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Catastro : Prosa Junio 20, 2012


The White Knight
Jorge Etcheverry

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 Versión Impresora 

A Leutén Rojas

Carlos, que (me dijo) bajó del avión que venía de Chile al Aeropuerto Internacional de Montreal, en ese día de otoño, creo que a fines de septiembre o a comienzos de octubre, Pedro no es­taba muy seguro. Carlos, sí, ese mismo. Yo sabía bien de quién se trataba. Las historias relativas a las desapariciones conseguían infiltrarse, pese a la distan­cia, como un gas insidioso, por medio de las noticias, en la televisión, los periódicos, lo que llegaba por aquí a través de los cables internacionales. Y cómo yo no iba a saber, Carlos, que podría perfectamente haberse llamado Pedro, como él, o Emilio, como mi amigo venezolano, también él de clase media, muy correcto, que alguna vez trabajó con nosotros en solidaridad, pero que ahora se volvió a su país y se consiguió una pega en el gobierno. O Eusebio, el español. No, ese es nombre de nerd, como se dice por estos lados, y a Carlos uno no podía imaginárselo flacuchento, con anteojos, mateo y pisándoles los pies a las minas en las fiestas cuando bailaba. A Carlos lo veo parado en la loza, un poco cauteloso, algo tiene que haber sentido, después de todo nunca había salido de Chile, que yo sepa, al menos nunca por sí solo, como cualquier hijo de vecino. Solo, en una parte en que el poderoso brazo que lo protege y lo vuelve intocable no existe.

 

              Pero sí está nervioso nadie lo podría notar, a lo mejor sólo quizás yo, que lo conozco tanto. Quizás camina un poco más rápido, pero no mucho, anda un poco  más derecho y la cara se le nota, si cabe, un poco más inexpresiva. A lo mejor, en una movida interior de esas que le son tan características se las habrá arreglado para construirse un proyecto inmediatamente, una especie de beneficio secundario, como cuando era vendedor de la línea blanca a fines de los sesenta y le tocaba un barrio malo, malo, digamos San Miguel y se decía (y me decía) “pero es macanudo oye porque la experiencia que voy a sacar aquí me va a ayudar mucho en el futuro”. Y pensaba seguramente que no era que los patrones le hubieran dado un sector malo porque era el más nuevo, medio estirado y a lo mejor mal vendedor, sino que justamente lo man­daban a él porque ¿A quién otro iban a mandar que fuera a sacar algo de ese barrio donde la gente tenía apenas para comer?... Y él les iba a andar vendiendo refrigeradores, cocinas, lavadoras, al contado y al crédito.

 

Pero nacionalizaron la firma el 71 y lo echaron. O mejor dicho no lo echaron porque, con la industria tomada, el gerente supo antes de que se promulgara el decreto de naciona­lización y decidió entregar la industria quebrada, si podía, dio una comida a todos los vendedores y al personal administrativo en un conocido restau­rante de la capital, y junto con pronosti­car días sombríos para la empresa pri­vada en el país y el inevitable colapso económico, anunció que despedía al sesenta por ciento del personal, ya que hacía varios meses que la empresa venía trabajando a pérdida. Creo que está ahora en el Brasil. Trató de volver después del golpe y echar a andar la cosa, pero a los dos años quebró cuando empezaron a llegar los artefactos de Taiwán. Peso esa es otra historia. En cuanto a Carlos, un buen día agarró sus monos y se mandó cambiar de la casa de la familia, que quedaba en el barrio Nuñoa. A los pocos meses se supo (supimos) que la Anita María se había casado con un flacucho que había sido compañero de liceo y que ahora tra­bajaba en el Banco O'Higgins.

 

Es que Carlos siempre tuvo esa manera de mirar las cosas así en gene­ral: o uno es caballero o es roto. O uno tiene plata o es un mequetrefe (como diría Firulete). Cosa bastante difícil si uno es hijo de un empleado jubilado de izquierda. Ya me lo imagino sentado en el escritorio, en su pieza estudiando contabilidad mientras don Ignacio, un viejo socialista, se reunía con sus ami­gos y unos botellones a arreglar el mundo. Una vez me dijo medio curado - cosa rara en él, aunque se dice que últimamente toma mucho pero de a poquito y no se le nota “Claro, lo que pasa es que el, viejo es flojo. No tiene nada al corazón pero no le gusta tra­bajar”. Tenía (o tiene) el mismo carácter de la iñora (que en paz des­canse), su madre, de quien era el regalón, como todo hijo mayor. Me acuerdo de una vez que éramos chicos y mi mamá les estaba contando que el hijo de la Nana estaba escribiendo y le habían publicado unos poemas en El Diario Ilustrado, y la iñora había saltado “¿Y cuánto gana?” Cuando Carlos me contó eso del viejo fue cuando tuvo que interrumpir sus estudios de contabilidad para trabajar full-time, como se dice por aquí, y lo que más le sacaba pica era que el hermano chico andaba estudiando arte o fotografía por ahí, con barba y una cámara mientras él (me dijo), tenía que ponerse en la casa para que comieran los dos intelectuales.

