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Prosa
Dos cuentos de "Los jugadores persas"
Jorge Carrasco

LA OTRA CULPA

Delante de la comida suspiraba con fuerza, corroído por una íntima preocupación. Me dolía verlo así, viejo y sumiso, entregado a mi voluntad dubitativa de hijo menor. Gabriela, mi hija, cortaba la carne y lo miraba con una mezcla de temor y lástima cuando él bajaba la vista, como se mira a un extraño recordando quizás las historias que se contaban sobre sus tropelías de borracho violento. Él comía haciendo ruido con la boca, sin beber el vaso de limonada que tenía junto al plato.
Hacía poco más de un año que se encontraba en Argentina. Valentina, mi hermana, lo había ido a buscar a Carahue. Valentina siempre tuvo remordimientos por haberlo abandonado. Lo trajo a Villa Regina y lo instaló en su casa. A los pocos días su casa fue un infierno. Mi padre, para beber alcohol, le vendió los electrodomésticos y las herramientas. Una semana atrás tocó la puerta de mi casa y me lo dejó.
_ Hazte cargo – me dijo, y se fue.
Cuando nos quedamos solos, ya en la sala de estar, mi padre me dio unas excusas que no entendí, hablando atropelladamente, como yo cuando estoy nervioso. Le dije que lo comprendía.
Días después fui a ver a mi hermana para que me contara qué había sucedido. Valentina había quedado viuda cerca de los cincuenta años. Su único hijo se había casado y vivía en Chichinales, un pueblo cercano. Me mostró su casa. Hizo la cuenta de las cosas que le faltaban. También me mostró su rostro. Tenía un pómulo morado.
_ No lo quiero ver nunca más – dijo -. Intentó matarme.
_ En casa no puede quedar mucho tiempo – le dije.
_ Es tu deber. Isabel ya hace lo suyo.
_ Tengo hijos – dije yo -. No quiero que vivan lo que yo viví. A veces se emborracha y reclama que quiere ver a mamá.
_ Yo no te puedo ayudar – dijo ella.
En casa, cuando éramos chicos, se paseaba a uno y otro lado, mirando con desdén a nuestra madre y a mis hermanos, seguro de sí mismo. Casi nunca se comunicaba con nosotros, y cuando lo hacía, era para dar órdenes, o reprochar algo a mi madre, con las cejas caídas, apretando las mandíbulas con furia. Ahora, cuando yo bajaba la cabeza, me miraba casi sin pestañear, perplejo y aún desdeñoso, como intentando descifrar al impostor que había en mí, al tipo que pudo levantar esa casa y comprar esos muebles con la identidad del más inútil de sus hijos.
Cenamos unos bifes con puré y limonada, casi en silencio. Yo temía tratarlo con desatención, reprochándome en el fondo por qué había crecido, por qué sacamos a mi madre de su lado y nos fuimos a un lugar que él ni siquiera imaginaba que existía. Mi mujer nos miraba con cautela, estableciendo quizás parecidos físicos y oscuras semejanzas de carácter.
Mi padre comía sin entusiasmo la cena, masticando en silencio su desasosiego. Miraba los muebles y las paredes, dolorido, acorralado. Sabía que en unas cuantas horas regresaría a Carahue, o a cualquier otro lugar de Chile, a encontrarse con él mismo. No pude descifrar si había decepción o desolación en su rostro, o quizás vergüenza de ser el culpable, a medias con Pinochet, de nuestro exilio. Yo luchaba a brazo partido con el remordimiento.
Desde que estaba en casa solía desaparecer por las tardes y volver al anochecer. No llegaba borracho, pero el aliento olía a vino. Mi mujer se ponía nerviosa y buscaba mi rostro esquivo para lanzarme una mirada despectiva.
_ Un día llegará borracho y hará un escándalo – dijo mi mujer -. No pensás en tu hija.
