Negro el negro de la noche
Rojo el rojo de la sangre
Como la amapola que lleva en el pecho Miguel Enríquez
Que esa tarde revisa documentos
o simplemente descansa en el segundo piso de una casa en el barrio San Miguel
Y de repente la calle comienza a llenarse de tipos vestidos de civil, que tratan de adoptar un aire descuidado. --Carmen prepara café. Se duerme poco en esos días--. Y es entonces que se sienten los primeros balazos y las puertas y ventanas en el barrio comienzan a cerrarse.
Suenan las campanas de San Francisco a lo lejos. Zumban los helicópteros. Las familias se estremecen como la llama titilante de una vela. Las calles se llenan de refuerzos militares venidos de todas partes de Santiago. Su consigna: “Que no se nos arranquen de nuevo, los miristas”.
--A lo lejos sentimos los disparos. Vimos pasar muchas ambulancias--. Yo no sé
Todos lo sabemos: unos pudieron escapar: alguien abrió puertas, ayudó a saltar muros, proporcionó vendas y comida. Alguien señaló a los esbirros la dirección contraria.
Miguel grita su último grito de combate. Protege el repliegue con su cuerpo. Cae, dice “ahora estoy jodido”. Y se incorpora a la cadena sin fin de nuestros muertos, formando un eslabón de sangre y hierro.
Desde ahí ha de volver a los panfletos
y carteles
y al corazón y los labios de hombres
y mujeres
Que se debaten en el Tercer Mundo
en este siglo de la Gran Revolución.