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Catastro : Notas Septiembre 28, 2013


Prólogo a "Literatura Chilena en Canadá" (Canadá, 1982)
Naín Nómez

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PRÓLOGO

 

Si en toda sociedad, la cultura es más que sus productos cultura­les concretos aquello que está constantemente por hacerse, en Cana­dá esto es quizás más verdadero aún. Una nación así como una Cul­tura nacional se constituye a partir de la unidad de lo diverso, de la suma coexistente de sus contradicciones y encuentros. Lo contrario sería una cultura sintética e integradora que no es otra cosa que una empresa colonial donde las mayorías no tienen expresión. Como todo proceso social, por lo tanto, la cultura es un fenómeno plural, proyecto continuamente presente de encuentro y diálogo con los diversos grupos culturales que coexisten en un país. Así es como una real cultura nacional no puede ser sino la organización de las capaci­dades para convivir en una sociedad pluricultural, diversificada, en la que cada grupo portador de una cultura histórica puede desarrollarse al máximo dialogando con las otras. Esto a la vez significa un esfuer­zo por devolver y ampliar el control que cada comunidad debe ejer­cer en el ámbito de su propia cultura.

Este preámbulo quiere justificar la necesidad de la existencia y la reproducción constante de los productos culturales de aquellos grupos étnicos que han llegado más tardíamente a formar parte del mosaico social que es Canadá. Factor importante en esta necesidad es también el hecho de que la comunidad canadiense redescubra día a día que las diferencias que existen entre los habitantes de las prade­ras, de las marítimas, de los territorios del norte, de las tierras de habla francesa o de habla inglesa y los nuevos inmigrantes de todas las latitudes, que esas diferencias -repito- es lo que marca la riqueza actual y potencial del país en el terreno cultural. Que en la falta de homogeneidad artística reside un capital civilizatorio cuya articula­ción es tanto o más importante que la económica o tecnológica. Que la sobrevivencia de escritores, pintores, conjuntos de teatro, cineas­tas, cantantes populares, orquestas y museos, es la sobrevivencia del tercer pulmón de la sociedad canadiense, aquel menos visible, pero el único capaz de permitir que el país se reconozca a sí mismo como colectividad y como convivencia de diferentes voces. Y que eso es vital para tener una identidad frente a la industria cultural que invade todos los poros sociales y convierte a un país en una gran sociedad anónima.

De ahí se deduce la importancia de que el trabajo de los grupos étnicos culturales que han emigrado a Canadá, sea diseminado y con­frontado 'entre' y 'con' las otras expresiones culturales del país. Cultura nacional viene siendo desde este punto de vista el enriqueci­miento de cada grupo y de la totalidad por la coexistencia plural. En este contexto, es que una emigración masiva reciente de chilenos, ha permitido llegar a Canadá un sinnúmero de intelectuales y artistas que después de un periodo de reacomodamiento desigual han empe­zado a producir trabajos artísticos en este nuevo espacio geográfico. Entre ellos, fundamentalmente una generación de escritores jóvenes escribe sus primeros libros bajo la influencia del cambio y de sus actuales condiciones de vida.

La muestra literaria que aquí presentamos cumple con el objeti­vo de mostrar las diversas formas, estilos y temáticas que conforman la escritura de estos chilenos que hoy viven en Canadá. Venidos de una tradición donde la creación es parte de la vida cotidiana y donde escribir más que un oficio es un modo de existir, estos escritores ofrecen un panorama multifacético, desigual y por supuesto, no ex­haustivo del aporte con que otra cultura puede contribuir a la cultura canadiense anterior, Muchos de ellos fueron obligados a exiliarse mientras otros se autoexiliaron después de 1973 (con la sola excep­ción de Ludwig Zeller, quien llegó a Canadá en 1970). Por esta misma razón, más que una antología, este libro quiere ser una señal de producciones en diverso estado de desarrollo, que muestre la pro­blemática del artista escindido culturalmente y obligado a reconstruir su mundo con los fragmentos de la memoria y la experiencia coti­diana.