La urbanidad, la domesticidad vuelven al hombre cobarde, pero a mí la cobardía me venía del recuerdo, de esas peleas en que intentaba proteger a nuestra madre y teníamos miedo de matarlo o de que nos matara. Nunca dejamos de quererlo porque quizás nunca dejamos de odiarlo. La herida del exilio nunca se cierra y es sano buscar un culpable, más aún si ese culpable es alguien que nunca encontrará sentido a nuestras palabras.
Pienso en mi hija, pienso en mi mujer, pienso en todo el mundo. Comencé a vigilarlo, a seguir sus pasos. Al principio se iba a sentar a la plazoleta del barrio, debajo de un paraíso, con la mirada indiferente vuelta a cualquier parte. A veces sacaba un pañuelo de su bolsillo trasero del pantalón y se limpiaba las comisuras de los ojos. En casa le decía a mi mujer que todo estaba bien. Días después ya no lo encontré en la plazoleta y en lugar de una explicación me ofrecía un rostro casi alegre, culpable. Si estaba mi mujer, pasaba al baño y salía silbando, sonriendo con cinismo infantil. Luego se sentaba en el patio, en el borde de un cantero de ladrillos y acariciaba la cabeza de Morgan, nuestro perro tuerto echado a sus pies. Yo miraba al suelo, fingiendo enojo o decepción, y él sonreía vulnerable, ausente, enojado quizás conmigo o con mi madre.
En el día de su cumpleaños me atreví a entrar al bar con él. Mi señora nos autorizó a tomar unas cervezas en casa y después de comer la torta él dijo que necesitaba aire fresco. Lo quise seguir.
_ Déjame, huevón – dijo con enojo -. No soy un cabro chico.
Se largó a caminar hacia un barrio periférico y yo lo seguí media cuadra atrás. Lo vi meterse en un bar de mala muerte y yo volví a casa. Hizo el mismo recorrido varias y la última vez, un día de mucho viento, llegué hasta el bar y entré.
Papá bebía un vaso de vino tinto. Cuando me vio no se extrañó. Yo me acerqué y él sólo dijo al mozo:
_ Dele un trago.
Yo no dije nada y esa noche los dos llegamos borrachos. Al día siguiente mi mujer dijo que mi padre se debía ir. Yo no dije nada, acaso sabiendo que cada cosa que le ocurre a otro le ocurre a uno mismo también.
_ Ya es hora – le dije a mi padre.
Mi padre se despidió de mi señora. Tomé su bolso y lo subí a mi auto.
Llegamos a la terminal diez minutos después. o hice fila en una ventanilla y le saqué el boleto de la micro que lo llevaría a Neuquén. Allí tomaría el ómnibus que lo llevaría de vuelta a Temuco y allí tomaría la micro hasta Carahue.
Nos metimos en la confitería de la terminal. Nos sentamos en una mesa cercana al ventanal. Desde allí se podía ver a las personas que caminaban sobre el andén con aire distraído, y la entrada y salida de micros hacia pueblos y ciudades del Valle, y más atrás, la parada de los taxis. Al otro lado, tres jóvenes golpeaban con sus tacos las bolas de una mesa de billar. Yo pedí una gaseosa y él un agua mineral. Hasta ese momento todo marchaba como debía.
Yo dejé el boleto en la mesa y le expliqué el lugar que le correspondía: asiento 23, junto a la ventanilla.
_ ¿Tu mamá no va a venir? – dijo sin mirarme, temeroso quizás de mi reacción.
_ No - dije secamente. Mamá estaba viviendo en Cipolletti, en casa de Isabel -. ¿Por qué pregunta eso?
No supo responderme.
De golpe me enfurecí. Ya sabía que a mamá no debía nombrarla, para él había muerto. En Carahue, cuando yo y mis hermanos éramos pequeños, él, borracho, la golpeaba casi todos los días y nosotros luchábamos con él para quitársela y alejarla de sus puñetazos.
Él sonrió, como sonreía siempre después de que se le pasara la borrachera. En su sonrisa había desdén y odio. Las canas habían invadido toda su cabeza. Incluso su bigote estrecho, hitleriano. A mí me dio rabia verlo así, tan sumiso y débil, ajeno al padre que nos había amado a su manera y atemorizado cuando éramos pequeños.
