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Catastro : Prosa Abril 17, 2013


Stultífera navis
Jorge Etcheverry

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Claro que eso de los amantes es algo que uno siempre reconoce a posteriori, como  decimos los kantianos. Imagínense pensando en que la fulana de quien uno empieza a enamorarse tiene amantes, o costumbre de tener amantes, o ha tenido la costumbre, etc. Pero eso al comienzo es una pura espinita, aunque con el correr de los días se llegue a convertir en un infierno. Lo que pasa es que uno, es decir los latinos que funcionamos en este contexto, por lo menos en mi caso, que no estoy tan liberado como—supongo—los de las nuevas generaciones, tenemos, diría, la obligación de hacernos un poco los tontos a nosotros mismos. Una mujer de más de treinta años, atractiva, 'liberada', que hace el amor como una diosa (o una puta), que de alguna manera cayó con uno de una manera digamos fácil, tiene que tener su historia. Además ese   concepto historia es algo que se aplica entre nosotros, como cuando se dice "esa mujer tiene un pasado". Historia tenían a lo mejor las mujeres de nuestros papás, o niñas como La Dama de las Camelias. Estas, cuando les aprieta mucho el zapato del sexo y no pueden trabajar tranquilas o cumplir con su schedule, se ponen a cazar un tipo que se les ocurra que puede follar bien (así dicen los españoles), y sin compromi­sos, y si el tipo se pone pesado lo largan. Y claro, si me dicen acepto que estoy hablando un poco de puro picado. En la vida real soy un tipo muy progresista, muy igualitario. Por eso es que estoy aquí. Pero no le voy  soltar otra vez el tango del golpe, venirse de adolescente, tratar de volver de joven allá, no encajar y venirse otra vez para acá con un álbum de utopías y recuerdos bajo el brazo que ya no vamos a volver a abrir. Pero en fin. En la variedad está el gusto. Una amiga, según referencia de la susodicha, que "realmente sabe de hombres", se acuesta con tres tipos distintos por semana (y en estos tiempos del SIDA). Si el tipo además sabe conversar o es cachondo (otra palabra española), tanto mejor. Sinó para el catre y punto.

 

Pero lo que pasa es que yo venía saliendo de una enfermedad neurológica, ¿comprende?, cuya etiología y determinaciones no caben aquí, ésta no es una cosa de enfermedades, sino de empotamiento, y las primeras veces que me junté con ella, inclusive me costaba caminar derecho, era uno de los efectos laterales de las drogas que habían recetado.  Sentía a veces que las piernas se me volvían de lana, o me mareaba, o de repente me saltaban unos lagartos en los brazos y piernas, en la cara. Juntar­me con ella me dio la posibilidad de afrontar salidas prolongadas solo, y al co­mienzo era duro. Luego me empecé a envolver con ella y se me olvidó la enfermedad, que quedo reducida a esas pastillas que tomaba tres veces al día, a los cigarros de hierba y el café descafeinado (hábito que todavía conservo), el zumbido a los oídos que me bajaba cada vez que veía televisión, y claro, a tema de conversación con ella. Pasá­bamos juntos largas horas crepusculares, con el viento helado, anunciador del in­vierno, ya pronto y con las alas extendidas, silbando afuera del café, mientras yo comenzaba, lentamente, luego con profusión, a readiestrarme en la conversa de temas sepultados desde mi primera juventud, o adolescencia; la astrología, Gurdjieff, Galeano, la teosofía, las novelas de Stephen King, el diario del Ché en Bolivia etc.; en la toma del trago, prohibida un poco a tientas por los médicos.

 

Lo curioso era que esa especie de hermandad (palabreja)que nos unía también se manifestaba en eso. Cuando se ponía nerviosa comenzaba a saltar un poco, le salía un asomo de tic al costado de la boca. O cuando tomaba mucho café. Claro que cuando nos acostamos la hermandad se nos fue allá mismo. Hasta la vez anterior la cosa se había desarrollado en forma muy platónica; polí­tica, filosofía, la globalización, las posibilidades de los nuevos medios virtuales, el 11/9 de aquí y el de nosotros, allá abajo. Ella desenterró incluso algunas cosas de un máster en literatura de unos diez años atrás, de debajo de una capa de polvo burocrático y quehaceres domésticos.

