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Catastro : Prosa Noviembre 20, 2017


Extrarrestres y restricciones presupuestarias (Una crónica de El abuelo)
Jorge Etcheverry

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Canadá celebra sus 150 años en grande. Hace unos días, unas máquinas gigantescas y torvas se paseaban por el Centro de la Ciudad, escupiendo fuego y agua, causando la dicha de niños y adultos, y el horror y el pánico a algunos infantes que quizás van a tener consecuencias traumáticas más adelante en su vida, sobre todo si están predispuestos genéticamente a verle el lado negativo a las cosas. Para ejemplo un botón: una niñita recibe unos preciosos botines de regalo—los contempla unos instantes antes de ponerse a llorar desconsoladamente—los parientes le preguntan por qué llora y ellas les explica con su media voz naciente que si llegara a llover, el agua y la tierra formarían barro, ella iba a salir a caminar con sus botines nuevos y se le iban a embarrar—y empezó a llorar de nuevo. Como es mi hábito, omito nombres y fechas. Todo el mundo se siente ofendido o herido o ambas cosas a la vez, se rechaza visceralmente lo distinto, el punto de vista, la opinión contraria, produce trauma, casi tan grave como esa historia que todos revisamos y que sostiene fieramente y con vicioso rencor reivindicativo que los valores actuales son eternos y definitivos.

Esa historia en que tratamos de eliminar en sus recuerdos, monumentos, mitos, personalidades, lo que no nos gusta o no nos conviene, como ese puritano y ocultamente lujurioso papa que castró a las estatuas del Vaticano. Deambulamos volando por un cielo sombrío como bandada de pájaros talibanes. Claro que eso tiene sus ventajas. No solo en las universidades, también en algunos centros comunitarios, como en uno que no voy a nombrar, cerca de donde vivo, tienen unas salitas de lo más mononas, con ositos de peluche, colores claros, té y galletitas. Si hay un debate y alguien siente que no puede tolerar algo que se dice y que lo/la ofende o contradice, se puede ir un rato a uno de esas salitas. El Erik me dio el dato y fuimos a un debate sobre algo, y en francés, que yo entiendo de lo más bien pero él no, nos hicimos como que estábamos afectados o heridos, y bueno, pasamos a la salita, el té macanudo, las galletitas de primera, donaciones, de seguro tienen que haber sido donaciones, y al ver que éramos viejos, retirados, unas niñas voluntarias muy simpáticas nos trataron del uno. Pero se me está yendo la onda, parte la vejez parte el café, que me vuela su poco. Y todo esto no tan fuera de tiesto, quiero defenderme de antemano de la incredulidad quizás generalizada que lo que sigue podría provocar.
Así, y luego de este preámbulo, volvamos a lo que iba. Según el folleto que opera en mi poder, en un local que está como a dos cuadras de mi casa, entre el 21 de marzo y el 1 de diciembre se ha programado que haya unos cincuenta eventos con que las embajadas y comunidades residentes de un número igual de países celebran el siglo y medio de este país, Canadá. Con ocasión de uno de los primeros eventos, ya había podido comprobar la presencia de un extraterrestre. Como no estaba en eso, no me había fijado si había más, aunque algo raro había podido notar (ver enlace de una nota mía que puso Jorge en su página. Él es el único que publica mis notas) http://etcheverry.info/hoja/actas/notas/article_2000.shtml ).

Para los que han leído estas crónicas a lo largo de los años no será extraño que yo casi dé por sentado la existencia de los extraterrestres. Y no es tan tirado de las mechas como parece. Pero por otro lado me desconsuela imaginarme la cantidad de personas que piensan “este tipo está loco”, o “deben ser cosas de los años, que no perdonan”, y lo más desconsolador, es que ellos a su vez creen que una entidad x que no voy a nombrar para no ofender, creó al universo en siete días y más encima a los mismos fulanos y fulanas en cuestión, según se dice “a su imagen y semejanza”, aunque casi rompan los espejos cuando se lavan los dientes o se peinan. También los que profesan ser de izquierda se asombran un poco, pero deberían mirar la paja en su ojo, después de que responsabilizan a Rotschild, Soros, etc. de todo lo que pasa en el mundo, dicen que lo de las torres del nine eleven fue una autodestrucción de los gringos—como si alguna vez hubieran necesitado inventar una catástrofe para meterse en una guerra o invadir un país—pero Lucho considera esto último, con bastante razón diría yo, como una campaña de relaciones públicas de la CIA o el FBI, que en esta caso resultó, y cuyo mensaje sería como sigue: para entrar muy a regañadientes en Irak el pueblo norteamericano, en el fondo muy pacifista, necesitó que se mataran primero unas 4.000 personas en suelo americano y se destruyera un ícono arquitectónico de la megaciudad más importante y representativa de los Estados Unidos.

