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Catastro : Prosa Diciembre 7, 2017


Dos relatos breves
Jorge Etcheverry

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SOCIOLOGÍA DEL CUARTEO

Uno sube al bus junto con los demás pasajeros que esperaban, entre ellos un joven más bien delgado, de estatura que se describiría en general como regular, de facciones comunes pero que tiene un cierto aplomo, que quizás surja más bien de los gestos y movimientos, poses, que una vez bien digeridos e incorporados—podemos suponer que se trata de un estudiante—podrían llegar a convertirse en garbo, para contrarrestar así una cierta—digámoslo— mediocridad en lo que respecta a lo físico, cosa bastante seria y preocupante cuando uno es joven y a pesar de la afirmación en los discursos sociales oficiales de que los atributos de belleza carecen de valor y son superficiales, y que por otra parte son fruto de un canon de origen patriarcal, colonial, occidental y decididamente, para los más pasados a la punta—blancos. Pero hasta donde yo sepa nadie ha intentado hacer hasta ahora la apología, la oda de la fealdad y proclamar su superioridad moral. Pero ya nos estamos yendo por las ramas, por los Cerros de Úbeda como dirían los peninsulares, que en mi país de origen llamamos familiarmente “los coños”. En el bus hay una niña sentada junto a una ventana con piernas muy bien torneadas que aparecen por casualidad bajo una minúscula faldita negra y nuestro muchacho se sienta en un asiento lateral, mira su Ipod serio, y supongo que a hurtadillas a la niña, pero su expresión está diciendo que él está perfectamente consciente de ella, de esos muslos blancos, pero que la respeta y no va a mirar y se va a enfrascar más en su minúscula pantalla. Y ese mostrar de piernas o algo más se llamaba cuarteo en Chile, las niñas “daban cuarteo” y uno se cuarteaba y ahora el joven se cambia de asiento ostensiblemente en una muestra de respeto que quiere ser notada y se concentra aún más en su revisión del mundo alternativo pero tan familiar y cliché que se despliega en la minúscula pantalla. Él está logrando no sucumbir a sus tentaciones y ese paso lo llevará a un ansia de estudio y de logros, de adquisición que serán paralelos a su inmersión en el mundo de corriente principal que anticipaban ya sus gestos y actitudes descritos al principio, así se asentará en la vida y es de esperar que de esa elección de no mirar—siendo la vista el sentido humano por antonomasia— no vaya a brotar ningún demonio.


AMOR Y FÚTBOL

Siempre en mi familia fuimos del Colo. Cuando empecé a salir con la Pilar, cuica y más encima de la Chile, todos pusieron el grito en el cielo. Nos conocimos en una pelea entre las barras, después de un partido entre el Colo y la Chile. Se oían los gritos Ceacheí, Ceacheí, Universidaaad de Chiiile. Los del Colo estábamos rodeados y esa chiquilla de ojos verdes se aprestaba a darme en la cabeza con un letrero que andaba trayendo cuando un chorro de agua del guanaco policial la tiró de espaldas, todos arrancaron, menos yo que me quedé mirándola primero y después la ayudé a levantarse y fue pasando lo que tenía que pasar. Su papá, que es ejecutivo de una firma de seguros, no quiere verme ni en pintura; ni menos su mamá, una vieja gorda miradora en menos. Vivimos en una pieza y nos arreglamos con lo que yo gano y lo que le pasa su mamá. Ella se saca la ropa despacito y me dice Ceacheí, mi roto, así me dice, pero por cariño, porque la gente dice mi negra, mi gordo, chinita, también por cariño. La termino de desvestir y me pongo sobre ella en la cama. Gooool de ColoColo, le digo cuando termino.

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