Tenía los ojos claros, sangre alemana corría en sus venas atiborradas de alcohol acumulado. Sus cejas caídas y sus párpados hinchados instalaban en su rostro un aire de malhumor. Para él las cosas nunca marcharon bien. Antes de jubilarse, fue barrendero municipal, y para pagar la comida que consumíamos los siete hijos debió criar cerdos y gallinas en el patio de nuestra casa.
Poco después de las once apareció Valentina. Se bajó de un taxi y caminó nerviosamente hacia el andén. Nos buscaba. Me incorporé y salí de la confitería.
_ Estamos acá – le dije de una punta a otra.
Ella no perdió su seriedad. Entramos a la confitería y nos sentamos. Mi padre la recibió con una sonrisa nerviosa.
_ ¿Cómo está? – dijo ella. No lo tuteaba. Ninguno de sus hijos lo tuteaba.
Mi padre la miró de reojo, con desconfianza, pero no dijo nada.
_ No se va a ningún lado – dijo ella.
_ Ya le saqué el pasaje – dije yo.
_ Se irá conmigo.
_ Estás loca.
_ ¿Para eso te lo llevé? – me preguntó, enfurecida -. ¿Para que te lo saques de encima?
_ Este no es lugar para hablar de estas cosas.
Mi padre permanecía en silencio, con los labios contraídos, temeroso quizás de mostrar una autoridad que incomodara. Nunca supo conversar. Aprendió a aceptar para no tener problemas y después hacía lo que le venía en gana. Siempre dependió de los otros – era analfabeto -, de un patrón que lo explotaba, pero nunca le cedió a nadie su libertad de borracho. La soledad le había aquietado el corazón, la rabia hacia todo lo que vivía, y ahora se comportaba como un buen padre, atento, si no a agradar, por lo menos a no incomodar a la gente.
Mi hermana siguió:
_ ¿No te da vergüenza?
_ No entiendes – dije, y era verdad porque cuando se entienden las cosas desde adentro del alma nunca se entienden las cosas de verdad.
Los ómnibus de larga distancia entraban y salían y yo me puse pie. Y entonces ella continuó reprochándome y no entendiendo y mientras yo pensaba en mi hija y en mi mujer pensaba en ella también cuando me dirigía al ómnibus, delante de mi padre.
El chofer nos pidió el boleto y nos mandó al final. Mi padre me miró sin sorpresa cuando en lugar de un boleto entregué dos y lo seguí hacia el asiento. Yo me senté a su lado y cuando la máquina comenzó a moverse pude ver a mi hermana que me hacía señas sin entender. Y yo pensé en mi mujer y en mi hija, sobre todo en mi hija, porque comenzaba a descansar de esa otra culpa, la que nunca tuvo causa u origen, la de reproducir una vida igual a la mía con un destino que por fin, tras años y años de temor y espera, se amigaba con mi vida.



ESCOMBROS

Anoche Leyla no estuvo sola en su pieza. Esta vez, gracias a Dios, no era el plomazo del Junior, su novio que corre en el karting Fórmula Reginense, quien la acompañaba. Vino un hombre muy robusto con un maletín y unas mangueras bien raras, parecidas a las que meten oxígeno en los acuarios. Es el médico, dijo mamá, seca, preocupada. Papá no quiso acercarse al dormitorio; nunca lo hacía. Yo lo escuché putear una y otra vez. ¿Por qué me hacen esto?, decía tomando cerveza y echándose trocitos de maní en la boca. Le pregunté qué pasaba. Me miró receloso, casi alarmado.
_ Nada, campeón – apretaba las mandíbulas-. Es que las mujeres nunca van a entender. Siempre se mandan cagadas.
Puso el televisor más fuerte. Un partido de Copa Libertadores, sin importancia para nosotros, entre un equipo brasileño y otro ecuatoriano. A mí me empezó a doler la cabeza. Fue ahí que escuché esos gritos ahogados de Leyla.
