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Prosa
La vuelta al Mall
Jorge Etcheverry Arcaya

Los paseantes volvieron a invadir de nuevo como una ola ese pasaje, por unos meses milagrosamente vacío. En un flujo cada vez más nutrido le daban a quien escribe una que otra mirada ocasional, como se hace en estos casos, ya que van ocupados de sus propios asuntos, hablan entre ellos, sonríen, extasiados nuevamente ante el despliegue de Luz y Color y mercaderías, y la música de fondo que los guía con una mano (suave, intangible), hacia otras vitrinas, otros pasajes, otros niveles, y los ablanda y trabaja y mece desde la entrada misma hasta las entrañas, los intestinos que son estas vías interiores y portales, para ser digeridos y devorados por el estómago del Mall. Que merece unas palabras: hecho en un bloque macizo, con varios pisos de restaurantes y tiendas que se escalonan hacia lo alto y donde el cristal es una jerarquía tan natural como ascendente, ocupa varias manzanas de las grandes, con enormes salones de techo transparente y jardines interiores. Nacido luego de polémicas por los ediles y urbanistas de la ciudad, puede parecer nada, una miseria, comparado con monstruos tales como el Mall de Edmonton, enorme y en las afueras de la ciudad, que cuenta con piscina, zoológico y canales por los que navegan carabelas y submarinos a escala, y hasta una playa artificial con olas y todo. O con el nuevo Costanera Center que adorna en Santiago las faldas cordilleranas. Pero hay que reconocer que nuestro Mall, el Rideau Center, es en todo caso una gran cosa para esta ciudad tan chica.