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Catastro : Prosa Junio 20, 2012


Los herederos
Jorge Etcheverry

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Then, last year, Cargill had come to him and exposed the existence of a small group of supermen—the inheritors

Inheritors of Earth, Gordon Eklund y Paul Anderson. A JOVE /HBJ BOOK, 1979, NY

"Dada la aceleración mutacional genética del primate humano, digamos en los últimos 200.000 años, nada nos impide pensar que quizás una mutación humana más adaptada a estos cambios ambientales que nosotros mismos hemos creado esté empezando a gestarse entre nosotros".

Evolución o simplemente cambio. Notas pesimistas de un materialista ex darwiniano, Edgardo Sapiaín. Colección Ensayos.Cuadernos de Bitácora. Baires, 2003

I

Cuando se sentía más solo que de costumbre, o cuando le estaba yendo más o menos mal, le bajaba un sentimiento de opresión, no se sentía muy a gusto en el departamento. Entonces salía a vagar, hiciera calor o frío, o bajo la lluvia, a la que muchos ya no se exponían por la acidez. Entró a un café con el diario doblado bajo el brazo. Otra vez estaba como hacía dos años¿o eran tres?. Buscando en la sección de empleos del periódico, yendo a cualquier café Internet a bucear por la rara perla de un trabajo en el enrarecido y polifacético mar virtual. Abrió el diario y comenzó a sorber su café parsimoniosamente, recorriendo con abulia las secciones, demorándose en las noticias, dilatando el momento de tener que levantarse para ir a la Biblioteca Nacional para ver el Internet gratis. Ya casi no se anunciaba nada en el diario. La mayoría de los periódicos eran subvencionados y leerlos era más bien asunto de estilo de vida, para viejos o snobs. Un signo de cultura y sofisticación. Todo se hacía en la red. Las noticias de los diarios eran resúmenes, perdidos entre fotos y con letra grande, con un URL para los que quisieran informarse en serio. La única buena noticia era que sus achaques le estaban dando una tregua, desde la implacable próstata, pasando por los senos frontales acumuladores de pus y las encías que siempre amenazaban piorrea. Los especialistas un poco asombrados y quizá un poco molestos le decían que, contra sus predicciones, ya no iba a ser necesaria esta operación o aquella terapia, que en todo caso siguiera tomando esto y lo otro, y sobre todo que se siguiera cuidando. Él sabía que no representaba su edad y que se veía bien de lejos. Se sentía casi igual que cuando era joven. Pero esos eran premios de consuelo. Antes le importaba lo que estaba pasando en el momento. Ahora se preocupaba de lo que le podía pasar en unos cuantos meses.

Antes en el primer plano estaba el vivir físico, el cuerpo que casi ni se sentía de puro ágil y energético, la resistencia, y porqué no decirlo, el deseo sexual, el alcohol, la buena mesa, las hazañas adrenalínicas en el trabajo, los viajes baratos y sufridos, llenos de experiencias físicas e intelectuales, las mujeres fácilmente conquistadas con que compartía su vida por períodos largos o cortos, las aficiones o afiliaciones que lo hacían partícipe de grupos diversos por algún tiempo, hasta que volvía a derrumbarse todo, como un castillo de naipes o de arena, o una figura hecha con dominós como ésas que hacen los chinos y que uno ve por televisión cómo se van derrumbando hasta que aparece en su lugar otra totalmente distinta. Entonces se le insinuaba la sensación, o a veces la convicción, que casi sentía en la médula de los huesos, de que había una especie de barrera que lo separaba de toda la gente que conocía. Era como estar en un acuario, mirando hacia fuera. O a lo mejor eran los demás los que nadaban en el acuario y él miraba desde afuera sus lentas y torpes evoluciones. Pero cuando empezaba a ahondar en esa sensación, o a tratar de analizarla, le venía una especie de vértigo, un pavor que lo hacía levantarse del sillón o la cama y correr al teléfono, para llamar a alguien, o se iba a chequear el correo electrónico, a prender la televisión. Cualquier cosa, y la sensación se perdía en los recovecos de algún trabajo nuevo, entre las capas aceitosas de esos cuadros extraños (para los demás) que pintaba de cuando en cuando, se fundía en el olor y el sabor de una nueva conquista.