_ ¿Qué le están haciendo? – pregunté a mi papá.
_ No es nada. Es sólo un dolor.
_ Está gritando – dije para quebrar su indiferencia.
_ Todas gritan – dijo estirando los labios en una mueca de desprecio -. Por cualquier huevada levantan la voz.
Media hora después el desconocido abandonó la casa. Quise ver a Leyla. Mamá me detuvo. Está durmiendo, me dijo. Siempre sucedía lo mismo: me cerraban el paso para evitar que yo supiera qué había detrás de sus recelos. Crecí pensando que las mujeres son seres misteriosos. Siempre tienen algo que decir y que ocultar.
A la mañana fui al colegio. Casi no tengo felicidad tan grande como la de los viernes. Más si he dormido bien la noche anterior. No necesito dormir la siesta. La tarde es toda para mí, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer. Lo único que extraño ahora es a Daisy, la gata angora. Siempre que salgo al patio se mete entre mis piernas y apenas me deja dar dos o tres pasos sin trastabillar. Ronronea y maúlla muy tiernamente. ¿Dónde se habrá metido? En vano la llamo una y otra vez:
_ ¡Daisy! ¡Daisy! ¿Dónde estás?
Con Leoncio, los viernes, siempre voy a arrojar los escombros al basurero municipal. Hoy los va a tirar papá. No sé por qué. Papá nunca da explicaciones. La que da explicaciones por él es mamá. A Leoncio le gusta mi hermana Leyla. Cuando la ve salir de casa pone los ojos en blanco y lanza un silbido o aprieta los labios rabiosamente, desbordado de deseo. Si yo estoy presente me guiña un ojo y se ríe pícaramente. Leoncio es ayudante de albañil y me pide que deje la cortina abierta de la puerta corrediza. Así puede ver a mi hermana cuando sale de la ducha y se pasea dentro de la casa en ropa interior o envuelta en una toalla. A mí me gusta que Leoncio me guiñe un ojo. Eso me acerca a su mundo.
Tengo doce años. Leyla, mi hermana cuatro años mayor, duerme en su habitación. ¿Por qué aún no se despierta? Parece que no se levantó a desayunar. Mi papá trabaja en el banco Provincia de Neuquén. Sale de casa a las seis de la mañana y vuelve a las seis de la tarde. Mi madre es maestra, va a una escuelita rural en el turno mañana, y por la tarde, como ahora, duerme la siesta.
Aburrido de ver televisión, salgo al patio. El patio siempre me ha parecido un mundo aparte. Allí habitan seres pequeños, misteriosos, arañas, grillos, saltamontes, cochinillas de humedad. Bichitos que alientan mi lástima y la crueldad de mi gata. A mi izquierda hay un montón de ladrillos cerámicos; a mi derecha, un rollo de membrana aisladora, y al costado, pegado al paredón, una cumbrera de zinc. Levanto un cerámico, meto los dedos en sus celdillas y percibo la aspereza. Me siento fuerte, indestructible.
Hace unos años el Estado nos dio esta casa. Era un plan de ciento veinte viviendas para los afiliados de los diferentes gremios. Se la ganó mi mamá, que pertenece a UnTER, el gremio de los maestros. Mi papá nunca la quiso. Decía que era una casa para pobretones. Desde el principio intentó cambiarla. Le puso verjas, que pintó de negro. Sacó las ventanas de chapa y en su lugar instaló dos enormes ventanas de madera con vidrios repartidos. Contuvo la caída del agua de lluvia con una vistosa canaleta. Detrás de las verjas ubicó una nandina, una azarera y un muérdago. Y en el frente, junto al cordón cuneta, plantó dos ciruelos de jardín.
Finalmente, ahora, arriba de la losa del garaje, quiere agregar un piso de dos ambientes. En eso están Leoncio y don Genaro desde hace tres meses. Pienso que él quiere cambiar el aspecto de la casa como yo quiero hacer de mí otra persona. Pero ahora eso no importa.
