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Catastro : Prosa Junio 20, 2012


Aterrizaje
Jorge Etcheverry

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¿Quién a hablar con los extraterrestres, llegado el momento?. Ese fue el tema de un artículo en The Citizen, el diario de Ottawa, de la capital de Canadá, que fuera de ser en general un portavoz de la derecha más reaccionaria que se puede encontrar en el mundo angloparlante desarrollado, a veces ofrece cosas de bastante interés—como en este caso—o incluso progresista, en esa peculiar mezcla tan propia de Norteamérica, y que lo hace a uno pensar si esos artículos le pasaron desapercibidos a los editores, o si se incluyen para matizar un poco la imagen pública del diario, ampliando su radio de acción. Bueno. En algún momento y citando a un experto, en ese artículo aparece la pregunta de ¿Quién habalaría por la Tierra si una civilización extraterrestre responde? (a las señales que ahora empezó a emitir el SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence)hacia el espacio sideral. Bueno, este cuentito se dirige un poco a eso.

 

ATERRIZAJE

 

Ya se había anunciado tantas veces que al principio casi nadie creyó lo que estaba pasando, aparte de los observadores de OVNIS,  raelianos, teósofos y otra gente parecida, además de una secta que cree que Cristo está en Venus,.

 

Y para peor en Ottawa. En Estados Unidos, con una enorme y profílica comunidad de escritores y lectores de ciencia ficción, santo y bueno. O incluso en Europa, porque todavía, aunque no lo crean, todo lo que vale la pena pasa en Europa. Pero lo cierto es que el disco aterrizó en Lebreton Flats, unos terrenos baldíos que bordean la ciudad, casi al llegar al río Ottawa. El mismo lugar en que hace más de veinte años levantaron unas ennormes instalaciones prefabricadas cuando vino el Papa. Pero el disco no se posó exactamente en la tierra. Se mantuvo como a cincuenta metros de altura, suspendido en el aire, y se veía brillante, metálico, liso, e incluso elegante. Nadie se le podía acercar ya que había una especie de campo de fuerza que actuaba como barrera invisible. Las personas que pudieron llegar al lugar antes de que lo acordonara la policía, pudieron entrever a unas figuras altas, muy rubias, de piel muy clara que se paseaban debajo del disco en trajes ajustados, color plata. Pero nadie parecía muy sorprendido, ya que más de un siglo de novelas y de películas de ciencia ficción casi nos han convencido de que los visitantes de otro planeta tienen que ser perfectos y puros, y abrigar buenas intenciones, salvo una que otra rareza como La guerra de los mundos de Wells o la película Independence Day.

 

Por unas horas no hubo más señales de actividad del disco. Varios destacados personeros oficiales declararon por televisión que se iban a hacer todos los esfuerzos para establecer comunicación con esos seres. Se probó con banderas blancas, manos abiertas con la palma hacia arriba, señales de comunicación naval y otros medios de comunicación que no se hicieron públicos para no comprometer la seguridad nacional, pero sin resultado. El único grupo al que se permitió pasar la barrera policial fue una Comisión Parlamentaria formada por miembros de los tres partidos políticos principales. Pero no pudieron atravesar una campo de fuerza que producía una parálisis muscular que se hacía total una vez que se alcanzaba un punto a más o menos cincuenta metros de donde paseaban o conversaban en pequeños grupos las figuras de traje metálico. La segunda intentona, esta vez iniciativa de un grupo de representantes de las principales iglesias y denominaciones religiosas del Valle de Ottawa, también falló. No se pudo impedir que las noticias se propagaran entre el público en general, y alguna gente se entregó a las especulaciones más descabelladas e incluso al pánico. Pero pasaron los días y las cosas siguieron igual. Algunos intentaban ignorar todo el asunto. Cuando se encontraban intercambiaban información sobre el clima y temas parecidos, sin mencionar para nada a los extraterrestres, actitud que antes parecía haber tenido éxito antes frente a cualquier evento fuera de lo común. No hubo más declaraciones de alto nivel del gobierno, nada se filtró ni siquiera al periodista problema, que sin pensar en las consecuencias, hace pública la información confidencial que se le escapa casualmente a un alto funcionario. Al cabo de un par de días, a la gente al más alto nivel se le ocurrió hacer lo mismo que el público en general ya había hecho de manera espontánea, es decir mostrar desinterés y distancia. Mientras esos seres continuaban paseándose sosegadamente y conversando en grupos de dos o tres bajo su disco. Sólo grupos de fanáticos siguieron reservando salas en universidades, iglesias y centros comunitarios para sostener reuniones de emergencia y votar resoluciones que inevitablemente acababan pidiendo muy merecidos fondos a fuentes gubernamentales.

