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Prosa
Barrio
Jorge Etcheverry Arcaya

Barrio

Paseo por el barrio de la infancia en medio del pasto alto las langostas que saltaban anunciando el paso de uno por terrenos no tan pelados—pájaros por arriba todavía sin nombre—en algún lado hay un portal con baldosas rojas—en una esquina la fortaleza dilapidada de un quiosco—a lo lejos el rugido de las micros los autos, el ladrido de los perros constante mientras pasamos de muro de muro, de puerta en puerta—los nombres de la calles no los podemos leer, están muy alto, no los entendemos—gatos se desperezan en el dintel de algunas ventanas. “Alguien te pidió hacer este recorrido desde la otra mitad del mundo desde muchos decenios por venir”—dice una voz y comienzo a crecer y sobrevolarlo todo y por fin salgo del sueño

La Chabela me toma en la noche cuando todavía parece que estoy gateando o a lo mejor empezando a andar en el patio. Tan tarde para un cabro tan chico, los papás están afuera—pero ella me cuida es mi niñera de a veces y entonces me toma como digo me lleva al jardín—se pone boca abajo sobre la tierra o el pasto no me acuerdo se levanta las polleras sus muslos son morenos pero a la luz de la luna se vuelven marfil—me pone a horcajadas sobre ella—cacha cacha dice y yo con mis palmas chicas pego en esas nalgas que desde esa mirada todavía pegada al suelo se ven enormes—con secreta alegría que presagia otras cosas más hacia el lado del futuro

La casa en Hamburgo tiene una verja más bien baja, una casa departamento chica donde viven mi tía y mi abuelita al lado derecho orillando un patio de pastelones y un poco más allá viene la casa propiamente dicha en forma de u que encierra un patio interior de tierra apisonada y después hay un jardín con bastantes árboles todavía delgados, nuevos, hay que bajar unas gradas. Después venía la piscina no muy grande no muy chica—suficiente para que los parientes y amigos se juntaran los fines de semana de verano y se hicieran helados al poner la mezcla con frutas en un recipiente cilíndrico de estaño me parece, a su vez dentro de un cubo con espacio entre el recipiente y el cubo para poner hielo con sal—hielo que se compra y las barras las traen al hombro hombres jóvenes o no tanto. El cubo tiene una manivela que hacer girar el contenedor hasta que el helado se forma y se toman turnos para dar vuelta. Veo una foto de unos sesenta y ocho años de edad—yo contra la pandereta blanca y un sombrero de vaquero cantando algo. Sé que había una audiencia de familiares, tías tíos tiastros, con parejas los que tenían que eran los más, las proles, amigos de la familia o compañeros de trabajo también los más cercanos. Y no estamos hablando de Providencia ni de otro barrio pituco, sino de Ñuñoa y de un matrimonio de asalariados, con buenos puestos pero asalariados—en ese momento sé que detrás de la pandereta hay un sitio eriazo que en algún momento mi padrastro compró y ahí plantó unos álamos, instaló un gallinero y detrás de la pandereta que marcaba el límite de las casas y el territorio ignoto de una población callampa y uno en una escalera hablando con Juanito al otro lado, aprendiendo garabatos y pasándole pan con mermelada. Todo eso atrás de los ojos de ese niño que hace imitaciones porque según dice su hermana, fue siempre medio centro de mesa.

En la cancha se ven los gallos. En los últimos de la preparatoria los primeros de las humanidades los cursos del Lastarria—liceo estatal en Santiago, Providencia esquina de Miguel Claro—divididos en equipos y bajo la égida de inspectores y profesores de gimnasia se apersonan a los faldeos del Cerro San Cristóbal que acoge al zoológico y al que se remontan funiculares—a un lado hay canchas de fútbol y se yergue una casona derruida, abandonada, cuartos grandes y vacíos de alto cielo raso, con corredores y muchos rincones sombríos, ángulos en que anidan el musgo y los hongos.