 

Sin embargo, no se espere de estos escritores una identidad con la nueva circunstancia histórica ni un acercamiento a la producción literaria canadiense, Ellos se inscriben en una tradición literaria que durante el presente siglo ha pugnado por separarse de su fuente euro­pea (especialmente francesa) y que ha luchado por conquistar un espacio propio donde el mundo telúrico americano, las relaciones interpersonales, las luchas sociales de liberación y la reconquista de un lenguaje no colonizado son los rasgos relevantes. A ello se agrega el reconocimiento de un descentramiento fundamental, estrecha­mente articulado con los niveles sociopolíticos de los países del con­tinente latinoamericano, )' en este caso específico de Chile, Este des­centramiento, en ruptura con el arte dominante de la Europa Occi­dental, parte de la evolución de la conciencia independentista latino­americana y se arraiga en la poesía chilena con la vanguardia de comienzos de siglo a la que pertenecen Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro , así como la corriente surrealista chilena que tiene su núcleo central en el grupo Mandrágora en cuyas cercanías opera la poesía de Ludwig Zeller. En la narrativa latinoamericana ocurre una ruptura similar aunque un poco más tar dia (desde los años 40). y en Chile si bien menos rica que la de otros países (piénsese en Rulfo. Cortázar, Miguel Angel Asturias o García Márquez), ha surgido también una producción innovadora. Esta pro­funda identidad de la literatura chilena con su lenguaje y su contexto hace que cualquier desarraigo madure como un lento proceso de rechazos y asimilaciones entre culturas.

 

Es el caso de los escritores chilenos en Canadá. Acostumbrados a un público natural, a una lengua que tiene sus propios giros y formas comunicativas, a un mundo de significaciones históricamente condicionado y a claves culturales reconocibles fácilmente, se han visto obligados a buscar un punto de encuentro entre el pasado y el presente tanto en su creación como en su vida cotidiana. La mayoría de estos escritores, sigue escribiendo prioritariamente en su lengua materna, el español. Muchos han mantenido por varios años como tema central de su obra las experiencias del desarraigo, de la frustra­ción, de la separación cultural, del desencanto y la soledad, de las diferencias entre el 'allá' y el ·acá'. El tema de la dictadura y la repre­sión ha sido una experiencia traumática y un alimento obsesivo para la producción literaria de los escritores trasplantados. Por otro lado, en la mayoría de ellos se trasluce el pesimismo propio de una 'gene­ración perdida', puesta entreparéntesis en el cauce de su historia nacional. A estos elementos, se agrega el intento global de los exilia­dos por preservar y continuar desarrollando su cultura original, que se afirma en instituciones, organizaciones, grupos y actividades de la comunidad chilena, tanto en Canadá como en otros países del mundo. Intento obviamente saludable, pero de éxito parcial.

 

Sin embargo, poco a poco, el mundo cotidiano canadiense así como el confrontamiento con la nueva cultura, empiezan a aparecer como parte integrante de la visión de mundo de narradores y poetas. Rasgos esenciales de la ciudad, del trabajo, de la familia, del clima, de las relaciones personales, del mundo intelectual, de la técnica, del desfase material, de la comunicación y otros, se recelan a la mirada de estos emigrados de una manera peculiar. Todo ello, conservando las técnicas y estructuras adquiridas en el contacto pasado con la cultura continental. Entonces una doble tarea se impone: la de man­tener los vínculos con la lengua y la cultura natal y la de asimilar Canadá con su cultura. Los resultados son tan dispares como la naturaleza de esta muestra, a la que sin embargo une una línea común, el carácter de crisis continua que tienen los elementos literarios y las visiones personales de los escritores. El trabajo que tienen por delante no es fácil y la adaptación de su escritura des­centrada a las claves culturales canadienses (también con sus pro­blemas de sobrevivencia) y sin perder las propias, forma parte deun futuro aún indescifrable. El único objetivo de esta selección, que no es completa ni exhaustiva, consiste en dejar constancia de la tarea que recién se inicia.

Pese a las diferencias de estilo y de niveles, un lector exógeno apreciará sin duda, algunas similitudes. A las problemáticas a que hemos aludido antes, se agregan estructuras formales ya experimen­tadas en la poesía y la narrativa hispanoamericana que quieren reformularse en cauces nuevos. Junto a ello, se desarrollan significaciones comunes que expresan el entrañamiento social e individual. la nece­sidad de sobrepasar la catástrofe a través de la mediación del lengua­je, una visión de la cultura como parte de la totalidad social y una capacidad de sobrevivencia que dinamiza el reencuentro de estos escritores con el mundo. Entremedio se separan, por el modo distinto que tiene cada uno de asumir su nueva vivienda geográfica y vital: cortando sus raíces, negándola, asumiéndola total o parcialmente. Entre los problemas surge además el de la reconquista de un público: ¿se escribe para los países de habla hispana, para el público hispano en Canadá o para el canadiense de habla inglesa o francesa? Sin público natural la labor de estos escritores es doblemente fatigosa. Agréguense las dificultades que los mismos escritores canadienses encuentran en su contexto: no es raro que todos estos escritores chilenos, después de moverse por diversas provincias del Canadá, hayan venido finalmente a pernoctar a Ontario y Quebec. Es que las condiciones del trabajo intelectual también son desiguales en el mosaico de este país.