 

Las iglesias se desesperaban por establecer contacto y algunos oficiales de alta graduación del ejército estaban empezando a ponerse nerviosos. El Primer Ministro llamó a uno de sus predecesores, famoso en la resolución de situaciones internacionales difíciles, para que tomara cartas en el asunto. Entonces fue que por todos los canales de televisión y sin que se supiera cómo, una mujer de facciones perfectas según los cánones griegos clásicos y voz de seda, informó que la situación que se vivía en esta capital y de la que con seguridad estarían enterados los televidentes, se desarrollaba de manera similar en todas las ciudades importante del mundo, y que ahora se iba a romper el impase, ya que ellos iban a escoger a algunos seres humanos sabios que pasarían a formar parte de una especie de comité de gestión mundial, cuya tarea sería la representarlos a ellos—los visitantes— aquí en la tierra, una medida, no es necesario decirlo, destinada a evitar la destrucción del planeta. Y, agregó, no había arma, tecnología o argumento que pudiera cambiar las cosas. La desilusión de los ciudadanos y autoridades del país de no ser los únicos a quienes les estaba pasando algo extraordinario por lo menos una vez en la historia, se vio pronto disipada entre consultas, recomendaciones y gestiones para decidir quién entraría en contacto con esta gente venida de tan lejos, pero que, y era algo que restableció un poco la calma, era tan parecida a nosotros. Al menos eso afirmaba la mayoría de la gente en los países habitados principalmente por personas que sí, en realidad podían pasar como  reproducciones un poco imperfectas de esos visitantes astrales casi desprovistos de pigmentos.

 

Habiendo aceptado, sin recocerlo claro, que la visita (para evitar referirse a la invasión) se debía a la mala gestión de los asuntos del planeta, tema que tenía bastantes antecedentes en la inagotable literatura de ciencia ficción y no era ajeno a las especulaciones de parte de la opinión pública ilustrada de todos los países, el gobierno se dio cuenta de que ningún funcionario público tendría la oportunidad de cruzar la barrera. Después de cierta conmoción en los ministerios y de un frenético intercambio de llamadas telefónicas, no de mensajes electrónicos, porque el internet ya no es seguro, se decidió esta vez mantener a representantes y miembros del Gobierno en segundo plano, como medida táctica y provisoria por supuesto. Otro grupo representativo, esta vez del sector privado, tampoco puso pasar la barrera. Parecía que no haber manera de darle en el gusto a estas inteligencias del espacio exterior decididas a interferir con la gestión de las cosas aquí abajo, que si bien no es perfecta, no es tan atroz tampoco, si me preguntan mi opinión. La delegación que armaron las dos universidades locales (que incluía a un par de poetas maduros e impecablemente vestidos, bastante conocidos localmente) también falló. Hubo varios intentos misceláneos que la policía, hecha redundante, no intentó detener.

 

Nunca se va a saber con seguridad, pero parece que debido a una confusión administrativa o una idea loca, un grupo grande de organizaciones de la comunidad y de gente curiosa del barrio simplemente conocido como Barrio Chino (con las disculpas del caso), hizo el próximo esfuerzo para llegar al disco. Sin mucho entusiasmo, se acercaron a la barrera invisible y nadie se sorprendió al verlos detenerse uno a uno, como en una película de cámara lenta, hasta que nadie pudo moverse, para luego, como despertando, devolverse y recobrar el control de sus movimientos a medida que se alejaban de ese círculo invisible. Sin embargo, una figura siguió caminando, y una vez que los espectadores digirieron lo que estaba pasando, empezó el murmullo (desde detrás de la barrera policial). El hombre, y que me perdonen las mujeres, pero fue un hombre, ya estaba llegando a donde lo esperaban algunas de las figuras de traje metálico. Era un hindú viejo, bajo y delgado, con turbante, que de pronto se dio vuelta y empezó a caminar en dirección opuesta, hacia los espectadores, sin decir una palabra.

 

Nadie pudo sacar nada de sus labios y su rostro ajado. Los doctores que lo examinaron concluyeron que quizás la impresión había sido demasiado grande, que a lo mejor mostraba signos de senilidad debido a su avanzada edad. Su vieja mente cansada ni siquiera se había adaptado todavía a su nuevo ambiente, ya que había llegado hace poco a Canadá a través del Programa de Reunificación Familiar. De hecho, este viejo vive cerca de mi casa y siempre es muy bueno con mi hija. Si se encuentra con ella cuando viene de vuelta de la escuela, le da uno que otro dulce, o un dólar para que ejercite su libre albedrío con los dulces de la tienda de la esquina. Una vez que hacía calor, pero seco y él estaba bastante lúcido, me contó cómo habían sido las cosas, porque hemos sido vecinos por algún tiempo y me tiene bastante confianza. Me dijo que le había parecido que esa gente vestida color plata era casi igual a los ingleses que mandaban su país cuando era niño, y a los que no parecía tener mucho aprecio, por algunas cosas que no le pude entender bien por el acento, pero que supongo es más o menos lo que muchos le reprochan a gente parecida en todas partes del mundo. Además de que no le gustaba esa ropa lisa, plateada, demasiado metal, muy mecánico el aspecto aerodinámico y brillante de todo el asunto, el disco y todo eso. El inglés no es mi primera lengua tampoco, pero eso era esencialmente lo que me dijo. Me dijo también que nunca iba a los centros comerciales y que casi no salía nunca del barrio. En lo que respecta al disco volador, ahora es parte integral de la ciudad. Si pone un poco de atención, usted podrá cómo las luces de los edificios se reflejan en su barriga por la noche, sobre todo en el verano. La vida sigue su curso y el gobierno aquí todavía existe, es una especie de cuerpo administrativo. En el resto del mundo las cosas también siguen más o menos lo mismo, parece.

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