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Catastro : Prosa Marzo 22, 2016


Escrito en página blanca
Jorge Etcheverry

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 Versión Impresora 
Como la vi, hará cosa de tres años, en una concentración, como se veía a veces. Las filas raleaban a la espalda porque la noche se dejaba ir cansada, como nosotros, que habíamos caminado toda la tarde. Nos dejábamos ir, lacios, por la Alameda, fumando, haciendo grupos chicos, mientras los pelusas hacían fogatas o corrían de aquí para allá.
Estuvo mejor que la otra vez. Yo calculo unas cinco lucas, decía el flaco. Yo no tenía cabeza (ni pies) para sacar ningún tipo de cuentas. Los primeros autos empezaban a pasar. Y ella atrás, hablando, rodeada de tipos, no porque fuera una galla fresca, sino porque era lo natural. En el teatro, sentados en medio de banderas, de palos, de lienzos y cascos, apretados como sardinas, con el cojito al medio, me había pedido la colilla para echar una piteada. Y a lo mejor era una idea mía –se había demorado uno de sus dedos en los míos como en un reconocimiento: "Estoy aquí. Está buena la cosa", mientras todos comenzaban a aplaudir. Entonces miraba para abajo, hacia la platea, y veía a los poblachos, todos ordenaditos, y a los campechas, tiesos, soportando sus enormes rastrillos, palas y chuzos, y el flaco que vociferaba al medio, pero no se le oía nada, con toda la bulla.
No es que tuviera las manos lindas. Todo lo contrario. Eran unas manos que parecían de otra persona. Anchitas, fuertes, y con unos dedos romos, como si se los hubieran aplastado contra una mesa. Y con todas las uñas comidas. El partido se había llenado de niñas que parecían lolas sacadas de Providencia y colocadas de repente, por arte de birlibirloque en las reuniones, en los grupos de rayado. Es que todavía no me había hecho la idea. Nosotros, los treintones que vimos con un asombro del que todavía no salimos cómo los partidos de izquierda se llenaban de cabritas jai, de empleados de banco, de señoras maduras, nos sentíamos como frente a un sueño. Si nos parecía que había que sentarse en la vereda a mirar cómo pasaba marchando el socialismo.
Yo la conocía hacía varios años. La había visto y no le había tomado el asunto –una cabra flaquita de ojos claros, medio pailona. Incluso cuando empezó a trabajar con nosotros como que no le tomé todavía mucho asunto. Le dije a Carlos, "así que esta es tu nueva conquista. Vamos a ver cuánto nos dura". Porque para otras niñas estar con nosotros era la choreza. Me topaba con ella en cada cosa que se hacía. Además fumaba cigarros sin filtro, que eran los que a mí me gustan. Que yo esté diciendo estas cosas no significa que hubiera pasado nada entre nosotros. Nunca hablamos nada que tuviera esa intención. No se me hubiera pasado nunca por la cabeza ni a mí, ni creo que a ella. Supongo que el Carlos estará en alguna parte del mundo ahora, teniendo que vérselas con otro idioma, tratando de no perderse, ganándose el puchero y manteniéndose al día, para que la imagen de la cosa no se le vaya desdibujando de a poco. No el conocimiento, yo entiendo perfectamente lo que pasa en Sudáfrica, sino la sustancia de las cosas; cómo calentaba el sol en la mañana, cómo eran las marraquetas y lo llenas que andaban las micros. Y cómo lo cortaron todo, cómo dibujaron de nuevo el país con sangre. Pero no nos vayamos del tema. No era muy brillante para la cosa. Se pasaba horas haciendo unos panfletos que daban pena. Escribía montones de páginas con una letra de imprenta chica, dificultosa, y luego tijereteaba y juntaba los mejores renglones y al final, a última hora, tenía que ponerme yo con una página hecha a la diabla.
Fue después de esa marcha cuando empezó a ponerse negra la cosa, cuando mataron al compañero –el primero– en la calle San Martín. Fue en el velorio, donde los compañeros estaban como transfigurados, que ella se me acercó un momento, toda llorosa, y se me apoyó un ratito en el brazo.
Desde entonces hasta que nos perdimos, andábamos juntos en todas las paradas. Como yo no manejaba ni para los cigarros, ella se ponía con los lucky y no faltaba la ocasión en que me invitaba a cualquier boliche, de pasada, a comerme un completo o unas empanadas de queso. Y a veces, hasta una cerveza. Después de la cosa grande, traté de ubicarla. No podía circular mucho. Yo mismo andaba medio fondeado, pero un día me avisaron por teléfono que me cuidara, que ella había caído y que le estaban dando muy mala vida. Esa noche había soñado que andábamos juntos, después de una concentración, por una calle ancha, larga. Yo andaba vestido de negro. De repente llegamos a un ascensor, de esos con puerta de reja, como había en Chile. Ella se subió y se cerró la reja. Yo me quedé abajo y ella subía y subía. Yo me quedé en la casa, total, no tenía donde fondearme y estaba la familia, esperando, eso sí, y cagándome de susto cuando paraba un auto cerca. Luego la cosa comenzó a aflojar, y un día me la encontré. Yo no me atrevía a preguntar, pero pregunté y sentí que me ponía rojo, "trágame tierra", pensé. "Sí", me dijo "ando con lesiones internas".
Después me la encontré en una oficina –no viene al caso decir dónde o por qué. No pudimos hablar. Estaba lleno de gente conocida. Cuando se fue me pasó la mano por la espalda, como si hubiera sido yo, y no ella, como reconfortándome a mí. Chao, me dijo. Fue la penúltima vez que la vi. La última fue cuando entré al boliche ese que podría] describir con lujo de detalles, si me lo piden. Estaba sentada en una mesa, con un amigo común, un tipo barbón, gordo, de ojos lacrimosos y que hacía poemas. Se veía flaquita, joven, como si nada –o a lo mejor era el verano. Yo le pregunté si quería irse, ustedes entienden. Entonces se pararon dos tipos jóvenes, bien vestidos, que estaban en la mesa del lado y le dijeron: "¿Se acuerda de nosotros compañera?". Ella asintió con un movimiento de cabeza. Yo le pregunté de nuevo y se encogió de hombros y me dijo "tai loco". Yo me levanté y me fui. Me acuerdo de una cosa. Los tipos no me dieron buena impresión. Incluso a veces ahora me acuerdo. Pero no lo voy a saber nunca. Lo segundo. Ella parecía un poco achunchada. Como que tenía un poco de vergüenza. Ojalá me equivoque.
Luego las cosas se pusieron feas de nuevo y me vine, para saber aquí que había vuelto a caer.


*Publicado en Cruzando la cordillera. El cuento chileno 1973–1983, Juan Armando Epple, Secretaría de Educación Pública/Casa de Chile en México, 1986, México, D.F.
*Vol. 3, No 1, pp. 13–14, de Literatura Chilena en el Exilio, 1979. Versión en inglés en Canadian Fiction Magazine, N 36–37, 1980

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