Los albañiles volverán a eso de las cuatro. Falta una hora y media. Me siento un usurpador de ese dominio de hombres rudos. Me agacho y me escurro entre los caños del andamio. Una vez erguido, miro hacia arriba. Los tablones se estiran hasta el inicio de las paredes sin revocar. Al costado del andamio sube al techo una serie de escalones de caño. Siento deseos de saber, de investigar qué ocurre allí donde brama el viento y los hombres sudan. Un mundo áspero, casi primitivo.
Cojo el caño y lo sacudo suavemente, como queriendo hacer caer frutos maduros de un árbol sin hojas. Me parece demasiado delgado para sostener un cuerpo. Los caños, sin embargo, ofrecen una resistencia terca al empujón de mis manos y al peso de mi cuerpo. Agarro confianza y comienzo a subir, temeroso aún. Mis manos se aprietan al metal y el pie se apoya ciegamente en el siguiente escalón. Llego hasta el lugar de los tablones, atento al ruido y a la vibración del andamio. Respiro hondo, un poco agitado. Ya repuesto, miro a uno y otro lado. Siento un poco de vértigo. No hay cosa peor que el miedo para debilitarme, para quitarme fuerzas. Miro hacia abajo. No está mi gata. Siempre que me subo a algún lugar ella maúlla y me reprocha no llevarla conmigo. Luego busca la forma de subirse para quedar a mi lado. Pero ahora no está. Es muy raro todo esto.
Desde allí arriba miro hacia los patios vecinos. No sé cómo será mirar desde abajo, desde el fondo de la tierra. Mirar desde arriba es meterse en casas ajenas sin que los demás sepan que los estás espiando. Supongo que así mira Dios desde el cielo, como un mirón inoportuno, escondido detrás de un asteroide, sin que nosotros nos demos cuenta. Tengo la sensación de que estoy haciendo algo prohibido; siempre me ocurre eso. Por eso me escondo detrás de las paredes sin revoque y sigo espiando. Veo autos estacionados bajo la losa de un garaje o bajo la tela de una media sombra. Ahí está el Ford Fiesta del vecino policía que no veíamos hace mucho. Parece que tiene el motor fundido. A su lado duerme un perro. Está atado; la soga cuelga de la manija de la portezuela delantera izquierda. El perro llora día y noche, así haga frío o calor, y papá se ha jurado callarlo algún día de un tiro en la cabeza.
Escucho el teléfono dentro de la casa. Me pongo nervioso. Si mamá atiende, se dará cuenta de que no estoy viendo televisión. Leyla no atenderá. Sabe que no es Lucas. Él va a segundo año y en estos momentos está en el colegio porque tiene clases a la tarde. Escucho los sonidos del aparato. Uno, dos, tres, cuatro. Nadie atiende. Me tranquilizo. Mamá no quiere que suba hasta acá y me acerque a Leoncio. Dice que él no le da buena espina. No sé qué significa eso. Supongo que le desagrada porque no estudia. Mamá es así. Divide a la gente entre los que estudian y los que no estudian. Para unos el infierno y para otros el cielo. Papá hace lo mismo. Divide a la gente entre los que tienen plata y los que no la tienen, más allá de si tienen o no estudios. Ya se darán cuenta ustedes para quiénes es el cielo y para quiénes el infierno.
Está haciendo calor. Meto la cabeza en un agujero donde irán ladrillos transparentes. Me imagino siendo un recluso con la cabeza aprisionada en un cepo. Hago muecas exageradas de dolor y sufrimiento. Grito silenciosamente, abriendo mucho la boca. Puedo ver el tanque de agua. Tiene una veta húmeda en el costado. Sobre las canaletas de desagüe hay mucha basura. Hojas, tierra endurecida, cagadas de gato, pedazos de cartón y nylon. No le diré nada a papá. Me mandaría a limpiarlas. Y yo no tengo ganas de hacer nada. No me gusta que me manden. Cuando me saco malas notas, mamá me dice que voy a terminar como Leoncio, y papá dice que voy a ser un ciruja porque me niego a ir a ayudarle a su hermano, mi tío Artemio, a atender su ferretería. No los entiendo. Nunca me sentí especial. No sé qué tiene de malo ser alguien diferente a mí.
