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Catastro : Prosa Noviembre 13, 2013


Un café para Platón (título de la canción homónima)*
Jorge Etcheverry

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Ella lo andaba buscando para pedirle los apuntes de Antigua y no lo podía encontrar por ninguna parte. Como yo andaba siempre dando vueltas, para ver si podía pinchar conversa, aunque menos que antes, claro, o algún pucho, tenía que ser a mí "¿Hai visto al Lucho?" –Por ahí debe de andar, bolceando plata para la micro. O tomando café, en la cafetería o sinó en Los Cisnes. Y seguramente ahí estaría el flaco, con su chaquetón azul manchado, llenando la mesa de ceniza, revolviendo el café medio helado en que la cuchara se llegaba a parar del azúcar que le echaba. Esa minita me gustaba mucho. Apenas le eché el ojo me le senté al lado y como llevaba varios años en la escuela me las arreglé para hacérmele el indispensable. Le prestaba libros y le explicaba los apuntes que ella sacaba hasta de los bostezos del profesor con una letra redonda de cabrita chica. Hasta que salió para mal de mis pecados el flaco Lucho y se me fue todo a la cresta. Ni siquiera fue él el que la habló. Estaba sentado en un banco y fue ella la que pasó y le preguntó algo, andaba como siempre confundida a muerte por los detalles de horarios y salas, seguramente que lo había visto por ahí, porque el flaco era como del inventario de la escuela, como los bancos y los árboles. Y le metió una cháchara como las que yo le conocía y la cabrita se olvidó de la clase. No es que le tenga pica al flaco. Casi nunca termina los cursos que toma y cuando habla en clase los demás tiran a reírse casi siempre. Porque es imposible enojarse con el flaco aunque te saludara el día de mañana sacándote la madre. Y él no se daba cuenta de lo agarrada que andaba la cabrita, y ves que ella lo pillaba era empezar a hablar las locuras de siempre durante horas, y la cabra lo miraba con tamaños ojos y los que mirábamos nos imaginábamos los tremendos esfuerzos que hacía por llevarlo a terreno.

Y nunca fue un gallo muy metido en la cosa, era más bien un gallo pacifista, que no le gustaban las roscas y que siempre me pareció medio ingenuo políticamente, creía que bastaba que la gente se pusiera de acuerdo para que todos se tomaran de la mano corno en las rondas de la Gabriela Mistral. A mí ella me gustaba mucho porque no era como la mayoría de las cabras del peda. No se arreglaba y no se daba humos, aunque le daba cancha tiro y lado a cualquier minita de inglés. Como a casi todos, me gustaba conversar y sobre todo discutir con él para pasar el rato, hasta que se le ocurría sacar a Platón a la palestra y ahí ni el diablo ni los cuatro jinetes lo hacían callar. Pero nunca lo consideré mi amigo, ni se me pasó por la mente. Incluso, cuando todos nos teníamos que hacer los huevones y modernos la lengua, el flaco, que seguía con las mismas viejas ondas y hablando con medio mundo, se empezó a poner medio sospechosón. Algunos comenzaban a evitarlo, pero yo lo conocía de antes: Si un soplón conversara medio minuto con él se volvería loco. Después del golpe había seguido de acá para allá caminando, conversando, mientras nosotros nos poníamos pálidos cuando teníamos que mostrar la credencial cada mañana, no nos atrevíamos a saludarnos y medíamos con regla cada palabra que colocábamos en los controles. Los primeros días de la vuelta a la escuela se paseaba más rápido que de costumbre y fumaba como chimenea. En las clases decía cada cosa que muchos pensamos que había enloquecido definitivamente. Después de los primeros meses no hablaba, y cuando lo llegaba a hacer, el Platón desaparecía de la conversación y se anidaba en diversos formatos en el bolsillo del vestón. O al lado del café en la mesa, con las puntas dobladas. Se quedaba mirando hacia adelante mientras el café se enfriaba, o lo revolvía con concentración, interminablemente. Nosotros, que a esa altura teníamos que andar escogiendo con pinzas la gente con que hablábamos, porque las paredes tienen oídos y anda mucho conchesumadre en circulación, nos sentábamos a la mesa pero él mudo, hasta que de repente levantaba la mirada de la taza y nos miraba como un cabro chico que el viejo le hubiera pegado de repente y no supiera porqué. Hasta que abandonamos los intentos, saludando su paso, su silueta obscura y bamboleante, cada vez más desgarbado, con los ojos más hundidos.

Y ya venía mijita otra vez sin los apuntes de Antigua, seguro que no había encontrado al flaco. Yo la miraba venir con pica "Estaba bien. Para que se jodiera". Se demoró mucho en llegar donde yo estaba, o a lo mejor me parecía. Se notaba medio alicaída. Pensé con rencor que el agarre no podía ser para tanto. Entonces me dijo "El Lucho no está. Se mandó cambiar de Chile." El Juaco que estaba en Los Cisnes, tomándose un café con cara de funeral, le había dicho. Y yo me lancé en un rosario medio tangüero de los huevones que se van, de los cobardes que aprietan cueva, olvidándome que el Lucho nunca había sido militante y de que en realidad yo no tenía la más puta idea de para qué lado chuteaba la cabrita.

Y de pronto la cara de ella, con sus enormes ojos cafés, se me borró de adelante, como si hubiera sido una perica cualquiera, y todo carecía de importancia frente a un vacío que se había instalado en una mesa de Los Cisnes a tomar café, y como si recién me cayera como un chopazo del cielo la realidad de todo, del golpe, de lo que había pasado y sentí que me picaban los ojos.

 

*Publicado en la revista Chasqui, Volumen XIV, números 2,3 febrero, mayo, 1985

Escrito en página blanca se puede ver en este enlace de Escritores.cl

http://www.escritores.cl/elibros/escrito-en-pagina-blanca.pdf

 



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