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Catastro : Prosa Junio 20, 2012


La solución definitiva
Jorge Etcheverry

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Yo mismo no lo hubiera creído, si me hubieran dicho que a Raymond se le habían ocurrido las primeras ideas de lo que más adelante habría de llamarse La Solución Definitiva (no confundir con la tristemente célebre Solución Final), leyendo un panfleto mal impreso y mal redactado que llevaba la firma de la Hermandad Rosacruz Auténtica. Él estaba acostumbrado a recibir ese tipo de correspondencia, junto con las cuentas y las cartas que lo conminaban a ingresar sin más demora a la elite privilegiada de los poseedores de una American Express Card. De cuando en cuando, pero muy seguido para su gusto.

Incluso comentó el asunto con algunos de sus amigos, como cosa curiosa, con los que le seguían siendo fieles a pesar de años y años de soportarle su carácter difícil, que hay que reconocer que se había ido suavizando con el paso del tiempo y el avance de la sombra amenazante de la madurez, que redondea los ángulos y trae las resignaciones. La famosa Hermandad resultó ser inexistente, ya que un segundo comunicado nunca siguió al primero. Quizás en la redacción de los periódicos o las oficinas de prensa de la radio y la televisión, este corto documento (que se adjunta) fue puesto a un lado como una de las tantas cartas de locos y excéntricos que llenan los papeleros y que muy raramente, si es que alguna vez, llegan a dominio público.

 

El hecho es que Raymond se había estado preocupando últimamente más y más de los problemas de que trataba la circular: cada vez que miraba la televisión y aparecía un documental sobre el reino animal, o el efecto que la polución estaba teniendo en el medio ambiente, cambiaba de estación casi con rabia. O cuando leía, como en un editorial en el periódico del sábado que alguna vez me comentó, que cada minuto que pasa son arrasadas catorce hectáreas de selva virgen (los pulmones de la tierra). Entonces cerraba el periódico o se ponía a leer las tiras cómicas. Ya que no era todavía lo suficientemente viejo como para decir "total" y encogerse de hombros y dedicarse a vivir los años que le quedaban de la mejor manera posible, dejando que las nuevas generaciones se las arreglaran como mejor fueran pudiendo. Él creía haber hecho su parte y con exceso: Mientras sus amigos más prácticos y menos idealistas obtenían logro tras logro, distinción tras distinción en las universidades de fines de los sesenta, él organizaba o tomaba parte en demostraciones contra la intervención americana en Viet-Nam, a favor de la legalización de la marihuana, el mejoramiento de la condición de los presos en las cárceles, e incluso había acampado en una reserva india para repudiar junto a los nativos los vuelos supersónicos de la Fuerza Aérea sobre el Labrador. En años posteriores se encontró protestando contra la lluvia ácida, el genocidio en Guatemala, la represión en Chile, la deportación de presuntos refugiados etc.

 

Pero ahora estaba tratando de volver a entrar en el mercado de trabajo, hacerle entender a los posibles empleadores que miraban su currículum, un mensaje que muy bien podría reducirse a una frase: "Discúlpenme por favor los últimos veinte años".

 

Pero como un buen hijo de los sesenta, el Problema Básico todavía lo preocupaba: El mundo se iba a acabar, y luego, y no con un trueno sino con un gemido, como había dicho el poeta favorito de sus años estudiantiles. Él no podía simplemente volverle la espalda a estas cosas y tratar de pasarlo bien, como le recomendó su psicoanalista alguna vez. Después de todo, el hombre era sensible, comprensivo, por lo menos en los comienzos de sus relaciones con mujeres, a pesar de que más adelante se comportaba como un niño que buscara a su madre detrás de cada mujer, quejumbroso y como un alcohólico en potencia, como también me confesó su psicoanalista (entrevista adjunta). Sus compañeras casuales, las mujeres que de tiempo en tiempo trataban (duro) de compartir su vida, lo dejaban luego de unos meses, de un par años en el mejor de los casos. Pero siempre aparecía una cara nueva. Su tipo se estaba poniendo más y más escaso a medida que pasaba el tiempo, lo que lo hacía atractivo: En esta época de producción en serie, lo diferente es casi sinónimo de lo valioso. Además de que casi todos los hombres que tenían sus características positivas parecían haber optado por el homosexualismo, al menos en la parte norte del nuevo continente.