 

Pero eso no era muy cierto, aunque para qué iba a estarle discutiendo, es como macho, porque al hermano le estaba yendo bastante bien, apenas se formó Quimantú lo llamaron a trabajar ahí y al poco tiempo era un fotógrafo bastante conocido. Luego pasaron otras cosas y casi dejé de ver a Carlos, sólo una vez me lo encontré por la calle y le mencioné que a Marcos lo habían nominado para un premio de algo, no sé, yo nunca he estado muy cerca de la fotografía, y él me dijo “Sí, le está yendo bien a este cabro, es una preocupación menos. Lástima que esté tan metido con los comunistas”. Y en sus palabras había un dejo de desgracia tan irremediable, como si alguien te dijera “Ahhh, fulanito se está muriendo de cáncer”, o como se escucha por la radio que estalló en el aire un Boeing 747 con 300 pasajeros a bordo. Yo tragué saliva y dije AAHHH, y me puse a hablar de cualquier cosa y me despedí rápido. Estábamos frente al edificio Santiago Centro. Por esa época yo había recién ingresado a la jota.

 

           (Y seguramente al pisar la loza del aeropuerto y ver los letreros en inglés, Carlos se dijo "Ahora voy a tener la oportunidad de practicar lo que aprendí en el Instituto", mientras caminaba y divisaba a su hermano Marcos que se acercaba "Por Dios que está viejo este cabro", notando que tenía puestos los mismos bluyines y el mismo chaleco de siempre, y la cámara y, esa cara a la vez reconcentrada y atenta, y ese aire un poco como de desamparo. Pero antes de dejarse llevara por una cierta ternura, una palabra difícil de aceptar sin siutiquería en la cabeza, recordar que ellos habían elegido y que sabían en lo que se metían y no porque él no se los hubiera adver­tido, y que esos del tipo intelectual a veces son los más duros, y que en la pega (porque es un trabajo, aunque también es una guerra), funciona la teoría del dominó. Se cae una ficha y se van cayendo todas. Se deja que la debilidad meta la punta del pie por la puerta y se abre de par en par. Hay tantos quebrados, alcohólicos, drogadictos, que les explican a los detenidos que lo hacen por obligación, que no depende de ellos, que reciben órdenes, que por favor cooperen y que no les va a pasar nada, y se vuelven como locos ante el menor silencio, desquitándose en forma ciega en los otros, por poner­los en esa situación, tratando de borrar­los lo más luego posible, sacarlos del mapa, sacárselos de delante de la vista y luego vienen los cadáveres hechos pedazos, las protestas y la publicidad las investigaciones, y los tipos que sacan, la pistola en los bares y arman escándalo y que a veces terminan en el Siquiátrico o fondeados porque se ponen incontrolables. Y están los otros, los de afuera, que les gusta, se calientan. Pero a esos, cuando no se los necesite paff, cuando por fin se aclaren las cosas y la guerra sucia, como dicen los argentinos, se convierta en guerra limpia y podamos nosotros, cuando los otros se acaben, volver a vivir tranquilos, como Dios manda, dedicados a trabajar, a mantener a las familias, educar a los hijos, viendo cómo crece el país, sin la inestabilidad, las concentra­ciones y las tomas, sin ociosos discutidores y alegadores por las radios y la televisión y los diarios, que lo único que hacen es impedirle a los que quieren trabajar, progresar, ser algo en esta vida, ser algo más que los padres, no tener que volver a pasar pellejerías mamita, su hijo es inteligente , responsable, trabajador, no como su marido, cuando su hijo se case nunca les va a faltar nada ni a la mujer ni a los chiquillos, mamita, un auto, una casa decente no como esta cajita de fósforos. "Si nos casamos no quiero que nunca te falte nada" cuando éramos chicos a veces no teníamos ni para comer, cuando al papá lo echaron del Banco porque hicieron una huelga y zas de patitas en la calle, yo era muy chico pero mi mamá siempre le decía "viejo no te metas en política que de ahí nunca va a salir nada bueno". Debieran matarlos a todos mamita y claro que yo soy como usted mamita, como el abuelo minero que lo perdió todo porque los alemanes inventaron el salitre sintético, "y lo voy a cuidar al viejo, que vive en otro mundo tu padre, es como un niño fantasioso, soñador, no es práctico el viejo, tanta dote desperdiciada como tu hermano y cuando nos pusimos de novios todos pusieron el grito en el cielo y les debía haber hecho caso, tú saliste a mí mijito tienes que esforzarte, ser trabajador y esforzado, todo en esta vida se gana con trabajo y con roce para que no vayas a estar pasando pellejerías como tu madre, tonta, romántica" , y hay algunos a los que no se les para cuando están con la mujer y se les para en la cárcel interrogando o pegando, esos que saben que ya no tienen vuelta y tienen que seguir echándole pa delante (porque pa tras no cunde) hasta que se acaben. El teniente que le grita la otra vez a uno "Contrólese, hombre, contrólese", eso es lo más importante mamita, tener siempre la cabeza clara, uno está haciendo un trabajo, y eso es por el bien de todos, hay que estar siempre mirándose, cuidándose, y pen­sar que esto está pasando en todas partes del mundo, si nos descontrolamos mamita, lueguito nos van a estar ha­ciendo volar en pedacitos con bombas, o ellos o nosotros aunque a veces nos duele la cabeza por días enteros y anda­mos con el estómago tan apretado que no podemos ni comer y nos parece que todo el mundo nos mira por la calle y no nos gusta subirnos a los buses ni ir a los restaurantes. Por lo mismo, al cine no vamos mucho. Cuando tenemos un tiempo libre nos gusta la televisión. No nos gusta leer novelas porque son puras mentiras y la realidad es esto. No nos interesan las noticias, ni la historia, ni las ideologías ni la política porque sabe­mos que en el fondo y moviéndolo todo está esto. En todas partes, mamita).

