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Catastro : Notas Enero 16, 2013


Identidad, globalidad y escritores aleatorios
Jorge Etcheverry

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Uno de los rasgos, quizás el más importante, que caracterizó al período llamado modernismo, se afirme o no su ruptura con el postmodernismo, es la problemática de la identidad, que se resuelve en la permanencia del yo, la subjetividad, la identidad, en términos de una conciencia cartesiana. Incluso en sus manifestaciones más tardías y extremas, como por ejemplo la trilogía de novelas de Samuel Beckett, Molloy, Malone muere y El innombrable, el yo se va despojando gradualmente de sus atributos físicos y sicológicos hasta quedar reducido a una conciencia irreductible, monádica, esencial e identitaria. Así, en esta concepción ‘occidental’, que en definitiva culmina un proceso iniciado por lo menos con la Edad Moderna, la identidad puede ser problemática, pero no está en entredicho. Existe un sustrato identitatrio, monádico, cogitante, subjetivo y permanente.

La identidad en el mundo no occidental, que nunca fue plenamente ‘moderno’ni siquiera en el continente colonial o ex o neo colonial más moderno (o únicamente moderno): América Latina, siempre ha sido precaria. La subjetividad y la identidad ‘occidentales’ son producto del desarrollo de la modernidad, del capitalismo que se desarrolla con la edad moderna en Europa, y un atributo de la clase burguesa emergente. Las colonias y para colonias a que se impuso la concepción del mundo occidental hacen surgir manifestaciones ideológicas y culturales híbridas, reflejas o similares a las de la metrópolis, pero en cuya estructura y contenidos se dejan entrever otras concepciones implícitas o a medias expresadas, por ejemplo del yo y de la identidad, la que pueden aparecer como en ‘emergencia’ en el doble sentido de la palabra, de brote y precariedad.

Sobre todo en el siglo pasado, el avance del capitalismo, que significa entre otras cosas la homogeneización de los modos de vida, hace que en la metrópolis occidental se acentúe la alienación, que si bien no alcanza a eliminar la identidad moderna subyacente, la convierte en problemática. En la alienación uno se saldría de sí mismo, se enajenaría, pero hay un sustrato identitario previo al proceso, que así ya es personal y no don divino espiritual que nace con la fe, por ejemplo. La urbe occidental produce al hombre unidimensional, pero se trataría de un proceso de ‘alienación’ de una identidad ya preexistente. En todo caso, esta precariedad de la identidad se viene a acentuar con esa otra ampliación y profundización de los rasgos y dicotomías del capitalismo imperialista que se ha dado en llamar ‘globalización’y cuya expansión inexorable y homogeneizadora, también urbanizadora, desata, por ejemplo, la resistencia ciega de modos de vida y creencias religiosas premodernas que se manifiesta en los movimientos y proyectos institucionales integristas religiosos .

En las metrópolis sujetas a la dinámica de la aceleración de la producción y el consumo, se produce una suerte de facilitación de las relaciones interpersonales y de las personas con las instituciones, para abreviar el intercambio de información entre los agentes y en lo ideal limitarlo a la practicalidad productiva y comercial. Muchos de los matices y fórmulas de intercambio interpersonal en sociedades más ‘tradicionales’, estáticas y estables, menos dinámicas y productivas, se ven simplificados o eliminados por un lenguaje ‘a la mano’ de ‘corriente principal’. La persona se define por su rol de trabajador asalariado, consumidor, administrador u objeto de consumo. Existe cada vez menos lugar para lo ‘alternativo’ mientras se subsumen las capas grises en la marginalidad. La identidad personal y colectiva se transforma y resiente con esta acentuación de los valores y formas del mercado en todos los aspectos de la vida. Ligada como está al reconocimiento social e institucional, la concesión o negación de la identidad es otro elemento del sistema para la subyugación y explotación del ser humano en tanto recurso laboral y natural.