Entonces es que en los últimos eventos conmemorativos de los 150 años de Canadá en este gran local cerca de de donde vivo, pero que tiene pésima acústica, empecé a notar presencias indudablemente extraterrestres, que quizás para alguien menos entrenado(a) podrían pasar desapercibidas: gente, hombres y mujeres, de todas las edades, demasiado estereotípicos, demasiado normales, examinando los folletos, las pinturas, sacando fotos y videos de las presentaciones musicales y bailes típicos o modernos, degustando y comprando los platos tradicionales, y en general paseándose con aire demasiado casual, diría yo. Es claro que, como en caso de policías y agentes secretos de civil, tratan de adoptar un aspecto, gestos y vestimentas lo más cercanos a la media estadística, que como en realidad no existe, los deja en descubierto. Son tan normales que destacan, llaman la atención incluso a veces del transeúnte distraído, como el que yo pretendo ser cuando me entrego a estas investigaciones. Pensando y cavilando, llegué a la siguiente conclusión: es claro que los extraterrestres son humanoides, y quizás de ahí venga su interés en nosotros, en este planeta. Por lo tanto, deben estar de alguna manera aquejados de los mismos problemas de los seres humanos, en mayor o menor medida.

Hay que imaginar la cantidad de recursos, materiales e incluso podríamos decir humanos, y suponiendo que los posean en una escala que no podemos imaginar, que emplearán en una empresa de investigación de esta magnitud: observadores múltiples en todos los países del mundo, imagínense los problemas de capacitación (training) de todo ese personal, las comunicaciones, la infraestructura, etc. En toda civilización material, no importa cómo mezcle elementos, formas, etc., hay consumo de energía por una parte, su aprovechamiento y la eliminación de desechos—estamos hablando de cualquier organismo vivo—de la vida como lucha contra la entropía. Hay que ordenar de manera centralizada los recursos que entran a una colectividad para ser consumidos, cómo se distribuyen y usan, almacenan, reproducen, transportan, contabilizan, etc.

Eso implica un presupuesto, entendiendo por esto último la ordenación de todo este proceso, y los recursos para llevarlo a la práctica. Hay que imaginarse a los extraterrestres de que se trata, explorando todos esos planetas que ahora se sabe, pueden albergar vida, no solo en esta galaxia, y a los que ellos llegan mediante la aplicación tecnológica de ese principio de la física que dice que todo espacio o distancia es divisible al infinito, que para recorrerla se emplearía un tiempo infinito, lo que nosotros hacemos de hecho a cada momento es andar esa distancia con cada paso que damos y en un instante. Su tecnología de viaje espacial está basada en esto, y entonces pueden efectuar el transporte instantáneo, no me pidan que explique cómo funcionan sus principios, pero es claro que se basa en esa ley que antes exponía y que opera en nuestra vida cotidiana, como todos podemos constatar.

Bueno, imagínense ahora la cantidad de transporte, personal para supervisar esa multitud siempre creciente de planetas, el personal necesario, y las increíbles tensiones a que se ven sometidos sus presupuestos. Entonces, por lo menos a nivel micro, en el planeta tierra, un país celebra sus 150 años y despliega serie de eventos, más de cincuenta, en que, como se decía, embajadas , gobiernos, comunidades y empresas tienen un día en que muestran su arte, industria, historia, tradiciones culinarias, proyectos políticos, etc.

Si uno examina los folletos, las presentaciones de videos, las danzas, paladea cuidadosamente la comida, y si tiene la capacidad, como la tienen los extraterrestres, de captar todos los datos de una objetividad determinada, sea naturalmente o con ayuda de una tecnología portátil, y muy evolucionada, no lo sé, entonces obtiene una muestra bastante exacta, eso sí puede hacer las extrapolaciones adecuadas, cosa que los extraterrestres pueden hacer, y se obtiene un modelo del país en cuestión, muy exacto. En vez de mandar agentes a diversos países, hay que ver con qué gasto de recursos, horas/extraterrestre, etc., en estas celebraciones han estado obteniendo una imagen de bastantes países y a costo mínimo. Ya me parecía que a veces, como mencionaba anteriormente, que algunos de los representantes de las comunidades nacionales residentes en el país eran a veces como demasiado típicos como para ser de verdad.

Lo anterior pude corroborarlo con creces en la última presentación a que fui, que correspondía al día de los muertos mexicano. Mucha gente con muchas caretas o disfraces personificando a la muerte, gran cantidad de gente. Estoy sentado frente a S. comiendo posole y de repente una niña adolescente o en la primera juventud, de acá, es decir gringa canadiense, me dice, claro que en inglés “disculpe señor, perdone, pero ¿podría decirme su edad?”. La miré y le respondí automáticamente. Terminé mi posole, esperé que S, terminara sus tamales y le dije que me sentía un poco sofocado, y le pedí que nos fuéramos: quienquiera que haya vivido aquí por un tiempo sabe que los anglosajones no se acercan a la gente con ese tipo de preguntas de tipo personal, no se atreverían a infringir en la privacidad de nadie, menos una niña tan joven, una edad de autoconsciencia extrema que los hace cuidadosos de todos sus ademanes, de no dar pasos en falso. Si fue un desliz del o los, o las agentes, o una advertencia velada, no puedo asegurarlo. Estuve por unos días pensando en cambiarme de ciudad antes de darme cuenta de la ridiculez de esa posible solución. En realidad no hay dónde ni cómo esconderse y la gente que estimo y quiero vive casi toda en esta ciudad capital. Cruzo los dedos. Si fuera cristiano me persignaría.

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