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Editorial Junio 20, 2012


Obama y América Latina
Jorge Etcheverry

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En los últimos meses hubo elecciones en dos de los países más importantes del mundo occidental, miembros de G8 y las mayores economías de mercado anglófonas: Canadá y Estados Unidos. Las elecciones en Canadá, prácticamente sin opciones políticas alternativas y gracias a una abstención récord, reeligieron a un mediocre gobierno conservador con el voto agrario y de los pequeños conglomerados urbanos. La dependencia económica y cultural de Canadá respecto a los Estados Unidos se vio reflejada en ese rasgo característico de los países dependientes de una metrópoli, coloniales o neocoloniales. Las ideologías políticas, movimientos culturales y modas del Centro Metropolitano se adoptan en la periferia, pero con bastante retraso. Así, Canadá parece estar viviendo la oleada neoconservadora que Estados Unidos parece estar dejando atrás, como quedó de manifiesto en la elección en Estados Unidos hace unos días.

 

Respecto a ella, el cineasta Spike Lee dijo en una reciente entrevista que los Estados Unidos que proponía McCain era el de los años 50 y que la verdadera Norteamérica era la que había votado por Obama, gente de todos los colores y de todos los modos de vida que ahora vivía en las megaciudades y sus suburbios, dando origen a algo nuevo.

 

El voto urbano, multiétnico y antibush arrinconó a los anglosajones conservadores, protestantes y maduros en sus montañas, praderas, pantanos y pueblitos, llevando a la Casa Blanca, a través de la figura de Obama, un sentido de pertenencia de sectores desde siempre marginados. Las multitudes de todos los colores y culturas que llenaron las calles de las ciudades en Estados Unidos parecen a veces una encarnación concreta de ese sueño americano, bautizado por José Vasconcelos, antes de la existencia de las urbes multiculturales, como La Raza Cósmica, esa mítica raza del futuro latinoamericano que combinaría a todas las razas y culturas existentes en una realidad nueva. Viendo por televisión la elección americana se veía a mucha gente que parecía estar tocando el cielo con la mano. Pero las esperanzas suscitadas a nivel internacional tampoco han sido escasas. Se manifiestan en las zonas conflictivas de Irak, Afganistán, Pakistán, en las capitales europeas y asiáticas sumidas en la crisis financiera, en el África convulsionada, en la América Latina virando hacia la izquierda en medio de la ola globalizante cuya resaca  arrebató más recursos y aumentó la miseria y marginalización en el continente. Pero ese vuelco se ha dado también aprovechando la impopular y caótica política externa americana, que mezcla el afán acumulativo de los sectores empresariales detrás de la actual crisis económica, con vagas ideologías mesiánicas y asunciones políticas erradas. Como la de que destruyendo a los sunis en Irak se mostraría buena voluntad a los chiítas que manejan Irán y se llegaría a un entendimiento, ojalá implícito para no perder las apariencias.

 

Si Obama racionaliza la política exterior de Estados Unidos, va a aumentar la atención que pone en América Latina. Las masas latinoamericanas y los mandatarios progresistas ya han demostrado su calidez, por no decir su entusiasmo frente al resultado electoral americano. En su mensaje de felicitación al pueblo norteamericano, Hugo Chávez se refirió a estas elecciones “que han centrado las expectativas de la opinión pública internacional”. En Bolivia, a nivel oficial, se pide que el cambio en la Casa Blanca pase por terminar el embargo económico de Cuba, el retiro de militares americanos de algunos países y evitar la intromisión de Estados Unidos en los países de la región. Evo Morales dijo “Es histórico el triunfo del señor Obama, a nombre del Gobierno nacional felicitaciones, porque es un señor que viene de sectores más discriminados, que viene de sectores esclavizados, histórico por cierto. Seguro que va a seguir haciendo historia”.

 

Es bastante plausible que los electorados de América Latina se vean inclinados a elegir mandatarios y cuerpos legislativos que puedan tener un mejor diálogo con Washington. Así es posible que la percepción ‘progresista’ del gobierno de Obama ayude a la elección de Funes en El Salvador, por ejemplo. Pero cabe también que se reafirme una actitud pasivista, quizás no tan extrema como la expresada por esa mujer entrevistada en Kenya, que dijo que Obama les iba a pavimentar las calles del pueblo. Pero la interpretación de los hechos históricos como ejercicio de la voluntad de líderes—en general predominante, incluso en  América Latina pese a su historial de partidos marxistas—insistirá en que conviene acomodar el accionar político de los países de la periferia latinoamericana a ese posible cambio de las relaciones de intercambio asimétricas del presente, a otras más equilibradas, que  instauraría Obama una vez que asuma su administración.

 

A lo que se refiere el mandatario boliviano es que uno de los componentes de esta elección fue el desplazamiento simbólico de los colonos tradicionales, que encarnados en el presidente que sale, aparecen abandonando el mayor asiento de poder del mundo. Esos anglosajones que implementan empresas de rapiña con un componente militar paralelo, que manipulan las políticas de los países de la región mediante golpes de estado, y que apoyan a dictadores o a democracias oligárquicas duras como la Colombiana.

 

Pero el hecho de que en Estados Unidos haya ahora un presidente proveniente y portavoz de grupos tradicionalmente perseguidos, despojados y marginados, puede no que no garantice necesariamente el paso a relaciones de intercambio más simétricas o igualitarias entre Estados Unidos y América Latina. Obama no va a alterar sustancialmente la política externa de Estados Unidos y va tener que reforzar su solvencia económica a todo precio.  La relación de dependencia entre la metrópoli norteamericana y sus neocolonias latinoamericanas no se va a alterar en lo sustancial, para que así fuera tendría que desaparecer el modelo, que creemos es y seguirá estando vigente. Parte del vuelco hacia la izquierda y el progresismo en el continente latinoamericano en la última década ha tenido que ver con la concentración de recursos de Estados Unidos en las guerras económico/religiosas de Irak y Afganistán y la consiguiente disminución de la presencia americana en América Latina. Pero por otro lado, la plataforma social, etnocultural e ideológica que llevó a Obama al poder es más sensitiva al resto del mundo que los conservadores protestantes aislacionistas anteriores. Puede que la nueva administración de la Casa Blanca responda ese llamado implícito al historial y procedencia de Obama y sus votantes, manifiesto en las esperanzas y buenos deseos del así llamado Tercer Mundo o Hemisferio Sur. Ojalá.

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