Yo siempre quiero ser otro. Sé que entre yo y el que quiero ser se interpone quien soy. Yo soy el obstáculo de mí mismo, vaya si lo sé. Tomo la pala y comienzo a remover los escombros. Quiero cansarme, sentir el calor que Leoncio siente. La pala se introduce en el montón sin obstáculos. Residuos de mezcla de arena, cal y cemento; pedazos de ladrillos, de machimbre, de latas de zinc. Las paladas no me parecen tan pesadas. Evito meter la pala desde muy abajo, para que el metal no toque la losa del garaje y mamá no escuche el ruido del roce. Doy unas cuantas paladas más. Quiero sudar como Leoncio y don Genaro. Cuando me escucho el jadeo, clavo la pala en el montón de escombros y me paso la mano por la frente. No tengo sudor. Me hurgo los sobacos. Secos. Doy otras paladas. Ni una gota de sudor en mis mejillas. Me pongo triste porque jamás voy a ser como Leoncio ni voy a tener la serenidad que don Genaro tiene cuando está cansado. A él, a Leoncio, le sobresalen y le brillan los músculos cuando se saca las remeras anchas, descoloridas por el sol y el uso. Sus carnes se tensan ante el menor esfuerzo. Incluso cuando se lleva el cigarrillo a la boca los bíceps se le hinchan como cabeza de baqueta de bombo.
Miro el montón de escombros. Me pregunto cómo los bajará papá hasta la camioneta que los llevará al basural. Él no es tan fuerte. La escalera de tablones aún no está hecha. Quizás me pida colaboración. Tengo que estar preparado.
La cotorra del vecino de atrás se vuelve a alborotar. Habrá visto a un gato. Les tiene terror a los gatos. Me asomo para ver si es Daisy la amenaza. No veo nada. Escucho el ruido de un motor diesel. Me asomo por el hueco de la ventana que da a la calle. Es la camioneta de los Ulloa. Está cargada con macetas de flores y arbustos. Los Ulloa tienen un vivero y florería en la avenida Cipolletti. Lo atienden doña Estela y sus dos hijos. Su marido murió en un accidente de tránsito. Cuando fue el cumpleaños de mamá, mi papá me mandó a comprar un ramo de flores. Doña Estela me cobró la mitad. Por supuesto que no se lo dije a papá. Me quedé con el vuelto. Papá tiene una mala opinión de todos los vecinos. Los considera gente de medio pelo. Yo no sé a qué se refiere con eso.
Sigo con mis paladas. Unas gotas de sudor aparecen en mi nariz. Son insignificantes. Me miro el pecho y me paso la mano por las axilas. Todo seco. Eso me desanima. Nunca seré como uno de esos hombres rudos que nunca piensan en sí mismo más de dos segundos. Nunca seré como Leoncio.
Revuelvo una y otra vez la arena del escombro. El polvo sube y me rodea. Me agito, toso dos o tres veces. Miro hacia la puerta ventana de la casa. Las cortinas están corridas. Se ve que mamá sigue durmiendo. Desde aquí Leoncio ve a Leyla desnuda, pienso.
_ Es una yegua tu hermana – me dice guiñándome un ojo.
Si voy a ser sincero, prefiero a Leoncio antes que a Lucas Lanaro. Es más fuerte, más hombre, nunca se anda con vueltas. El perro de al lado comienza a llorar. Parece que vio a alguien. No entiendo a los perros. Los tienen atados bajo el sol quemante y las heladas de julio. Pero cuando ven a sus dueños comienzan a gemir para tener una caricia de ellos. Algunos hasta se mean cuando les tocan la cabeza. No los entiendo. Daisy, mi gata, en cambio, es más orgullosa. Si alguna vez la castigo, me tuerce el rostro durante dos o tres días. Se aleja de mi lado y se va a dormir arriba de un mueble o en el entretecho. Quizás ahora está allí, ofendida por algo que desconozco.
