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Editorial Junio 20, 2012


Allende, nuestro contemporáneo
Edgardo Sapiaín

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Con el golpe de estado en Chile se perdió el primer proceso revolucionario electoral chileno. Ya había habido en América Latina antecedentes de golpes contra regímenes progresistas, como el que había sufrido en Brasil Joao Goulart en 1964 y José Torres en Bolivia en 1971. Había una ola de reacción contra los procesos electorales progresistas y las luchas revolucionarias prácticamente en toda América Latina. La coordinación de Estados Unidos y sus aliados del mundo con las altas burguesías latinoamericanas y las fuerzas armadas de los diferentes países, fue derribando uno a uno los procesos progresistas. Salvador Allende, uno de los fundadores del partido socialista chileno, fue sempiterno candidato de coaliciones de izquierda y centro izquierda, como el Frente de Acción Popular (FRAP)en 1964 y luego la Unidad Popular (UP), en que ganó la presidencia. Elegido presidente con un escaso margen, concitó el apoyo político y social, y desde esa precaria situación institucional pese al presidencialismo chileno, y apoyándose en la izquierda en todas sus variantes y en movimientos e instituciones sociales, negoció una conjunto de realidades y legislaciones en todos los niveles de la vida del país, cuyo desarrollo sin oposición hubiera terminado quizás por instaurar una república socialista en Chile.

 

El golpe marcó una etapa de descrédito de la así llamada ‘vía electoral’ o ‘vía pacífica’. Por décadas se pensó que ese golpe había descalificado esa posibilidad estratégica para la izquierda. En la última década, sin embargo hemos podido presenciar en América Latina el advenimiento de regímenes progresistas y pre revolucionarios surgidos de las urnas, quizás porque las políticas de la administración estadounidense anterior centró sus esfuerzos en regiones geopolíticamente esenciales y en términos de recursos (petróleo), posibilitando como reacción la radicalización y movilización de sectores musulmanes integristas que rápidamente suplantaron a los movimientos progresistas o simplemente democráticos más ‘pro occidentales’ y se adueñaron o bien del poder o bien de la iniciativa de la resistencia armada. Embarcado en una guerra mayormente convencional, una ocupación descuidada, negligente y corrupta (Irak, Afganistán) y una guerra inganable contra una guerrilla con vasto apoyo popular, el Centro del Imperio desvió su atención y recursos del continente latinoamericano, posibilitando así el surgimiento de una vasta ola revolucionaria institucional y electoral, proceso que ha dado nueva vigencia a la figura de Allende, que ha pasado a simbolizar la productividad potencialmente revolucionaria de las instituciones de generación del poder administrativo del sistema que tiene la ‘democracia burguesa’, y lo que es posible lograr en este marco a través de las diversas versiones de proceso electoral.

 

Allende tuvo en su momento la claridad política que le permitió advertir que una salida revolucionaria no institucional para Chile no iba a tener el mismo resultado positivo que tuvo en Cuba o en el primer período sandinista de Nicaragua, y eso pese a que apoyó a la OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad de (1967) de la que fue presidente, organización surgida de la Primera Conferencia Tricontinental de Solidaridad Revolucionaria, que en su declaración inicial manifestaba que la lucha armada era un mecanismo adecuado para extender la revolución a toda Latinoamérica. Si bien la historia, la sociedad o la cultura del Chile contemporáneo eran impensables en ese momento sin la presencia histórica de la izquierda, esa misma presencia que se daba abrumadoramente a nivel de las organizaciones sindicales, laborales, culturales y estudiantiles, así como su historia de medio siglo, eran fundamentalmente institucionales y parlamentarias. La izquierda chilena era abrumadoramente electoralista y su estrategia política se manifestaba casi exclusivamente en la presencia en, y control de, las organizaciones sociales y de trabajadores y el eventual acceso a la presidencia en un gobierno de coalición de fuerzas revolucionarias, progresistas y democráticas, moldeada según los frentes populares y antifascistas europeos de décadas pasadas. El realismo estratégico de Salvador Allende le permitió comprender que si bien había otros caminos posibles para la revolución en otros países del continente, la vía en Chile tenía que ser en principio y definitivamente institucional y democrática, al menos en lo que se refiere a la obtención del poder institucional, lo que implicaba lograr la presidencia y la mayoría en el cuerpo legislativo. Así, Allende no era ni termocéfalo, como se denominaba en Chile a los partidarios de una estrategia insurreccional, ni un adicto al fetiche de la ‘democracia burguesa’ por sí misma, tan caro a la socialdemocracia del país. Era más bien un gran estadista que trató de hacer lo posible con los elementos que tenía a su disposición.

 

En el periodo que se inicia con la derrota de Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988 y que va hasta las próximas elecciones en Chile, a efectuarse en diciembre de este año, no ha podido surgir una alternativa de izquierda en el país, lo que de algún modo lo mantiene en un curso encontrado con los regímenes progresistas y socialistas ‘allendistas’ que han surgido y quizás seguirán surgiendo en América Latina. No nos queda sino lamentar que Chile se esté convirtiendo en la más sólida cabeza de puente del imperialismo neoliberal en el Cono Sur y que quizás pueda convertirse a breve o mediano plazo en la Colombia de la región--no la nación ni el pueblo de Colombia, sino su papel actual y ojalá momentáneo de consolidación de la dominación imperialista en la región. Las condiciones actuales, en gran parte posibilitadas por la estructura legislativa e institucional herencia de la dictadura y por el marco neoliberal que permitió el desarrollo del milagro chileno, son y serán administradas por diversos colectivos políticos y de poderes fácticos. El camino de Chile por la senda neoliberal no lo desviará la ideología oficial de los grupos o partidos que obtengan el poder institucional. Pero fuera de su patria, en otras partes del continente, la figura política y precursora de Allende es celebrada no con discursos ni con conmemoraciones, sino con los hechos.


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