 

Los chilenos antologados aquí forman casi una generación, con la excepción de Zeller.  Perteneciente a un grupo anterior y con afi­nidades evidentes con los surrealistas chilenos que surgen a fines de los años 30 en Chile, Ludwig Zeller ha sido siempre un creador secreto y solitario. El surrealismo chileno constituyó junto con México y Argentina la base de un intenso movimiento heredero de su epígono francés y vitalizado por la tradición de poetas chilenos cercanos. Huidobro, De Rokha, el Neruda de Residencias. Contri­buyen a la creación de la revista Mandrágora en 1938 los poetas Braulio Arenas, Teófilo Cid y Gómez Correa. Zeller, no vinculado directamente al movimiento, fue parte de su periferia en la que rondaron creadores como Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casa­nueva, Gustavo Osario y Gonzalo Rojas, cuyas voces distintas bus­caron otros rumbos.

 

Ludwig Zeller casado con Susana Wald, artista visual de calidad, ha publicado cerca de una decena de libros de poemas y sus collages han sido exhibidos en casi todo el mundo, obteniendo premios en Canadá y en el extranjero. Desde sus actividades culturales y publica­ciones en 'La Casa de la Luna' en Chile por los 60 hasta su actual editorial 'Oasis', el entusiasmo y la labor difusora le resultan tan im­prescindible como respirar. Sin embargo, como poeta es casi descono­cido en su tierra .Y apenas divulgado más allá de ella. Esto se debe a que la creación ligada al Surrealismo permaneció fuera de las tenden­cias épicas o prosaicas que constituyeron las grandes líneas significa­ntes de la actual poesía chilena y al hecho de que se difundió poco por Latinoamérica por su condición hermética. Fenómeno que tuvo su influencia también en la labor de Zeller y su poca propagación. Sin embargo, su mundo, como señala José M. Oviedo, 'inconfundible y maravillosamente aterrador ... crea una imaginación en estado salvaje, que todavía vaga por el desierto, brutal y ansioso como el hombre primitivo, soñando pesadillas de horror helado y ritual, copulando con mujeres que son peces que son monstruos que son vísceras abiertas'. Como en "Insomnio con escamas' donde dice: 'Un pez cruza mi sueño cada noche/ Y abre un túnel de incienso en las al­mohadas./ Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire/ Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean./ De una pared a otra siento temblar sus hojas cristalinas '. Este estado de embriaguez cer­cano al sueño que pulula en sus textos es parte de un proceso de tensión permanente que busca fijar la totalidad histórica: materia - espíritu, naturaleza - sociedad, amor - odio, individuo - humanidad. Su poesía única e incontinuada, más allá de la furia de las imágenes es un llamado a interpretar al ser como una unidad en que las fuerzas iluminadas y las obscuras luchan constantemente. De esta lucha .Y de sus victorias reales e ilusorias dan testimonio sus poemas.

 

