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Poesía
Viriato
Jorge Etcheverry

Negro el negro de la noche

Rojo el rojo de la sangre

Como la amapola que lleva en el pecho Miguel Enríquez

 

Que esa tarde revisa documentos

o simplemente descansa en el segundo piso de una casa en el barrio San Miguel

 

Y de repente la calle comienza a llenarse de tipos vestidos de civil, que tratan de adoptar un aire descuidado. --Carmen prepara café. Se duerme poco en esos días--. Y es entonces que se sienten los primeros balazos y las puertas y ventanas en el barrio comienzan a cerrarse.

 

Suenan las campanas de San Francisco a  lo lejos. Zumban los helicópteros. Las familias se estremecen como la llama titilante de una vela. Las calles se llenan de refuerzos militares venidos de todas partes de Santiago. Su consigna: “Que no se nos arranquen de nuevo, los miristas”.

 

--A lo lejos sentimos los disparos. Vimos pasar muchas ambulancias--. Yo no sé

 

Todos lo sabemos: unos pudieron escapar: alguien abrió puertas, ayudó a saltar muros, proporcionó vendas y comida. Alguien señaló a los esbirros la dirección contraria.

 

Miguel grita su último grito de combate. Protege el repliegue con su cuerpo. Cae, dice “ahora estoy jodido”.  Y se incorpora a la cadena sin fin de nuestros muertos, formando un eslabón de sangre y hierro.

 

Desde ahí ha de volver a los panfletos

y carteles

y al corazón y los labios de hombres

y mujeres

 

Que se debaten en el Tercer Mundo

en este siglo de la Gran Revolución.