Pese sus evidentes defectos, todas sus ex mujeres  estuvieron  más de alguna vez dispuestas a confesar, luego de las rupturas y cuando no había nada que hacer, que Raymond había sido la cosa más importante que les había pasado en la vida (sobre todo cuando empezó a hacerse famoso), quizás porque la mitología de los sesenta y de comienzos de los setenta todavía funciona. Parece que esos (ex) jóvenes hubieran dado todas las peleas, abrazado todas las causas, no importa si con poco efecto, ya que hasta el fracaso puede ser un atractivo en este mundo de ejecutivos y computadoras.

 

La negativa de Raymond a tener hijos, ya que "¿Que les estamos dejando aparte de la posibilidad de le extinción por el efecto de invernadero como la mejor alternativa?" hizo siempre más rápido el escape de las futuras madres. En realidad, Raymond estaba pensando en que cómo se las iba a arreglar para criar chiquillos con sus entradas fluctuantes y su falta de espíritu práctico, que lo mantenían en los márgenes de la enseñanza de idiomas, la escritura, el periodismo y otras actividades por el estilo, igualmente lucrativas.

Por una razón u otra, y principalmente debido a la frecuentación de todo tipo de bares (después de todo esa es una parte importante de la biografia ulterior de muchos escritores, acordémonos de Bukovsky), Raymond conoció e intimó con otra reliquia de los sesenta, que vivía en la marginalidad y allí producía poesía, a pesar de que estaba comenzando a captar el ritmo o las pulsaciones del sistema, no todavía con mayúsculas, eso vendría un poco más tarde, pero al menos agarraba una beca por aquí, una subvención por allá, su recital caído y hasta talleres. El tipo en cuestión estaba pasando por un período de desolación extrema, ya que por haber apoyado en algunas apariciones menores pero públicas una causa política impopular, (que omitimos) había asustado a algunos de los contactos que estaba comenzando a hacer en los círculos cortadores del queso literario.

La fama y el peso posteriores del hombre, así como su corazón básicamente nostálgico y sentimental, fueron accidentes fortuitos para Raymond, que en ese tiempo se recobraba difícilmente de otra de sus relaciones fallidas, y se veía confrontado al hecho de tener que buscar donde vivir - ya que le habían dado un ultimátum para que empacara - una parte barata y calefaccionada (era la mitad del invierno). No fue responsabilidad suya el apego que el otro le tomó, porque la mayor parte del tiempo no se daba realmente cuenta ni de dónde estaba.

 

El que por una u otra razón fuera escogido para leer poemas y participar en un panel en un evento literio a nivel nacional, con ribetes internacionales - ya que algunos de los participantes y organizadores agenciaron fondos para amigos en el extranjero - se debió en realidad a la conjunción de Los Mágicos Sesenta, la defensa y consumo de la cerveza canadiense en vez de las marcas extranjeras, más sofisticadas y no mucho más caras, su casi fanático seguimiento de los astros del kick-boxing en televisión y su admiración por el legendario campeón del juego de bochas Marc André Ramón, opiniones y gustos que Raymond compartía con su posterior benefactor, Patrick Phillmore. Además de algunas memorias de los (bien enterrados) sesenta.

