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Prosa
Conspiraciones I
Jorge Etcheverry Arcaya

Algo andaba mal en la Dirección. Algo que los de Shambala, la Orden Negra, pese a su evidente bancarrota, habían sabido aprovechar, ayudados por una práctica de milenios en los problemas del Poder, y robustecidos más aún por los satanistas menores que ocupaban los puestos políticos más altos en los países anglosajones. Los miembros de la Gran Fraternidad Blanca, estupidizados por los Rosacruces, embaucados por toda clase de impostores, levantaban institutos de todo tipo para difundir las enseñanzas esotéricas por módicos precios, o bien se enriquecían escribiendo bestsellers que todos leían y nadie tomaba en serio. Las organizadas cohortes de artesanos de la curandería, la adivinación, la lectura de manos y hojas de té de otro tiempo no muy lejano habían desaparecido, junto con el sentido último de sus enseñanzas. Las viejas damas neuróticas, los jóvenes profesionales hipsters y los psicópatas formaban el grueso de los nuevos cenáculos. Según noticias que llegaban, en otros países, o aquí mismo, en la Ciudad Capital del País, las cosas no andaban mejor: una emisaria (mejor dicho una elegida) languidecía en una casa con jardín en un barrio suburbano, probablemente manifestando los primeros signos de una esquizofrenia. La Dirección había decidido por tanto no darse a conocer a la muchacha, con el resultado de que ni ella misma había sabido nunca su condición de elegida, siendo finalmente víctima de una las frecuentes violaciones que aquejaban a las ciudades del país, ultrajada por un individuo que era vehículo—aunque no muy inconsciente de sus actos—de Shambala. Ahora la Dirección lamentaba profundamente haber despedido con cajas destempladas al joven autodidacta cismático llegado de los Centros de Perfeccionamiento de Arica, que les había propuesto un detallado plan de campaña de finanzas, atentados contra personas e instituciones manejados por la Orden Negra, y la promoción de un nuevo mesías tipo Ché.