La transhumancia individual y colectiva, llámase exilio o inmigración, el desplazamiento, la accesibilidad del viaje, en general están sobreterminados: es desde la periferia que los conglomerados humanos tienden a migrar hacia el centro, en un proceso que se reproduce al interior de las regiones y los países—la clásica contradicción campo ciudad y la fagocitación del primero por la última. El tema del provinciano en la capital se repite en todas las literaturas, el origen histórico del malón en que el indio asalta el fuerte o el poblado se analoga al ataque yijadista que surge de la sierra o desierto contra la urbe. Es así que, por ejemplo, por su imagen de desarrollo económico y estabilidad institucional, vecinos de países más pobres e inestables se trasladan a Chile donde rápidamente constituyen—como en el caso de los peruanos—, comunidades más o menos cerradas y discriminadas por sus anfitriones. Es decir que en alguna medida se reproduce la situación de los países occidentales desarrollados tradicionales.

Con las comunidades refugiadas o exiladas, sobre todo en el caso de estas últimas, provenientes de lo que se llama Mundo en desarrollo o Hemisferio Sur, llegan desde América Central y del Sur a los estados metropolitanos desarrollados sus activistas políticos, profesionales y artistas, intelectuales y escritores. Si bien se podría cualificar a estos exilios como ´progresistas’ o ‘de izquierdas’, enfrentados a estados totalitarios u oligárquicos de derecha, lo que puede haber sido la tendencia predominante en los 70 y 80 del siglo pasado, esto ya no es así. Los escritores exilados cubanos disidentes son numerosos, organizados y aparecen denunciando a una dictadura. Es de suponer que los opositores de Mugabe en Zimbawe, un régimen con un discurso antiimperialista y anticolonial, actúan de manera parecida. Si bien en las comunidades inmigrantes tradicionales sólo ocasionalmente las figuras destacadas llegan a los negocios o la política, sobre todo en la segunda generación, en el caso de los exilios son los intelectuales y escritores los que de alguna manera otorgan en gran medida el perfil de la comunidad. En el caso de Canadá, por ejemplo, uno de los sectores profesionales con más perfil institucional y público sigue siendo el de los intelectuales y escritores, cuya exposición y reagrupamiento fueron informales y asistemáticos, alrededor de las comunidades exiladas que huían o eran expulsadas de regímenes derechistas, y que definían al trabajo cultural como importante tanto para la denuncia del estado de cosas en su país como para el acopio de solidaridad.

Lo que no es extraño, ya que la cultura, y la literatura en especial, por su carácter eminentemente representativo y reflejo, sobre todo en América Latina, pareciera tener un signo progresista. El escritor latinoamericano en un país desarrollado de habla inglesa se sitúa en el centro de un haz de contradicciones y solicitaciones diversas y a veces contrapuestas. Es una figura bastante marginal en el seno de la comunidad trasplantada, salvo la coincidencia ideológica variable con la misma en el caso de los exilios progresistas, caso en que la comunidad coetánea trasplantada misma es de algún modo heterogénea en el seno de la más amplia sociedad nacional de carácter liberal en lo económica y con una ideología implícita cristiana protestante que predomina. Pero en general el escritor deja de serlo sin una distancia frente a la sociedad o el sistema que posibilite su producción, lo que introduce en este caso una mediación que no coincide con la linearidad de la expresión de denuncia o comprometida al cien por ciento. Así, no ‘calza’ completamente con su misma comunidad y a veces suele ser un crítico que se ironiza a sí mismo en tanto portador de las características culturales estereotípicas de su comunidad, y también a la vez de la sociedad anfitriona. Sólo a regañadientes y en aras de la mantención de una cultura literaria en pro de la solidaridad, una comunidad exilada tolerará mediaciones textuales que entraben la comunicación directa y comprensible universalmente ‘de suyo’ del mensaje en tanto instrumento político e ideológico.

Por otro lado, el autor latinoamericano se inserta en una literatura subordinada, de ‘menor difusión’ como se la ha denominado eufemísticamente, externa o tangencial respecto a la de la corriente principal y por lo tanto del continuum de crítica, academia y comercialización que constituye la institución literaria. Por otro lado, sigue existiendo el sentido de pertenencia cultural de los escritores latinos a la región o el país de origen, que entretanto sigue su evolución histórica, distanciándose más y más los contenidos e idioma de los escritores exilados/emigrantes en el otro hemisferio y muchas veces sin vínculo permanente con el país de origen.