Su mirada se detuvo en un titular casi perdido muy abajo en la página: "Nuestro sucesor camina entre nosotros", esperando un artículo que ridiculizara algún fenómeno paranormal o una aparición de OVNIS, como en el periódico del domingo, en que había una entrevista bastante sardónica con un ovnólogo que decía que los OVNIS eran viajes de estudio a nuestro tiempo de estudiantes de las universidades del futuro de facultades de historia o antropología, y que así como ahora los jóvenes usaban el internet, en el futuro seleccionaban unas coordenadas que dieran a una época que incluyeran sus planes de estudio. Se trataba de verdaderas ventanas al pasado. Eso eran los OVNI. Pero este otro artículo tenía un tono más serio cuando mencionaba que el doctor Robert Leech de la Universidad de Medicine Hat sostenía que así como el Cro-Magnon había suplantado paulatina o súbitamente (con implicaciones antropofágicas) al Homo Neardhentalensis, él estaba seguro de que una nueva mutación del Homo Sapiens estaba echando los primeros brotes en el árbol genealógico de la humanidad. Incluso se atrevía a señalar algunas de las características potenciales de esta nueva subespecie: si el Cro Magnon se estaba multiplicando hasta agotar el medio ambiente, la nueva mutación se reproduciría menos, compensaría su escasez numérica con longevidad y resistencia, aunque por otro lado era de esperar que en el período inicial este nuevo homínido experimentara una especie de explosión demográfica, como pasa con las nuevas especies o subespecies. El nuevo mutante sería más resistente al SIDA y a los contaminantes atmosféricos, radioactivos, emisiones solares, etc., que producían cánceres y mutaciones letales en todo el mundo. No se descontaba la posibilidad de que en parte esta mutación fuera resultado de factores ambientales, incluyendo los anteriores. La polémica entre la herencia genética y el efecto del medio ambiente en el cambio de las especies era más acerba que nunca. Las mutaciones inducidas en la mosca de la fruta eran casi todas letales, pero algunas producían variedades resistentes a entornos antes mortíferos. Otras características de este mutante serían más difíciles de conjeturar desde una perspectiva humana, la única accesible para nosotros, pero era de suponer que así como el Cro Magnon había exterminado (o ingerido) al Neardhental, y luego había llevado al borde de la extinción a los otros primates, como el chimpancé y el gorila, el Homo Actualis (como el científico denominaba al Homo Sapiens Sapiens), habría de ser por la fuerza de las cosas la víctima del Homo Diferens, nombre de la subespecie por venir. Nunca se había dado el caso de que una subespecie derrotara o neutralizara a otra más avanzada, argumentaba el científico. Hasta ahí llegaba la referencia a las teorías del Profesor Leech. Luego el autor del artículo acotaba que por otro lado la comunidad académica de la región de las praderas era una Caja de Pandora, podía pasar cualquier cosa y mencionaba el nombre de un antropólogo muy controvertido de esa región, fallecido no hacía mucho y que hacía dos décadas había causado escándalo al afirmar la superioridad de los orientales sobre la raza blanca y más aún la negra. El artículo terminaba dirigiendo al lector al sitio Web del doctor Leech y con una nota humorística: no parecía muy atractiva la posibilidad de que el nuevo hombre—si existía— fuera llamado Homo Leech u Homo Medicine Hatiensis, si uno prefería a la ciudad que albergaba a la institución universitaria responsable en último término de las investigaciones de Leech. Se levantó de la mesa, dejó unas monedas de propina y se dirigió ensimismado a la puerta, con su andar rápido. La niña de la caja estudiaba a hurtadillas y un poco intrigada a ese fulano más bien delgado, más bien alto, con cara de persona joven, pero con pelo blanco, que no le dio ni una mirada cuando salió abstraído del local.


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