A papá no le gustan las gatas. Menos si están preñadas. En el momento en que se le infló la panza a Daisy, quiso ir a perderla en algún paraje de las bardas. La primera vez que papá lo dijo, yo me puse a llorar. Mamá, por suerte, se opuso. No es muy querendona con los gatos, pero le da lástima.
_ No sé qué vamos a hacer con los cachorros – se preguntaba siempre.
_ Yo los cuidaré – decía yo tontamente.
_ Qué vas a cuidar vos.
Muchas veces los escuché discutir. Papá levantaba la voz y mamá lo hacía callar. Yo trataba de saber de qué hablaban.
_ No es difícil – decía papá -. Con sumergirla unos minutos en un balde es suficiente.
Otro día:
_ No cuesta nada tirarla al canal de riego. Sí, la toma principal. El chorro de agua se la llevará sin que nos demos cuenta.
Otro día:
_ Agarrarla de las patas y golpearle la cabeza contra el pavimento. No sufrirá.
Mamá siempre respondía:
_ Bruto. Animal. Estás loco de remate.
Papá reía con rabia. Le contestaba:
_ Ya vas a hacerte cargo vos de la chorrera de gatos.
Eso fue antes de los llantos de mamá. A la tarde, cuando papá aún no llegaba de Neuquén, yo la escuchaba llorar en su pieza. No es nada, me decía. Son cosas de mujeres. Otra vez el silencio, el misterio. Yo me preguntaba qué podía hacer llorar a mamá y me ponía triste. Hoy, luego de volver de la escuela, vi que mamá no quiso almorzar y se metió en el baño. Salió con los ojos hinchados, un poco rojos, antes de entrar a su habitación. ¿Por qué Leyla no fue al colegio?, le pregunté. Está enferma, me contestó. Muy enferma. Fui a la pieza de mi hermana. Seguía durmiendo. Tenía el rostro muy pálido.
Lleno la pala con mucho escombro. La levanto y vuelco su contenido. Me doy cuenta de que también hay otro tipo de basura entre los cascotes. Latas vacías, limones podridos, folletos publicitarios y envoltorios de plástico. ¿Quién habrá llevado hasta allí esos desechos? Hace calor, treinta y seis grados decía la televisión. No importa, no me acobardo. Le voy a ayudar a papá a cargar y descargar los escombros. No tengo que mostrar debilidad. Sería muy vergonzoso. Por eso me imagino siendo observado por muchos ojos y sin pausa doy unas cuantas paladas llenas y sólo detengo mi accionar cuando de las bocas sube un unánime murmullo de aprobación. Mi tonta voluntad termina en el cansancio. Me siento en un pedazo de cerámico. El mundo que me rodea, limitado y real, reinicia su existencia. Vuelvo a escuchar al perro del vecino y a la cotorra asustada. Ruidos de motores en la calle. Me veo la ropa. No está sucia.
Escucho que se abre la puerta corrediza. Es mamá.
_ ¡Seba! ¿Dónde estás?
Me paro de un salto y me acerco al hueco de la ventana que da al patio. La veo sin que ella pueda ubicarme. Está toda despeinada. Se ve que se acaba de levantar de la siesta. Mira hacia arriba, cubriéndose los ojos del resplandor del sol. Me quedo quieto. No quiero que me descubra. Vuelve a entrar a la casa. Minutos después escucho que se está bañando.