En Canadá, la adscripción del autor latinoamericano a la literatura del país pasa por la superación no tan sólo del idioma, sino en muchos casos de la tradición literaria. La presencia de los ‘itsmos’ tan caros especialmente al Cono Sur es bastante reducida en el nuevo medio, no sólo en literatura, sino en la política, la filosofía y la cultura en general. El mercado editorial nacional determina ciertas temáticas afines con las presuposiciones y expectativas que se supone o espera del escritor inmigrante/exilado: el compromiso y la denuncia, el proceso de aculturación, lo exótico y la otredad, todo dentro de un marco preferentemente testimonial. Las obras son relegadas por el sistema de comercialización al ámbito del ‘multiculturalismo’ y su estudio a las temáticas de la literatura minoritaria, comunitaria, la diáspora y el exilio. Lo que ha generado como respuesta natural la creación de un mercado nicho y una micro institución literaria paralelos y anfibológicos: sin ser literatura canadiense a secas, las obras pueden ser clasificadas como del exilio, de la diáspora, neo-canadienses, productos de una literatura intersticial o subordinada, latinoamericana o nacional, en cada caso, regional o provincial, anglófona, francófona o alófona, latina. En el caso chileno los autores se podían adscribir a la vaga ‘Región XIV’, que abarcaba a los chilenos residentes en el exterior, sin que el requisito de la ciudadanía fuera imprescindible.

Este proceso por supuesto que atañe a los productos del quehacer literario, afecta a los escritores individuales y al estamento de los escritores regionales transplantados, emigrantes, exilados. El rol social en definitiva se confunde con el ser ontológico. Al ser provenientes de una región cuyo concepto y vivencia de la identidad son explícita o en general implícitamente diferentes de la metropolitana y moderna, es decir emergentes, como decíamos al principio, y sujetos a la escasez identitaria de la sociedad urbana desarrollada global, la persona concreta del escritor se ve solicitada por diferentes complejos sociales e institucionales, identitarios, en que su mismo ser ontológico debe mutar y adaptarse en tanto ‘persona’ a esos diferentes ámbitos. La publicación en un sentido de exposición significa una garantía de existencia e identidad, de un rol. De ahí a veces su atractivo doble como vehículo de ser social/comunitario y de expresión y mostración, rescate público de una biografía, lo que entrega sentido y afianza una identidad mutante, anfibológica y maleable. En ausencia de la sedimentación jerárquica de discursos literarios depositados históricamente en las sociedades de origen se legitiman como literarios discursos que pueden ser marginales en los países de origen; adquieren mayor importancia las formas testimoniales, comunitarias y folclóricas que pasan a coexistir con los cánones tradicionales más o menos consagrados de los países de origen, y sus criterios de calidad estilística. Lo que en un determinado país de origen hace un tiempo habría sido catalogado como subliteratura, puede adquirir más altas credenciales en el nuevo medio.

Es que ya no se trata simplemente de literatura. En una realidad multicultural, que a la vez que integra a los diversos y cambiantes elementos culturales de una sociedad definida en gran medida por la inmigración, sólo ocasionalmente le da espacio al vínculo entre las diversas ‘comunidades étnicas’ (interculturalismo), y que presenta una actitud cultural más de defensa contra una invasión que de asimilación transformadora, la literatura y los escritores trasplantados son parte importante del acerbo y el perfil institucional y social de la comunidad. No es extraño que a nivel latinoamericano en el país, lanzamientos de libros, publicaciones, recitales y lecturas sean eventos comunitarios y políticos, lo que sólo se da en los márgenes de la producción literaria de la corriente principal. Esta voluntad de afirmación y expresión que conlleva una marca identitaria, una búsqueda o afianzamiento de un perfil social y por ende ontológico, en y frente a la sociedad anfitriona y el seno de la comunidad, explica por ejemplo en parte la ausencia de empresas editoriales comerciales hispanas de envergadura, ya que la función editorial se convierte en vehículo de expresión y afirmación individual y colectiva, además de plantearse solo como la impresión y distribución comercial de obras literarias, la mercadería libro.

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