 

Luego, después de la primera vez, la cosa tomó como un otro cariz. Recuerdo haberle dicho (sólo medio en broma) luego de cinco o seis horas revolcándonos en la cama, que se las había arreglado para convertir una amistad platónica en masacre. Recuerdo que a partir de entonces, ya no le mostraba tanto mis cosas (monos, poemas, algún peda­zo de prosa), y ella comenzó a relatarme las primeras versiones de la Historia de su Vida, entre besos, confesiones y tomadas de mano, pato wan tan, tortieres o pe­destres hamburguesas, regadas con café, cerveza, o vino según fuera la ocasión.

.......pero en esto suena el teléfono y hay que dejar de divagar sobre estas y otras cosas, al fumar el primer cigarro, aunque es casi la noche porque me estoy cuidando, y sentir cómo se me viene el humo por el cuerpo, y es el venezolano que anuncia que ya me viene a buscar, a llevarme en auto por ahí, con los otros, quizás el flaco y el negro, y hace unos momentos que empezó a obscurecer y me comienzo a vestir, y claro, pensando en ella, como un disco rayado que empieza a cansar de escucharlo en todas partes; los boliches, la radio.....

Over and over again. No como cuando Patty, aquí desde el primer momento comencé a sentir esa corriente eléctrica, mientras se me pasaba, debiera mejor decir, se nos pasaba el tiempo, y no nos dábamos cuenta de la hora, joder. Pero depende de cómo lo agarre a uno, y de con quién esté uno. Hay veces  en que a las dos horas uno se aburre y dale a bostezar, y a esas alturas ya se ha devorado el resumen de la vida y concepción de mundo de la fulana en cuestión, y hemos dado a nuestra vez un resumen de lo más esencial  de nuestras actuales metas y aspiracio­nes en la vida. Uno siempre sabe en el primer encuentro si la cosa va para adelante o no, al menos desde el punto de vista de uno. La tentación mayor es ponerse a la mo­da y describir minuciosamente las instancias sexuales con el lenguaje y los adjetivos de los que expresan su temor y odio de la mujer, en español o en inglés, también en francés, en las letras de los Hip Hop: perra, bitch, salope, pero uno recuerda la avidez  con que en alguna época se leyó a Miller. Pero por otro lado, en este ambiente, el se­xo anda flotando en la atmósfera. En realidad, como dice Alfonso, basta con ponerse en el right field. Nosotros (siempre esta maldita tendencia a hablar en plural) ve­nimos de otro lado, estamos en otra cosa (creo). Los que se meten de frentón en el sexo andan por ahí como el Lucho, el Pato, y tantos otros. Uno prefiere la onda del Diario de un Seductor, o de El Túnel, de Sábato, que en realidad leí por primera vez aquí, en un curso que tomé en la universidad hace como quince años.

 

Uno está aquí siempre al borde, eso no tiene que ver casi con cómo lo ve la gente a uno por la calle, es cosa de sentirse (y saberse) al margen. Se busca, por tanto, alguien, una mujer, con la cual se pueda vivir, o estar, en el margen. A la segunda vez de hablar con ella, en su departamento pesado de plantas y gatos, yo fantaseaba sobre la vida de Von Kleist y su suicidio conjunto con una cajera de banco. (Todas estas son lecturas de mi temprana juventud, más bien libros de mi papá que en paz descanse, encargados por un ojo de la cara a la única librería local que importaba libros en español). O sinó me imaginaba la posibilidad de subir los dos a la terraza de algún edificio del centro, con sendos fusiles de mira telescópica y comenzar a disparar hacia abajo unos minutos después del mediodía, a la hora en que los burócratas salen a tomar lunch en los infectos boliches de los alrededores. Lo curioso es que me empecé a juntar con ella en uno de esos mismos boliches, y ella también era burócrata. Como la Virgen María o Juana de Arco llevando una contabilidad. Le habían anunciado un sustancioso aumento de sueldo, y su trabajo le aseguraba un rol y amantes bien situados......y mientras termino de afeitarme y me dirijo (nótese bien, me dirijo) al líving, para esperar al venezolano, que debe de andar medio cargado y quiere darse su vueltecita por ahí para ver si agarra algo, se le notaba en la voz...

