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Catastro : Prosa Diciembre 11, 2017


Pía
Jorge etcheverry

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Estoy cavilando sobre cómo se me derrumban los proyectos, los sitios web con mi trabajo desaparecen y eso es nada más que la parte por así decir “creativa”, el mundo concreto de las cosas reales también se está portando medio mal, se cae a pedazos, y de repente ella aparece sentada a mi mesa, no me di cuenta cómo llegó, levanto la cabeza del diario comunitario que medio leía o hacía que leía y ahí está ella, no hay ninguna duda, al principio no la reconocí, claro siempre de negro, con labios pintados de una violeta rojizo, como tanta cabrita gótica, pero en realidad es ella, la Entro, que no se junta conmigo muy seguido, menos mal. La última vez me dijo que no le había gustado una cosa que escribí sobre ella y que puse por ahí en un sitio, la famosa “Conversa con la entropía”, y me pidió que por favor, la llamara Pía, como todo el mundo, como sus amigos, que algunos tiene a pesar de todo, parece. Así es que ahora le digo, “hola Pía, qué me cuentas”.
“Bueno, por aquí pasando, a ver a los amigos, aunque me pelen”.
La miro incrédulo, con una mirada de reproche sentido, de esas que cuando era joven disolvía la hostilidad de las mujeres en medio de las más agrias confrontaciones y que en mi ya remota infancia me ganaba la atención de mi madre, pese a la manada de hermanos y hermanas,todos pedigüeños de algo, una mirada que fuera.
“Esto sí que sí, esto ya funciona un poco, me caís bien cuando empezai, aunque sea, como el hipócrita que soi, con estos gestos e ideas cada vez más universales, que son, para que lo vayai sabiendo, una de las formas de control preferidas a nivel de ustedes”.
Ya no me sorprendí como en la primera vez de esa combinación de ella del habla formal culta—como creo que se le dice—y otras formas muy coloquiales, aunque un poco desfasadas, me atrevería a decir—porque hace ya tiempo que perdí el contacto con mi país natal y su pintoresca versión del español hablado. Cruzó las piernas, mostrando un trozo de muslo torneado, albo como la nada, bajo una malla negra del mismo negro absoluto de la noche cósmica, que también era el material de la corta faldita. Como la vez pasada, me adivinó el pensamiento:
“Estamos progresando, cabrito, puros clichés, a lo mejor te está bajando el alzaimer, pero no es bastante, todavía te veís muy raro, a veces parecís un cola viejo, con esa chaqueta de cuero, o a veces un compositor loco, cuando te cortai la barba y los bigotes. Muy rarete. Si te hacís un corte de pelo más trendy, colgai en el closet la chaqueta de cuero negra y te ponís ropa decente como todo el mundo de tu edad, lo voy a pensar si te doy una manito para que se te amonone un poco la cosa”. Y me desperté bañado en sudor.

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