Un poco afuera de la tradición simbolista y onírica, pero con evidentes influencias de esta corriente en Chile y Europa, surgió el grupo de jóvenes de la 'Escuela de Santiago' a fines de los sesenta. De los cuatro integrantes, tres viven ahora en Canadá: Jorge Etche­verry, Erik Martínez y Naín Nómez. Esta corriente fue marginal dentro de la temática y estilística que conformó su generación -  caracterizada por la ruptura parcial con la pesada tradición neru­diana y el incorporamiento a la poesía prosaica, irónica y breve que marcó Nicanor Parra. En cambio la 'Escuela de Santiago' se alimen­tó del surrealismo francés y chileno y de robustos solitarios: Pablo de Rokha, Díaz Casanueua, Rosamel del Valle, Gonzalo Rojas (en Chile) así como Samuel Beckett, T'S. Eliot, Saint John Perse, Edgar Allan Poe, Ezra Pound, Whitman, Ginsberg, Vallejo, Paz, Cardenal (afuera). Con distintas líneas, conforman una poesía que oscila entre oscuras resonancias metafísicas enraizada en el versículo bíblico y una relación telúrica y de compromiso con América. En Erik Martínez, los espacios visuales y la lentitud de las imágenes reciben directa influencia del cine y del simbolismo francés (por ejemplo: 'yo me acerqué a ella mientras unas estrellas caían del cielo./ Grandes discos redondos de cobre derretido rodaban desde el cielo' en 'Tequila Sunrise’). En Etcheverry, coexiste el ojo foto­gráfico que selecciona realidades relevantes como en su poema 'Ethnical Blues'. 'El hombre de tez oscura, sentado en el bus/ deja pasar los edificios rodeados de jardines/ solo/ mirando por la ven­tanilla', junto a una actitud ecuménica de la historia que articula mito y realidad: 'Estarnos en medio de los sueños. Hemos de re­montar el vuelo/ Como un adolescente moreno que come agrias sandías,/ al amanecer, en una caleta de pescadores.' (Flor Central'). En sus cuentos, el estilo directo es más evidente a través de un narrador que cuenta y que busca el equilibrio con el mundo por medio de una narración distanciada en tercera persona, En cuanto a mi última poesía, creo que fluctúa entre el distanciamiento del mito­crónica que congela la historia y un deseo de estar en las personas y las cosas y palparlas interiormente, con lo que se muestra el desfase entre la realidad social y las aspiraciones de la conciencia. Tal es el contexto de 'Después de un largo viaje, me pregunto ... / Si lo que queda servirá para ir agrandando esta cita ... si lo que queda de nosotros bastará/ para cargar en las espaldas esta Cifra enorme de porvenir / que nos espera/ como después de un largo viaje.' Funda­mental fue para la 'Escuela' no sólo enfrentar el problema de la reali­dad expresada en el texto; sino también el cómo, la manera en que el texto es ordenado, así como su atmósfera global.

 

Gonzalo Millán, cuyo primer libro Relación Personal fue publi­cado en 1968, ha trabajado en el centro de la técnica de su genera­ción. Metido en el oficio de una poesía afilada y sintética y uno de los fundadores del grupo 'Trílce' de Concepción, Millán ha seguido recreando el material poético con una continua perspectiva de cam­bio, Su último libro La ciudad es un ejercicio continuo del lenguaje en perpetua reproducción, traducido en un poema-libro singular que se extiende por 68 fragmentos. En él las relaciones primarias entre nombres y verbos enfrían el lenguaje de tal modo, que el realismo descarnado con que se nos presenta la ciudad hace de ella también una metáfora. Así en el fragmento 30, el impersonalismo de la acción en tercera persona plural se extiende por cuatro páginas y termina reiterando la destrucción final. 'Desolaron el país/ Desperdiciaron el tiempo/ Desvariaron a diario/ Desalaron el mar/ Desanduvieron el camino./ Destruyeron la ciudad, ' De otro lado, en sus poemas cortos, la anécdota mínima se convierte en una metáfora de la vida cotidia­na: 'La muerte canadiense/ se desliza hacia mí/ rauda sobre el hielo/ corno un jugador de hockey/ esgrimiendo/ su guadaña de palo./Yo no sé ni patinar, / yo juego fútbol, le digo' ('Hockey') Millán también hace poesía visual o poesía plástica, por lo que los propios descubri­mientos de la mirada se transparentan en su poesía.

 

Cercana a la poesía de Millán está la de Manuel Aranguiz, que intenta recoger la anécdota a través de una metáfora o una imagen que se ensancha en pocos versos, como cuando dice: 'En ti pienso/ y ya es olvido/ necesaria muerte' o a veces por medio de un lenguaje más coloquial: 'se puso a llorar/ y me echó/ de lo que ella llama casa'. Una línea diferente representan los poemas de Claudio Durán centrados en un yo cuya nostalgia del pasado onírico establece dis­tancias con un presente casi inexistente. Su poesía es como un lente fotostático que vuelve a eternizar la historia (de la infancia): 'Tengo la misma edad de siempre', ‘Ah, el mar de ese entonces', 'Una se quedó mirando el mar por las ventanas’.

Estos poetas que forman una gama múltiple, tienen en común el escaso apego a las formas métricas de la poesía tradicional. La mayor parte de ellos escribe en verso libre o en versículo y cuando se toma por excepción la forma de un ritmo clásico, esto se hace fuera del rimado.