 

Y de la que te libraste, Anita María, porque por algunos compañeros que cayeron por aquí sabemos que Carlos es muy capaz de producir un infierno du­rante 10 ó 12 horas al día. Pero a lo mejor no te libraste, porque gracias a esa capacidad que tiene para armarse las cosas otra vez en la cabeza, a su gusto y gana, siempre fue así desde chico, capaz que vuelva a, la casa en la noche, cansado como un buen em­pleado de banco, le haga cariño al perro, si es que tiene unto, y se ponga a leer el diario o a ver televisión. Seguramente la mujer con que está casado (si está) le preguntará “¿Cómo estuvo la pega hoy día mijito?” “Bien, nada del otro mundo”. Y a lo mejor juega un rato con los cabros chicos que se le suben a las rodillas y le tironean la cara, como hacen todos los cabros chicos, y a la hora de comer reta a uno porque mete la mano en el plato y seguro que después se va a dormir y ojalá que tenga al menos una pesadilla de cuando en cuando y ojalá que el tiritón que le agita el párpado derecho se le extienda a la mano primero y después a todo el cuerpo. De cómo este niño llegó a trabajar con esa gente esa gente (porque nos cons­ta), es una cosa que ni yo le podría contestar. Yo no lo conocí mucho. Nuestras familias eran amigas. Fuimos compañeros primero en la primaria y luego en el liceo. No, lo que es amigos, amigos nunca fuimos, pero a uno le da julepe pensando que cualquiera, el vecino del lado por ejemplo, pueda haberse transformado en un Carlos, y haber em­pezado a bajar gente con la mejor pinta del mundo y quizás con orgullo, sintiéndose poco menos que los Caba­lleros del Rey Arturo que leí cuando chico en la colección Robin Hood, limpiando al mundo del fantasma de la subversión. A uno le da su poco de miedo incluso aquí, que estamos tu lejos. Que sólo nos acordamos cuando algún cadáver que aparece mutilado es lo suficientemente importante como para ocupar sus treinta segundos en las noticias de la tele, o están un poco flojones de noticias sobre Centroamé­rica o el Medio Oriente y ponen una cosita sobre Chile para llenar el espacio.

 

O nos llegan por esas cosas que pasan, ahora que se murió don Ignacio, que dicen que se murió de pena. Men­tira. Nadie se muere de pena. Pero se murió de todas maneras. Y pobre Marcos, dos veces, se muere el viejo y ahora, sabiendo lo del hermano. Y el otro sobre todo tener las patas de venirse a meter acá, como si fuera una persona, como si todavía tuviera padre o familia. Y yo no quise ir al funeral por eso


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