Pero hubo otros factores circunstanciales que ayudaron a que Raymond pudiera presentar su ya famosa intervención en el evento ya mencionado. Pasó que una prominente poetisa del Quebec anuló su participación en el coloquio a última hora aduciendo, muy justificadamente, la falta de representación de los francófonos. Cuando trató de cambiar de parecer y asistir de todos modos a instancias de algunos amigos de Outremont (corazón de la intelectualidad quebequense) que le indicaron que esa tribuna debía usarse, era ya muy tarde: Dos hechos fortuitos inclinaron el naipe en favor de la participación de Raymond en lugar de la campeona de la flor de lis; la moda de los sesenta, que había instalado al amigo de Raymond en el Comité Organizador, y el artículo de un famoso esteta que volvió casi de la tumba para afirmar que las culturas francesa y americana podían renovarse ya que abrían canales para el contacto entre la marginalidad y la cultura institucional (acuérdense de Rimbaud, acuérdense de los beatniks). Si posteriormente al tomar la palabra en el panel Raymond se mostró menos tímido y más hablador, más agresivo de lo que era usualmente en público, se debió a la ingestión de por lo menos seis cervezas Molson Canadian con Patrick Phillmore, que no tenía que leer, ya que estaba en la organización, y que le confesó que no tenía interés en participar en el foro porque no tenía nada que decir, que un poeta no dice cosas, que escribe, y que no era académico como otros (y aquí miró de reojo a Raymond, que contaba con un Máster incompleto en literatura); él era un escritor, y un escritor para el pueblo no para los elitistas de las universidades o la revista Saturday Night. Raymond, ya un poco mareado, le dijo que qué es lo que eran entonces sus artículos (inéditos) sobre El Rol de los Autos en la Comunidad Negra de Canadá, o Sobre Perros y Homosexuales: Metonimia o Metáfora, versando el segundo sobre la costumbre de los homosexuales de pasear sus perros por las calles y parques de las ciudades norteamericanas, y el simbolismo subyacente a esta práctica. A lo que Patrick respondió con una ancha sonrisa que desplegó sus gruesos labios a través de su cara y dejó caer la cabeza pesadamente en el brazo doblado sobre la mesa y comenzó a roncar.

 

Ahí comenzó la historia de todos conocida. El trabajo poético de Raymond no impresionó a la audiencia ni a la crítica. En el período de preguntas y respuestas después del recital, la gente se refirió a la nostalgia evidente de los poetas por una década que la mayor parte de la asistencia todavía recordaba y echaba de menos. Un escritor étnico (como se llama en Canadá a los autores no ingleses o quebecois), conocido por su audacia, al menos a nivel de su actuación si no en su escritura, comenzó a interpretar Satisfaction, con sincopados movimientos de la pelvis, en medio de un silencio incómodo. Un hombre con una tenida que lo mostraba como perteneciente al mundo académico, mencionó al pasar y haciendo un balance de los poetas (me han dicho que se trataba de un crítico de renombre) que los poemas de Raymond podrían ser perfectamente suscritos por GreenPeace. Fue entonces que el tambaleante Raymond, sintiendo una aguda necesidad de ir al baño, y  pensando también en que le gustaría volver al bar y juntarse con Patrick y olvidarse de las promesas de mantenerse lejos del trago hechas a Pauline, comenzó el discurso o intervención que lo habría de condenar al ostracismo primero, pero que habría de darle más adelante la celebridad casi siniestra por todos conocida.

 

Habiendo estado en Montreal hacia fines de Junio, cuando la comunidad negra local se une a las festividades del Día Nacional organizando un carnaval que, si bien no tan espectacular como el que se celebra en Toronto--el cual, dicho sea de paso, mereció un documental de un conocido cineasta chileno--, es casi impresionante. Patrick Phillmore no pudo sino darse cuenta de que había algunos autos, de hecho muchos autos, estacionados a lo largo del parque La Fontaine, donde el carnaval iba a desarrollar su acto final, a pesar de una torrencial tormenta de verano. En esa ocasión fue cuando me pesqué una fiebre que me duró una semana, esto mencionado para reafirmar mi calidad de testigo del evento que, en mi opinión, es marcadamente inferior a la Fiesta del Dragón que la comunidad china celebra en Ottawa casi a comienzos del otoño, pero ese es otro asunto. En vez de agruparse alrededor del escenario, donde tocarían diferentes conjuntos, los negros, en pequeños grupos, seguramente compuestos de familiares y amigos, se quedan alrededor de sus autos, prenden la radio o ponen casetes, de acuerdo a las posibilidades y gusto de cada uno, sacan tragos y parecen no darse cuenta del resto del mundo. Pasó que le hice un comentario a mi mujer, para entonces mojada hasta los huesos, hambrienta, y decidiendo entre un restorán griego y uno mexicano. Como vivo en Montreal, y al borde del gay quarter, yo mismo he visto a los homosexuales paseando sus perros a lo largo de la Rue Cherrier en los atardeceres de verano. Y siempre me pareció que allí había algo más que lo que aparece a simple vista, una especie de simbolismo. Quizás si no hubiera tenido televisión o Internet y hubiera estado menos preocupado de mis fuentes de ingreso, que parece que le preocupan demasiado a la gente corriente como yo, podría haberle dado más importancia a esos sucesos. Pero yo no soy un artista y no hago más que comentarios al pasar, y a mi mujer, desde el momento en que no tengo esa responsabilidad hacia el resto de la humanidad que los artistas tienen o dicen tener. He sido testigo (sufrido la verdad sea dicha) el desarrollo de esos pequeños ensayos de Patrick que arrojan luz sobre una parte activa y presente de nuestra identidad nacional, en tanto que sociedad multicultural y multifacética (en Estados Unidos a esa gente la habrían confinado en ghettos), desde el momento en que fui amigo, y todavía soy, del mismo Patrick, a pesar de que lo noto un poco distante en estos días, ocupado como está con las reglas y estatutos, e incluso, como he oído decir, con los trámites relativos a la incorporación del partido Solución Definitiva del Canadá (Existe una rama, aún no oficial, en la mayoría de los países europeos, y por supuesto en los Estados Unidos, donde es una moda).

