si bien todos estamos de acuerdo de que hay que combatir el integrismo fanático, no se trata tampoco de desembocar en un quietismo. Nadie niega que por ejemplo todo cambio revolucionario se ha visto acompañado históricamente por altas dosis de intensidad de sentimiento y expresión, de identificación con símbolos, de consignas, de sacrificios por causas cuyo objetivo último es la construcción de una sociedad que desplegaría más posibilidades potenciales de existencia y expresión humanas. Pero no se puede negar que el estado de absorción mental individual y colectivo en Escrituras religiosas y laicas puede tener como producto el intento, consciente o no, de calcarlas en una concreción social tan abstracta como rígida y limitante.  De ahí a las purgas y los pogroms no hay más que un paso.

 

El individuo o grupo convocados por la escritura sagrada/laica pasa a estar a la merced del que interpreta o presenta la doctrina. Estamos pasando por un momento histórico caracterizado por la disminución,-- la anulación es imposible--, de la distancia que separa al espectador del espectáculo, pero además por la reafirmación de afiliaciones en lo concreto, étnicas, lingüísticas, culturales, genéricas, etc., lo que es una mezcla peligrosa. Cada tribu puede salir con su evangelio para exterminar o marginar a las demás. La bendita mediación, la distancia frente a lo representado ante los ojos, en las páginas escriturales o las pantallas y escenarios, da la oportunidad de la distancia frente a uno mismo, una profundización de la conciencia de sí y del mundo. Eso implicará a su vez un saludable enfriamiento de la inmediatez, de la acción. Cabeza fría y corazón caliente. Pero este enfriamiento no puede sino pasar, a su vez, por el ámbito de la representación. Es decir, debe asumir formas culturales que rompan ese subyugante llamado a identificarnos con el espectáculo simbólico que nos llama a imponer su absolutismo sobre el mundo. En otras palabras, está bien botar corriente, pero también hay que pensar un poco.


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