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Editorial Junio 20, 2012


Allende, la revolución y los poetas
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Si bien la historia no gira alrededor de figuras cumbre, aunque así sea la percepción general general, sus líneas de fuerza, sus tendencias, se hacen concretas a través de líderes que dan expresión política e institucional a los acontecimientos sociales y son capaces de orientar ese proceso. La confluencia entre el movimiento de los pueblos y sus portavoces se da en momentos clave que presentan opciones básicas para delinear las instancias formales de un estado de cosas económico y social, ya sea para bien o para mal.

 

Entre la pléyade de líderes que en general aceptan y profundizan la dependencia de América Latina respecto al llamado Primer Mundo y siembran la semilla de una integración más completa del continente con la economía neoliberal mundial, hay dos figuras en el siglo veinte que cumplen un papel opuesto, liberalizador, revolucionario y americanista. Se celebraran los 100 años del natalicio del Presidente Salvador Allende. El Comandante Fidel Castro acaba de terminar oficialmente su período institucional como líder del pueblo cubano. Estas dos figuras se enseñorean el siglo XX latinoamericano y señalan hacia presuntas o posibles transformaciones del sistema que se siguen intentando para la supervivencia del continente. De supervivencia que es también cultural y que incluye la soberanía. La estrategia concretizada en la revolución socialista cubana pareció por décadas la única posible ante la ola golpes de estado en el continente encaminadas a suprimir gobiernos democráticos y progresistas, o su mera probabilidad.

 

Pero actualmente vemos que siguen teniendo lugar ensayos institucionales democráticos progresistas y americanistas, surgidos de elecciones, valga mencionar los casos de Bolivia, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y posiblemente El Salvador y México. Así la figura de Salvador Allende—pero no tan sólo él, también Arbenz, Vargas, Bosh, por ejemplo—pasa a adquirir una nueva vigencia. El Chile de la Unidad Popular pasa a convertirse en un ensayo que no clausura, sino que inicia una estrategia posible de liberación y equidad social en América Latina. Pero no hay que olvidar que Allende también asistió como parte de la delegación chilena a la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en 1967, que se propuso coordinar la lucha antiimperialista a escala continental y que había surgido de la Primera Conferencia Tricontinental de La Habana. Es decir que si él en definitiva se decidió por la vía institucional y constitucional al socialismo, no lo hizo abrazando ciegamente la democracia burguesa como la única estrategia posible, sino que bien pudo haber advertido los factores que en Chile conspiraban contra una revolución armada—el camino a seguir cuando se han agotado las otras opciones políticas y de negociación—.

 

Había una izquierda polarizada en torno a dos vías, la democrática a través de elecciones y la revolucionaria. La izquierda no pasaba de atraer a un poco más de un tercio de los votantes en las urnas. Quizás con excepción del naciente Movimiento de Izquierda Revolucionaria, no había capacidad armada en la izquierda chilena y el discurso de esta organización era más que nada de retórica agitativa en pro de una estrategia de lucha armada que aún en ese entonces, con varios movimientos guerrilleros en el continente, parecía muy improbable en el país. 50 años de vida política institucional y sindical no hacían que la izquierda en general pudiera adoptar una estrategia para la cual no estaba en absoluto preparada y para no había condiciones, ya que el espacio político institucional no sólo estaba teóricamente abierto, sino que nunca se había ensayado para una fórmula presidencial de izquierda. Entonces Allende se nos aparece como un político visionario, que evaluando los recursos y las condiciones dadas elige el único camino posible para el cambio social en el país, el electoral. Y él puso el control parcial de las instituciones por parte de las fuerzas progresistas, enmarcadas por una constitución y un estado burgueses, al servicio del cambio social hacia la equidad y la independencia económica de Chile. Entendió que en última instancia uno de los objetivos primordiales de una revolución o transición hacia un estado de cosas de justicia social es el desarrollo de una cultura nacional, cuyas bases son la educación universal y la puesta a disposición de las mayorías del acerbo cultural humano, de ahí las iniciativas señeras de la ENU y Quimantú.

 

No es extraño así que luego del golpe de estado de 1973, el mundo se haya llenado de creadores e intelectuales chilenos, especialmente de poetas, ya que bien puede decirse que la poesía sigue siendo la máxima expresión de la cultura chilena. Como dice el polígrafo chileno residente en Panamá Rolando Gabrielli “Se escribió en la nieve, en el mar Caribe, la palabra solidaridad, y en muchos idiomas imborrables. luego del golpe de estado de 1973”, y acota “Poetas más o menos, me refiero a Oscar Hahn en Iowa City, David Rosenmann-Taub, Estados Unidos, Efraín Barquero, Marsella, Francia, Germán Carrasco, Buenos Aires, Argentina, Waldo Rojas, París, Oliver Welden, Tennessee, ahora España, Rolando Gabrielli, Panamá, Jorge Etcheverry, Canadá, Javier Campos, Estados Unidos, etc. Deben haber más poetas, porque en Chile se cumple el viejo adagio de levantar una piedra y surge un poeta”.

 

Entonces es parte de las señas o el guiño que nos hace Salvador Allende, poeta de la historia, desde el otro mundo, a quienes dispersos por los cuatro puntos cardinales debemos seguir creando esta cultura y poesía solidarias, de expresión y discurso múltiple, que parece abarcar todas las posibilidades del lenguaje y la existencia humana y que continua haciendo florecer al idioma castellano a través de la creación literaria. A pesar de que en su país natal, quienes detentan el poder brotado de las urnas y sumidos en un proyecto de integración al neoliberalismo global, vean que el logro de la equidad social pasa por la simple canalización hacia programas sociales del excedente de la inversión extranjera y muestren entusiasmo desmedido en la implantación del inglés, por ser el idioma vigente del intercambio comercial con el imperio. Y terminamos con esta cita de la estrofa final de un poema de Alejandro Mujica Olea, poeta chileno residente en Vancouver

 

Allende no ha muerto.

Tú has resucitado en nosotros.

En nuestras almas de poetas,

crearemos los cantos del pueblo,

de nuestra tierra llamada Chile.

Donde se acaba el mundo

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