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Prosa
Gólem
Jorge Etcheverry

El Gólem se insinúa de muchas maneras en el teje y maneje cotidiano. Pero vamos a su origen. Formado de arcilla, sirve a su o sus maestros como es su deber, y con lealtad, pero se suele volver loco y amenaza a toda la ciudad. Hece siglos, creo que en Praga, el rabí Loew recibió en sueños la orden de cómo hacerlo. Creado pequeño, el Gólem aumenta sus dimensiones cada día y se hace gigantesco en relación incluso a sus creadores. No está desprovisto de torpeza y puede tornarse violento. Se recomienda que sólo lo dejen salir acompañado. Se crea modelándolo en arcilla. Se lo anima por un proceso de escritura al inscribir en su frente una palabra que significa dios, pero también verdad. En el alfabeto hebreo al suprimir las primeras letras, la palabra pasa a significar él (o ella) está muerto(a). Para desactivarlo, se borran los primeros caracteres y el Gólem vuelve a ser un montón de arcilla inanimada. No así en la vida real. No pude sino asociar a esta creatura con la moderna tecnología que quizás habrá de subsumir, eliminar, superar, esclavizar a sus creadores, nosotros, eso ya lo han dicho infinitos comentadores e interpretadores y extrapoladores del Gólem, eso sí que a nivel macro. Pero tengo la impresión de haber inadvertidamente dado origen a unos cuantos, en el nivel micro. Y no crean que digo esto porque no me tomé la pastilla, a veces se me olvida y a veces lo hago a propósito para ver hasta dónde llego. Ayer me tomé la pastilla de nuevo pero todavía esto me sigue dando vueltas.