 

...Porque es de esa gente, es decir, como la mayoría de la gente, que se les nota en la cara (corazón) que andan medio cagados, y harto, pero que no saben que están cagados (de adentro). Yo pienso que eso es lo que le pasa a toda la gente común, con toda la alienación de la vida en Norteamérica y esos hueveos, claro que no meto las manos al fuego por los países  europeos. Lo que pasa conmigo, y siempre tendremos esa manía de andar preocupándonos de nosotros mismos, en lugar de ‘darnos’, como di­ce la flaca, aunque habría que ver qué entiende ella por darse. Lo que pasa es que yo ando cagado, y ando cagado y listo, y lo peor es que no se me nota. Toda la gente cree que ando bien. A lo mejor lo que pasa es que todos nosotros (en general me refiero a mis amigos)  somos medio psicópatas, esa gente que tiene el umbral de estimulación bajo, y necesita siempre estímulos nuevos, porque tiene menos resistencia para el aburrimiento que el común de los mortales. Es decir, que de lo que se trata es de meterse en líos, aunque sea, o mejor dicho, para ‘joderse’.

 

Como estábamos diciendo, yo estaba medio echado en el sillón, cagándome otro poco, ya que en el día había estado muy ocupado para hacerlo, se me llegaba a hin­char el hocico de ganas de tomar, y zás que tocan a la puerta y llega el venezola­no, muy cariacontecido, echando cada día más una doble barba, y la boca, como los mostachos, para abajo, aunque hace más de tres años que terminó su maestría en Ciencias Políticas todavía no puede encontrar trabajo y anda por aquí, por allá, haciendo lo que puede, co0n lo justo, no tiene ni computadora, ni correo electrónico. Y comenzamos a hablar, los dos sin ganas, yo al comienzo estu­ve tratando de pasar una rápida y poco brillante revista a los últimos sucesos po­líticos

internacionales, Chávez, Morales, el pantano en que están metidos los gringos en Irak, pero la cosa murió por sí misma, después de comentar los últimos sucesos -Ah-Sih-.

 

Y bueno, el venezolano me empezó a contar sus eternas mentiras sobre minas, que como yo me he llevado

estos últimos años metido en forros más o menos serios, el tipo se siente como con la obligación de contarme cosas para ponerse a mi altura. Y se pasaba a cada rato la mano por la penca, como hacen los centroamericanos y los brasileños( me parece). Es decir, que andaba en las Rocky Mountains, con la roca, como decimos vulgarmente (creo que todavía se dirá así allá abajo). Cuando llegó mi mujer se le iban los ojos, a ella no le gusta que vaya a la casa. Una vez me dijo “ese Carlos me empelota con la mirada”. Él espera que se meta en su pieza  y me comienza a hablar sobre cómo piensa juntarse otra vez-por la tercera o cuarta-con su mujer. Luego mi mujer me diría "Parece que al Carlos no le va bien con las mujeres. Yo creo que quiere volver con la Ernestina por pura necesidad". La cosa es que al fin nos decidimos a salir, luego que yo, que estoy sentimental y nostálgico, le cuento por enésima vez y despacito, porque sé que a veces mi mujer escucha detrás de la puerta, como hacía algunas cosas la francesa.

 

En eso llega el Flaco, que está viviendo con la Flaca, que es una gringa de bas­tante buen lejos, de pelo largo, pero según el Flaco, muy posesiva. Venía entrando como de costumbre, en forma ruidosa, vestido medio de punk, aunque a sus años. Le comunicamos nuestras inten­ciones de ir a tomarnos unos tragos a un boliche del otro lado, donde van las fran­cesas que saben español. Una vez saque una a bailar un vals y se iba de suspiro con cada vuelta. El flaco comenzaba a hacerse un cigarro, porque fuera de usar ese chaleco gra­nate con cuello de tortuga y ese colar plateado con aspecto de baratija, ha dejado de fumar cigarrillos normales, como todo el mundo. Yo aspiro un bocado de humo que se va a asentar en el vértice inferior del pulmón izquierdo y siento el familiar dolor, mientras el flaco dice parodiando a Pratt, un héroe de donde

yo vengo,  "El que sea caliente que me siga".Y el venezolano lo hace callar porque la niña. está durmiendo, porque pese a todo siempre se fija en esas cosas.