 

Conocí también, a traves de Patrick, a Raymond, que no se siente de humor como para contestar mis cartas ni responder mis llamadas. Me doy cuenta que ahora, cuando la casi universal animosidad se ha aquietado, y luego de los sucesos del Brasil, él esta comenzando a gozar de cierta popularidad, que espero no sea pasajera. Recibí yo también hace tiempo atrás el comunicado antes mencionado de la Hermandad Rosacruz, a pesar de estar muy lejos de ser una figura de las artes o de los medios de comunicación, y alguna gente que conozco lo recibió también.

Ciertos nacionalistas fanáticos proclaman que las ideas básicas, como aparecieron en el comunicado, fueron parte en realidad de una broma intencional e inofensiva de Patrick Phillmore, que no se preocuparía de estos asuntos de un modo más serio, a pesar de sus implicaciones para la humanidad y el mundo como lo conocemos, lo que es característico de su manera de ser. Hay un cantante folclórico del valle de Ottawa que incluso hizo una canción con este tema. Raymond no es un canadiense pure laine, de pura lana, como se dice en el Quebec con referencia a los orígenes de cierto grupo de los habitantes. Sus origenes étnicos son oscuros. Pero es usual que gente que llega aquí en su temprana juventud, y quizás sujeta a circunstancias extremas en sus países de origen, prefieran el bendito olvido. Que él vino, o sus padres, de tierras lejanas, puede notarlo fácilmente cualquiera que se dé la molestia de fijarse en su acento. Pero para la mayoría de la gente es sensacional tener un genio canadiense, y no va a estarse fijando en estos detalles. (opinion que no compartiría. El genio es producto de su circunstancia en un noventa por ciento).         

 

El que yo esté dispuesto a compartir este testimonio con mis compatriotas revela una gran benevolencia de mi parte, ya que creo honestamente que no se me ha dado el lugar que merezco en este ambiente cultural. Repito nuevamente que lo que estoy escribiendo para vuestra revista es verdadero y que estuve muy cerca de los protagonistas de estos acontecimientos (que repito pueden cambiar nuestra visión de mundo y asegurar el futuro de nuestros descendientes, pero a cambio de un precio que no creo estemos dispuestos a pagar). La casualidad es la regla del cambio. La concepción que hasta ayer era la más rechazada y errónea se convierte hoy en día en la ley de los tiempos. Esto había estado flotando en la atmósfera, y quizás ahora los tiempos están maduros. Cualquiera podría haber prestado atención al comunicado, cualquier niña haciendo investigación para una revista. El funcionario que edita los cables en cualquier agencia noticiosa. Quizás Raymond tenía el tiempo de contemplar, de interrogarse, ya que hasta donde yo sé, nunca tuvo que cumplir obligaciones en una oficina, o una universidad, en cualquier caso, podría haber sido yo mismo, o usted, el que está leyendo estas páginas. Cumplí con este pedido, en los términos en que me fue formulado. A través de las citas que siguen (alguna quizás aburrida, pero he preferido atenerme a la letra e incluso al estilo original), creo que el lector encontrará una síntesis acertada de lo que me parece son los puntos principales y los orígenes de lo que ha dado en llamarse hoy en día La Solución Definitiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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