 

En cuanto a los cuentistas, la muestra refleja distintos grados de desarrollo de las técnicas literarias, pero una cierta comunidad temá­tica: denuncia y reinterpretación de la historia como crónica de sucesos, visión crítica del mundo y (en algunos) intento de asumir la realidad canadiense. El paso del allá al acá no siempre es fácil y la ri­queza vivencial del pasado sobrepasa con su obsesiva carga los inten­tos de volcarse más hacia las experiencias del presente. Esta experien­cia ha sido primordial en la creación de José Leandro Urbina, autor del libro de relatos Las malas juntas (1977) con el que se dió a cono­cer como el más importante de los jóvenes narradores chilenos. Sin embargo, el estilo y la temática de este libro fueron abandonados por su autor en los relatos posteriores (la mayoría inéditos), por conside­rarlos demasiado esquemáticos y con un objetivo de denuncia casi inmediata. Los relatos centrados en los sucesos del golpe militar chileno de 1973 y trazados con una técnica directa, continuaban en la ficción el trabajo testimonial. Como en este breve relato:

 

Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza ...

- ¿ Dónde está tu padre? - preguntó.

- Está en el cielo - susurró él.

- ¿ Cómo? ¿ Ha muerto? - preguntó asombrado el capitán.

- No - dijo el niño. - Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.

El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

('Padre nuestro que estás en los cielos')

 

Posteriormente Urbina ha continuado desarrollando un sistema de relaciones al interior de la significación de la tortura, la represión y las motivaciones humanas del poder: elementos cotidianos en la vida de los países latinoamericanos. Sin embargo, su producción se ha perfeccionado en el ahondamiento de las situaciones y los espacios, así como en la caracterización de personajes. De su obra posterior, recogemos aquí dos fragmentos de la novela inédita El pasajero del aire que se desarrolla fundamentalmente en Argentina y que tiene como núcleo problemático el desarraigo de los exiliados y las moti­vaciones de sus conductas.

 

Jorge Etcheverry también reitera la obsesión personal por un mundo enrarecido por la sospecha, la represión y la degradación en los tres cuentos cortos que aquí aparecen. Sus narradores son seres aprisionados en un mundo en que la única salida parece ser la desaparición y la indiferencia. Lo mismo ocurre con los cuentos de Juan Carlos García, aunque su lenguaje más lineal y su narrador en primera persona produce el doble efecto de acercar a los personajes y alejar el espacio hacia un ámbito casi mítico. Este es el caso del cuento 'Inundación' donde la desmesura de los hechos adquiere evidente significado simbólico y el fenómeno se hace paradigma social. En cambio en el relato 'Allá', construido con alternancias espaciales expresa ya la conciencia del cambio y las referencias al otro país. La obra de García, es por eso mismo, una obra en proceso de trans­formación. En otro tono, Carlos Pastén y Manuel Jofré prosiguen esta problemática. Pasten con un relato casi testimonial ('Ley de fuga') en que opera como testigo y crítico de un sistema represivo, desarrolla un relato lineal cuyo mayor efecto reside en la motiva­ción. Manuel Jofré usa la visión testimonial para recrear un momento de la adolescencia en el relato 'Cementerio'. Más que una anécdota, lo que hace el narrador en primera persona es ensanchar una etapa de su vida a través de la animación de un espacio (Cementerio) donde se despliega la vida del pueblo, en una línea detallista iniciada en España por la llamada Generación del 98. Por último, Ramón Sepúl­veda, un joven narrador que inicia su producción literaria en Canadá, expresa cabalmente ese espacio dual donde se mueve esta literatura. El cuento '¿Qué dijo?' en primera persona describe la atracción por un muchacho por su tía, tamizada por los acontecimientos políticos de 1973 en Chile. En cambio en 'Zapatos de gamuza gris' la anécdota tipifica el problema del trasplante migratorio, por medio de las experiencias de un joven chileno en busca de compañía y amor en un bar de Hull, En ambos cuentos, la técnica del flujo de conciencia ayuda a visualizar motivos y contextos.

 

Algunos alcances finales. Muchos de estos escritores que recién iniciaban su producción literaria en Chile, trabajaban como profeso­res de literatura, de filosofía o en terrenos cercanos a las Ciencias So­ciales. Todos ellos perdieron sus espacios naturales de ejercicio peda­gógico y han tenido que acogerse a las vicisitudes y exigencias del mercado ocupacional canadiense, a veces en trabajos diametralmente opuestos. Esto, naturalmente, influye en su modo de asumir la repre­sentación artística del mundo. En cuanto al hecho de que no aparez­ca ninguna mujer en esta muestra, ello no obedece a ningún propósi­to preconcebido, sino a mera circunstancia del azar que no puso nin­guna escritora a nuestro alcance.

 

Quiero terminar agradeciendo a todos los que cooperaron con este libro, que como se podrá apreciar es fruto de un colectivo, Por lo que respecta a sus parcialidades y errores debe culparse exclusiva­mente al Editor.

 

Naín Nómez

Toronto, 1982


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