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Catastro : Crónicas Marzo 7, 2018


Comida polaca
Jorge Etcheverry Arcaya

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El Citizen hizo una nota sobre un restaurante polaco, pero que también le hacía a la comida de Europa del Este y Central. Era de Familia Nowacki, que eran dueños desde que estaba en el Mercado Bywards, junto múltiples restaurantes, puestos de artesanía, músicos y artistas callejeros, tiendas, etc., barrio que después se deterioró un poco por el incremento del tráfico motorizado y el consumo de drogas, que la policía y las autoridades parecen mirar con cierta calma.
Nosotros con la Sharon fuimos a ese restaurante, lo disfrutamos después como Amber Garden cuando cambiaron de ubicación, con un menú de platos polacos, rusos, checoslovacos, húngaros, rumanos y búlgaros y cuando aparecieron otra vez bajo el nombre de Dalmacia, ubicado donde antes había otro local con ese nombre, que ya tenía clientela formada. Cómo olvidar su Charquicán de Cazador (Hunter Stew), su Sopa de Guatitas, sus pieroguís—pequeñas empanadas hervidas con diversas opciones de relleno—, el Borsh, sopa de betarragas, y unos panqueques flaquitos, los Crêpes de los franceses, rellenos con chocolate negro disuelto caliente y rociados con ron, al que le allegaban fuego. Esta empresa gastronómica era una sobreviviente a la tendencia a la estandarización y a la absoluta falta de cultura gastronómica de la población en general, que se fija en la ubicación, la apariencia y los precios para juzgar la calidad de un establecimiento. Proceso no muy diferente al que pude advertir en el sector de la Avenida Providencia, en Santiago, donde algunos restaurantes en ese paraíso de la globalización imitativa le imponen al consumidor ansioso de estar ‘in’ pan plástico y pésimo, alimento americano, y no ponen al lado la tradicional botellita de pasta de ají rojo.
En ese entonces aquí sobresalía un restaurante húngaro, el Hungarian Village, cuyos Suckling Pigs, cerditos mamones asados, cité en un poema de ese entonces. Pero el deterioro de la calidad de vida y la incuria de los degustadores han terminado casi con la buena comida, que como Hidra de Siete Cabezas se sigue irguiendo pese a las embestidas de la unidimensionalidad de la urbe americana. Esas cabezas son comunidades étnicas que ofrecen, principalmente a sus connacionales, comida tradicional a precios razonables, de rebote un manjar para las pandillas de gourmets, que pueden comerse unas patitas de chancho al horno en salsa picante en un restaurante que ofrece comida china del Norte a unas pocas cuadras de mi casa.


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