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Catastro : Crónicas Junio 20, 2012


Resaca de Coquimbo II
Jorge Etcheverry

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Marcelo Novoa, al presentar en la feria del libro de Santiago su reciente antología de ciencia ficción chilena, dijo que quizás el criollismo en su momento había aplastado a la literatura chilena, dejando poco especio en el imaginario nacional para el desarrollo de la literatura fantástica. Y eso en un país mágico, dice Novoa. Y no está ni así de perdido. En el puerto de Coquimbo, en el así llamado Norte Chico del país, en realidad antesala del desierto, asistí recientemente a un congreso sobre la poesía andina. En esa ciudad se enfrentan desde la cima de dos sendos cerros enfrentados  la Cruz de Milenio en uno, una altísima estructura de concreto, y una enorme mezquita en otro, se dice que gestionadas por un controvertido alcalde a los poderes fácticos del Vaticano y de un país árabe de cuyo nombre no quiero acordarme. Esto en una región en la que según un personero de la Iglesia Católica que vi por televisión, no hay más que siete musulmanes en una población que alcanza a las 600 000 almas. Qué Macondo ni qué niño muerto. Por otro lado, los límpidos cielos del Norte Chico, donde se asienta el observatorio El Tololo, son frecuentemente visitados por OVNIS, hecho que James Krator, secretario de la Sociedad de Escritores de Chile de la Región de Coquimbo no tendría entusiasmo en desmentir. Yo mismo yendo en bus de Santiago Coquimbo mirando por la ventana el despliegue gradual de un paisaje que no había visto desde hacía quince años, vi una vasta figura alada que sobrevolaba el vehículo a esa hora crepuscular. La mayoría de los otros pasajeros dormía, o tenían las cortinas corridas. Una vez llegado a mi destino final, y despabilándome en el hotel que nos habían asignado en Coquimbo a los congresales, comenté haber visto un cóndor que sobrevolaba el bus, y un poeta de la zona me comentó “raro, muy raro. Que yo sepa, nunca se han visto cóndores tan cerca de la costa. Incluso no me parece ni nunca he escuchado que se hayan visto cóndores en la costa en ninguna región de esta larga y angosta faja”. Bueno, entonces decidí no mencionar más el asunto.

 

Volviendo a la presentación de ese libro compilado por el académico y poeta porteño (de Vaparaíso) Novoa, recuerdo haber tomado la palabra para indicar que por ejemplo en Argentina  figuras de la estatura de Jorge Luis Borges, Bioy Casares y el mismo Sábato de alguna manera, cultivaban con afición lo que podría llamarse literatura fantástica, que por cuatro años en los cincuenta se editó la revista Más Allá, que presentaba en versión española lo más granado de la ciencia ficción mundial, sobre todo anglosajona. Que alguien ofrecía en Internet desde España la colección completa en 500 euros. Bueno. Terminado el congreso en Coquimbo me dirigí a la vecina ciudad de La Serena, que es el Remo de ese Rómulo, el Ying de ese Yang, el rival y complemento que totaliza la cultura y el modo de vida de la región, supervisada por las alturas de Monte Grande, cuyo abismante paisaje andino no fue capaz sin embargo de paralogizar a la Gabriela en un éxtasis explicable, enmudeciéndola para siempre en una maravilla carente de palabras. Sino todo lo contrario.

 

Llego a Serena después de un corto trayecto en bus, domingo en la mañana, paseo por calles que mezclan el moderno entramado de la globalización con su plástico y aspecto provisional con la infra pétrea de aire casi colonial de los adoquines y fuentes, estatuas, las iglesias, la Catedral. En la Plaza de Armas soy abordado por un ser casi de mi estatura, (metro setenta y siete u ocho), de miembros largos, andar cadencioso entre un revolotear de muchas faldas, tez miel, ojos color miel que brillan en el bronce del rostro, bajo el cobre del pelo. Me pide dinero para verme la suerte. Como tengo que volar en unas semanas de vuelta a este hemisferio, soy un fumador social y parece que tengo la presión un poquito alta le digo “NO”, pero le paso unas monedas. Pero me tiene que decirme algo, sinó es mala suerte, yo estoy sentado en la grada de la Catedral, se instala a mi lado y el viento que le mueve el pelo me hace llegar tenuemente el aroma de su cuerpo. Se llama Susana, llegó de España hace unos días a ver a su familia, yo fui bueno con ella y me dice que me cuide las piernas (a veces me molesta una rodilla), que por ahí tengo unas platas a que no tengo acceso. Se acerca un policía a decirme que si hablo con esa gente lo hago a mi propio riesgo, que tengo que saberlo. Me imagino que detrás de un árbol o en un portal quizás se acurruque un gitano flaco y celoso, con cuchilla. Veo como a una cuadra a Julio que se acerca a buscarme con su hijo. Pienso otra vez en James Krator, en lo equivocado que está cuando mira para arriba en busca de extraterrestres. La especie de ese ser a mi lado ya no es humana, ni tampoco un ángel aunque le anda cerca. Me pregunta de dónde vengo, “de Canadá” le digo. Me pide que la recomiende a ella a mis amigos que pasen por La Serena. Y eso hago.

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