 

Y es entonces que salimos despacio, para que no ladre el perro de los vecinos de abajo, bajamos despacio la escalera y luego nos precipitamos hacia la noche, toman­do un primer bocado de frío. Yo miro por costumbre una ventana iluminada en la ca­sa del frente para ver si diviso la silueta de la chiquilla rucia desvistiéndose esas gringas tan descuidadas y las palabras del mexicano compañero de inglés como segunda lengua, todavía frescas en mi memoria después de todos estos años, yendo  todos los sábados en la mañana a mirarles los calzones a las viejas en el boulevard Sparks, y yo con toda la avi­dez después de todo tercermundista a pesar de los años aquí, es una cosa a lo mejor genética, qué diablos, escuchando con avidez esa voz floja y arrastrada, como un ron­roneo.

 

Porque hay un amigo, otro flaco, (porque yo también soy El Flaco), que dice que las chilenas no saben culiar. Será por eso que cuando me tiran bien--esto último me ha estado dando vueltas en la cabeza hace varias semanas, claro que no todo el tiempo--quedo turulato. El venezolano dice, un poco atrás mío, cuando nos encaminamos hacia los autos:"Jálale bolas, tenemos dos carros". Será por eso, digo, que me vuelvo como loco y me enamoro de la suso­dicha (o las susodichas, porque me ha pasado un par de veces, y en el fondo del amor, quizás detrás de toda la maroma (termino español), se esconde el rostro irre­versible de una concha, un coño, cunt, el olor a concha en la barba que suelo dejarme por tempora­das porque todavía no tiene muchas canas. Despertarme con olor a concha en las mañanas, que se me queda pegado por bastan­te tiempo, y dentro de todo, la repugnancia a tratar esta clase de asuntos, lo que también es un asunto quizás si no cultural por lo menos de clase. Ni si­quiera el flaco, que siempre anda metido en

forros, y hace unas poesías que por lo menos de complicadas son hiperbólicas, no muy en onda estos días de la comunicación instantánea y sencilla. Y esta el negro, que dice que para escribir alguna vez bien, de veras, hay que atreverse con las propias obsesiones. Y yo le res­pondo que las obsesiones de todos los latinos aquí, aunque sean exilados, inmigrantes, jóvenes o viejos, y quizás de otros, como los libaneses y sobre .todo los gallos (y las mujeres) orientales, que se hacen también los mosquitas muertas, son o están centradas en el sexo, que en realidad no es puramente reproductivo, se muere en realidad en sí mismo, es inmanente, como decimos los filósofos, y carece de toda trascendencia, pese al tantrismo (o el poco-trismo, otro chistecito, si me permiten), y se imaginan lo que puede salir de allí, si ya me imagino que estuviera que estar escribiendo cosas, sin ser un poeta maricón y drogadicto como se autodefinía Ginsberg que en paz descanse, que le encanta a Etcheverry, o un Henry Miller, un clásico, a mi jucio bastante dated, que parece que es lo único que conoce el negro, aparte claro está de Kosinsky, aunque a mí me parece bastante discretito y que fue una cosa de moda nomás.  Y ese sexo no tiene nada que ver con el sexo de los proletas compatriotas o del médico.  A eso vamos. Ese sexo no tiene nada que ver con el sexo de un médico brasileño conocido que me recuerdo que me contaba cómo a una enfermera una vez se le aflojó un esfínter cuando se lo estaba montando y le cagó encima y sentía una cosa calientita pero se estaba quedando dormido y a la mañana siguiente la fulana se había ido y se despertó todo cagado y solo, y ya me doy cuenta que estoy contando esto mismo con los añadidos habituales que se le ponen a las cosas de segunda mano, cuando estamos cerrando la puerta del auto del flaco y nos vamos yendo, fumando, mientras el venezolano -que el Pato dice que cuando lo llama por teléfono es como estar con un teléfono o unos speakers conectados a una jaula de loros, pero no es para tanto-viene con sus de bolas en el asiento de atrás.

 

El flaco encaja sus rodillas contra la guitarra del venezolano, suenan ocasio­nales las cuerdas, irritando esa mente en el fondo metódica a medias. Por-algo recién egresado de economía, estudiando ahora derecho internacional pese al co­ño y al sabooor “¿Que te pasa?”-dice-“anda a lavate ese culo maricón”, la cara

congestionada brillándole como recién encerada, los ojillos pequeños también brillantes, ante la posibilidad del brillo. Y yo fumo una pitada en mi gauloise, que compro en un boliche en la esquina de mi departamento, no llegan a todas partes)  y siento el mareo familiar asentarse inmediatamente debajo de la cavidad craneana en (supongo)las capas superiores del cerebro, mientras me vuelve la debilidad que es más bien una lasitud y la leve, levísima puntada en el pulmón izquierdo, como un sentirse-