Miro mi reloj. Son más de las cuatro. Los albañiles no han llegado. Parece que no van a venir hoy. Es una lástima. Hoy quería demostrarle a Leoncio que yo también puedo cargar y descargar escombros como él o mi papá. Voy a la obra y tomo de nuevo la pala. Me propongo dar las últimas paladas. Hundo el filo entre piedras, restos de cal y cemento, pedazos de madera. Dejo a medio descubrir bolsas de cal y de cemento vacías. Creo que las dejan los albañiles para probar que gastan el material en la obra y no se lo roban. Así me dijo Leoncio. Doy una palada, otra. Saco con mis manos los pedazos de ladrillos. Voy retirando hacia otro lado las bolsas. De pronto veo que hay dos bolsas manchadas de humedad. Una me parece un poco más pesada que la otra. Las saco del escombro. De ambas me viene un olor fétido. Como el tufo asqueroso de la grasa de los pollos en el tacho de la basura.
Abro una de ellas. Adentro hay algo peludo. Lo saco y quedo espantado. Es el cadáver de Daisy, mi gata. Tiene atado al cuello un cordón marrón. Papá, me digo. El hijo de puta de mi papá fue. Es el cordón de su zapatilla.
Pero la bolsa de cemento no queda vacía. Hay algo más en el fondo. Le hago una rajadura de punta a punta. Algo cae al piso, entre los escombros. Parece un bebé pequeñito, envuelto en sangre. Casi al instante siento náuseas. No puedo aguantar: tuerzo mi columna y me afirmo en un pedazo de cerámico que está en la cima de los escombros. Vomito durante unos minutos.
Ya repuesto, me siento sobre un tablón de madera. Me pongo a llorar delante del cuerpito de mi gata muerta. La enterraré en el baldío cercano a la chacra, sin que mis padres se den cuenta. Sin decir nada a nadie, le compraré un ramo de flores y le haré una cruz con restos de alfajías. Ojalá que doña Estela me deje las flores a mitad de precio. Es muy sentimental y buena.
Después de ver la hora, me seco rápidamente las lágrimas. No quiero que me vean llorando. Leoncio se reiría mucho. Al bebé lo meto en otra bolsa de cemento, muy al fondo; la doblo hasta formar un rollo. Pienso un momento qué voy a hacer con él. No puedo evitar actuar como si fuera el culpable del crimen. Tomo la pala y escarbo en el centro del montón de escombros. Doblo el rollo por la mitad y lo deposito en la cavidad que hice con la pala, como si fuera una de esas momias indígenas que vi en Natgeo. Doy cuatro o cinco paladas y el papel marrón de la bolsa queda oculto.
Después de taparlo me siento horriblemente cansado. Mis brazos y piernas tiemblan. Me tengo que afirmar en la pared para no caerme. Mientras las energías se desparraman lentamente por mi cuerpo, veo otra vez a Daisy, con su cuerpito tieso extendido sobre el piso, disminuido notablemente en su volumen. Tiene el pelaje húmedo, la boca abierta y la lengua afuera. Inclinándome con mucho esfuerzo, la meto dentro de una bolsa de cal vacía y la aprisiono contra mi pecho. No me importa el mal olor. El hijo de puta de papá, me digo, y entonces todo se ilumina. Veo a mamá diciéndole lo que hay que hacer con Leyla, qué va a pensar la gente de medio pelo, qué va a ser de la vida nuestra, con Leyla abandonando sus estudios y todo eso, y veo a papá sonriendo con amargura, mirando con odio a mamá, desviando la mirada asesina hacia Daisy, que duerme con su panza inflada de cachorritos en un costado del futón. El sucio acuerdo.
Por fin escucho otra vez la voz de mamá.
_ ¡Seba! – dice con angustia -. Venite adentro.
Camino hacia el andamio con Daisy apretada contra mi pecho. La voz de mamá, invadida por el alboroto de la cotorra del vecino, me produce un momentáneo alivio. Un puñado de moscas me sigue y revolotea a mi alrededor.
_ ¡Ya voy! – digo con todas mis fuerzas, con la voz desfigurada por el llanto, y ya no pienso en la suciedad que llevo encima, ni en la limpieza de mamá que sale del baño, ni en qué lugar pongo el pie cuando me bajo. Mi casa ahora es el lugar más sucio del mundo.