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Editorial Junio 20, 2012


Gonzalo a vuelo de pájaro
Jorge Etcheverry

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Hace no mucho y en un evento poético anual en Pirque se celebraba a Gonzalo Millán. Poetas contemporáneos a Gonzalo y muchos otros se hicieron presentes. También se leyeron saludos de los ausentes, entre los cuales se leyó el mío, que envié desde estas latitudes en que Gonzalo pasó largos años y donde maduró y creció como poeta para entregarnos ese poema concebido y publicado en este país, situado entre la vanguardia y el texto político: La Ciudad. Gonzalo en los últimos años de los setenta lee fragmentos de La Ciudad en actos de la Asociación de Chilenos de Ottawa, en cuyo seno nace Ediciones Cordillera y cuyas actividades financian las primeras publicaciones. Gonzalo editando conmigo y Leandro Urbina el Primer cuaderno de Poesía Chilena, en Ottawa, Ediciones Cordillera, 1980, una selección de poetas “de allá” (Chile)  y “de acá”, en ese entonces Canadá. La primera muestra de la poesía visual de Gonzalo en una galería de Ottawa, en ese entonces trabaja con ácidos y va creando texturas y develando significados ocultos al jugar con las capas pigmentarias de ilustraciones impresas. Gonzalo haciéndome una increíble entrevista cuando apareció El evacionista, traducida al inglés por Ana Henríquez/ Annegrette Nils y que se publicó en Contemporary Poetry, IV.4, 1982. Para él, es el Espíritu del valle, título que Gonzalo pone a esa revista-puente entre la poesía de Chile y Canadá, lo que acoge y permite la convivencia e incluso la confluencia de diversos cauces. Para Gonzalo el hecho de la poesía y la existencia de los poetas es casi como una hermandad sagrada, así su ojo tiene el ángulo que le permite captar y entender el trabajo más disímil con el suyo. En la revista Postdata de 1984, en su artículo Promociones poéticas emergentes: El espíritu del valle”, el poeta reconoce a sus agrupaciones poéticas coetáneas—entre ellas a la Escuela de Santiago— algunas hasta entonces generalmente ignoradas por críticos y autores de la corriente principal o que querían serlo. Gonzalo inmerso en un medio cultural predominantemente anglosajón, pero con presencia del francés, reconoce que “escribir en español en Canadá era un acto político” en Blue Jay del cineasta chileno Leopoldo Gutiérrez, para la existencia castellanófona exilada y una comunidad hispánica subordinada. Gonzalo por último, algún año a fines de los setenta o comienzos de los 80, mirando desde una ventana de su departamento en la calle O’Connor y haciendo por teléfono un poema testimonio sobre la gente que va rumbo al vasto espacio en el centro, frente al Parlamento, para celebrar el día de Canadá. Gonzalo Millán, en ambos hemisferios, flor de generaciones.

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