Jooder-dice el coño en el asiento de adelante, repatingándose junto a Von Pérez, que aparecía visto desde atrás una negación absoluta de cualquier vestigio de belleza según un canon occidental (pongámonos cultos), la mirada perdida en la cara de gárgo­la, los ojillos(también) brillantes, pensando en ese mismo momento(seguramente)en la rucia,(o pelirroja)-un pasón, dice el flaco, en esa voz suave destinada a las minas quebecas, gesticulando con las largas manos lánguidas, el hocico siempre conformado a las discusiones de café; un producto venido del Otro Lado. Y como un súcubo en el auto el fantasma de la mujer de la que se habla. Esa mina, y el Pérez pensando en ella y en Panovsky, acariciando las posibilidades, o la seguridad, si todo salía bien, con un cosquilleo en los testículos, saboreando-como todos en esos casos-la expectativa de la presa (casi) segura, más que quizás posteriormente, los desnudos hechos-un auto pasa rajado-Pérez hace un cambio que como manejar un torno-encegueciéndonos a todos en la noche, como a un conjunto de variados conejos. Y nos soltamos en un rosario de imprecaciones hechas inútiles por los vidrios cerrados (hace frío).....

 

Es decir, que cuando la cosa sale, ya se está medio envuelto, o encandilado, o solo medio metido, si uno es

más frío; Las historias que las minas-pasones entrete­jen, su angustia de ojos dilatados y pelo desmelenado, que las hace hundir la cabeza entre los hombros, en la atmósfera pesada del café (parece un tango). O se está can­sado y se tira mal, o la mina sin ropa tiene unos detalles a lo menos, curiosos, y a lo más

desagradables, o se pone a soltar un rollo sobre su marido, o su novio, o sus ex-novios, o lo que sea, o sobre el sin sentido de todo...mientras el argentino (también está) comienza a tocar un tango con la guitarra del venezolano, mientras entramos en la Queensway....Creíamos que las gringas no te­nían problemas, mucho practical joke, y en el fondo las minas jodidas, multiplicán­dose el jodimiento como una complicada urdimbre debajo de la losa de cemento de la soledad. Y pasamos el río que divide a la parte inglesa (fome) de ciudad de la francesa (el brillo) y nos dirigimos a Hull y llegamos al puente y ya el venezolano discute con el español, que habla-con esa cosa seria de los españoles, como salido de un cuadro de Velásquez o de cualquiera, como pidiendo yelmo y golilla-sobre las minas (las cha­valas), todas dentro de un pozo (joder)y tirarles una cuerda(uno), y la mina que se aferra. Y Pérez que dice que siempre va a todas partes con la señora, y si es posi­ble con los chiquillos, para que si alguien se interesa no haya malos entendidos- las cosas claras desde el comienzo-, y el flaco que siempre sigue su propio cur­so le responde al argentino que dice que parece que nos equivocamos al doblar che, "hace siempre bien leer a Cortázar", y justo al cruzar el puente y sentir (más en la imaginación, los vidrios están cerrados), el espantoso olor de la papelera Eddy, y luego la calle, como las de Coquimbo, digo. Como las de Valparaíso, Pérez. Una em­pinada más y zás, que aparece el gringo frente a una puerta, bajo la luz de un farol, empacado y sudoroso, la cara ansiosa, dándole vuelta los ojos claros, enorme y más gordo con su chaquetón que trajo de Winnipeg y el Wind Chill o como se diga y a duras penas le hacemos un hueco. “¿Cuántos somos?”, casi hubiera dicho Kerouac, “Los que nos dirigimos a marcha forzada hacia la noche del Otro Lado”, mientras el flaco me dice "pásame un pucho, ló" -Merci, ló- y el venezolano "andá a lavate ese culo, ló".

 

Y héte aquí que aparece el destartalado emplazamiento del Cuatro Jueves, como una calabaza de

Halloween, tirando una luz medio naranja desde las ventanas, preña­do de humo y ruido, y chácharas de franceses de onda intelectual o política, y las minitas llenas de gestos-"Un semilevantadero"-clasifica el cuyano-hablando de todo, de todo, o coqueteando, con o sin mayor consecuencia, nunca se sabe, y se esta cerca para empezar a bajarnos rápido, y nos empezamos a helar y caminamos, porque todavía (a esta altura del año, país de mierda) hace frío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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