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Prosa
Los perfectos
Gabriela Etcheverry de Larson

Los ires y venires de la calle que veo desde la ventana de la cocina me son tan familiares como el mesón y la cafetera. Me siento acompañada como en mi casa de la niñez: un interminable pasillo de gente entrando y saliendo. La cocina y el taller son los espacios donde me siento más a gusto en mi casa: comida y trabajo que era lo que siempre faltaba en esos años.

Aquí, donde vivo ahora te enteras por casualidad de lo que pasa en el barrio, si es que llegas a saber. La mayoría de los que viven en la cuadra son parejas de viejos como nosotros. Rara vez se los ve en la calle aunque me consta que también espían por las ventanas. Hay un par de familias más jóvenes, “newcomers” como yo. Evitan el contacto innecesario con los canadienses “auténticos” por miedo a que una llamadita anónima a impuestos internos los mande retobados a otra parte, que sin duda no será “home”.

El vecino de mi izquierda se murió hace unos años y ella volvió a casarse a los meses. Figúrate tú, y yo que la creía de mi edad. De la pareja del lado derecho solo queda la mujer. Yo no tuve nada que ver con ninguna de las dos muertes, te lo aseguro. La prueba es que la última sucedió mientras invernaban en México el año pasado (Dios los tenga en su santa gloria). Ella muy frágil, bastón y todo. El tarot no muestra otro matrimonio pero sí otro deceso. No sea que me pase lo de Doña Filipita. Desde que había quedado solita mi mamá se preocupaba por ella. Se asomó a la pirca y le gritó: “Siento olor a quemado, Doña Filipita”. “A las carnes ha de llegar, Doña Emita”, contestó sin inmutarse la vecina y siguió pelando papas de espaldas al brasero que ya había empezado a chamuscarle la orilla de su larga falda. Los gritos no se hicieron esperar. Poco antes del conato de incendio, mi madre había ido a verla porque la oíamos llorar: Ahí la encontró sentada en el suelo en el fondo del patio lamentando la muerte de su hombre: “El marido es el único que le ve sus cositas a uno”. Si las llamas del caldero apenas le lamieron las carnes, no pasó lo mismo con el fuego del amor que fue lo que consumió su vida. Llegó la hija que hacía una década se la habían llevado a Santiago de doméstica y tan eufórica estaba de volver a ver a su anciana madre que la levantó en vilos y la abrazó tanto y con tamaña fuerza que le quebró unos cuantos de los huesitos fragilizados por algo que después supimos se llamaba osteoporosis. En la leyenda del barrio quedó grabada como advertencia la frase “el abrazo de la Filipita”.

Y así eran las casas y las cosas en esos barrios. Por lo general una pirca era todo lo que nos separaba. Fácil hablar con la gente, compartir las escasas bonanzas de comida, saber qué evento extraordinario los afligía o los alegraba. Pero esos son otros cuentos y el que quiero contarte ahora tiene que ver con mis vecinos de enfrente.

Quizás estaban recién casados cuando llegaron a vivir justo frente a mi casa. “Canadienses de pura cepa”, delgados, bien vestidos, inglés y francés impecable, sin un rastrojo de acento. No sé si trabajan para el gobierno o la empresa privada pero salen todos los días muy temprano, cada uno en su coche. El primer embarazo no se hizo esperar y el niño salió justo cuando tenía que llegar. La niña a los tres años ni un día más ni uno menos del tiempo de espera que recomiendan los psicólogos entre hijos para evitar celos y dejar que los padres les den la debida atención. La casa sufrió una transformación en forma de ampliación conmensurable con las necesidades de la familia. Asombroso ver crecer a esos niños sin saltarse ni una etapa. Ella linda y rubia: ballet, natación, patinaje; él, hockey y béisbol en su masculinidad incipiente —cada uno con su iPhone desde los siete años. Los padres se ven tan igual como cuando llegaron, aunque te confieso que nunca los he visto de cerca, ni siquiera podría reconocerlos en un grupo y ni qué decir en una multitud. Les puse “los perfectos” cuando vi cómo iban creciendo las plantas que pusieron a ambos lados de la puerta de calle. Al igual que el césped donde ninguna brizna estaba fuera de lugar, esas hermosas plantas mantenían su forma perfecta. Se las arreglaban para echar la misma cantidad de hojas cada una para no causar asimetrías impropias, mientras la mía disparaba sus ramas a diestra y siniestra hasta que el fin tiró la esponja. Y no por falta de agua te lo aseguro, porque podías ver la pocita siempre llena alrededor de las raíces.

Hace dos semanas mientras me hacía mi café de la mañana llegaron los paramédicos y al rato salieron con la mujer en una camilla. La hija estaba con ella por suerte, con su iPhone en la mano. Son transgresiones que mandan al carajo todo tu equilibrio cuando se desordena el mundo. Me tenían en suspenso y por supuesto no la vi llegar. Hoy todo volvió a la normalidad y por fin respiro tranquila otra vez. La vi salir esta mañana a la hora del trabajo en un coche flamante. Bien vestida, bien maquillada.

Naranja dulce limón partido, dame un abrazo que yo te pido.
Si fueran falsos mis juramentos en otros tiempos se olvidarán.

No tengo idea qué habrá causado el quiebre físico, pero a estas alturas aprecio mi tranquilidad de espíritu y quiero seguir haciendo mi vida, sabiendo que la de ellos sigue su curso perfecto y que un coche nuevo no es nada para hacerse perdonar por una canita al aire.