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Prosa
Los herederos II. El consorcio de Dios (inicio)
Jorge Etcheverry Arcaya

Los luctuosos sucesos afortunadamente habían pasado a segunda plana. Una reacomodación de facciones en uno de los países rectores del medio oriente, con las consiguientes masacres y atentados suicidas ocupaba el lugar preferencial tanto en las noticias como en las preocupaciones de los centros de poder. El público en general no sabe la cantidad de medios que se alistan entre bastidores, la cantidad de atención, de horas hombre, de recursos económicos, humanos y materiales. Ni siquiera yo estoy segura de las ramificaciones que esto va a tener aquí mismo, entre nosotros, en las oficinas públicas e instalaciones privadas de todos los departamentos de alguna manera involucrados, indirectamente de nosotros mismos. Pero la doctora Alvarado trataba de que estos pensamiento, mejor ocurrencias no se dejaran ver en expresión, en el cambio de su paso que se hacía más rápido cuando estaba preocupada por algo, pensando en algo. Salió de su oficina y caminó por el pasillo, de un suave gris y cuyo piso amortiguaba sus cortos pasos livianos de mujer chica. La calle estaba gris, lluviosa, un tenue olor a desinfectantes, a procesamiento de desechos que se filtraba desde las plantas subterráneas, no tan agudo como el de las cloacas parisinas de hace unos años, que se dejaba notar cuando uno pasaba cerca de las tapas de concreto redondas en los bulevares soleados y frecuentados por los innumerables tours venidos de todo el mundo, custodiados por esos hombres jóvenes, algunos de ellos, que trataban de no hacerse notar pero siempre identificables para el ojo atento y quizás experimentado, que a veces parecían casi hermanos, pero en general había más bien una vaga familiaridad, cuando ella, como una turista de mediana edad, flaca y chica mantenía la mirada fija inventariando el comportamiento, el aspecto de esos clones, ese ojo experimentado que era ella, la doctora Alvarado, ahora indispensable para las altas esferas no mencionables, por su capacidad experta en clones y por su rumoreada influencia sobre éstos, cuya indeterminable pero real organización clandestina había quedado de manifiesto hace un tiempo. Iba saliendo por esa puerta poco llamativa para el transeúnte cuando sus oídos parecieron taparse y se sintió suspendida en el aire y después nada.

“Parece que está volviendo. El pulso se le está normalizando”, el más joven se quedó esperando la respuesta del otro, más viejo y sin mascarilla ni delantal, de terno gris y gafas oscuras. No negras, pero lo suficientemente oscuras como para que el observador inquisitivo no pudiera ver la expresión de los ojos, un par de vagas oquedades más oscuras en el rostro cetrino y anguloso, de pómulos salientes y edad indescifrable. Pero el hombre más viejo le estaba indicando que saliera, que lo esperara en el pasillo, en un ademán sorprendentemente ágil para su cuerpo rechoncho, de un hombre maduro de los que uno ve todos los días, a toda hora. La doctora Alvarado mantuvo los ojos entrecerrados para fingir que todavía no estaba volviendo. Pero se sentía como que se estuviera deslizando por un tobogán, o montada sobre un caballo en un carrusel que girara a toda velocidad pero manteniéndose inmóvil. Sentía ganas de vomitar que le subían implacablemente desde la boca del estómago a la garganta. Pero trató de mantener su cara impávida, pese a las contracciones que le aparecían al borde los labios cuando estaba nerviosa. El hombre la examinó unos instantes. Luego de unos segundos se sentó, dándole la espalda, con un suspiro de resignación, en una silla metálica que daba a una ventana cubierta con una rejilla, por la que trataba de ver el gris paisaje de techos y muros, resignándose a una espera que—quizás—suponía larga.

El atentado—o autoatentado como lo calificaban ya a algunas horas las redes virtuales antisistema o prootro sistema, o sistemas, más recónditos y amenazantes que las primeras, que como arañas se refugian en las teorías conspirativas. Las técnicas de reconstrucción tisular no estaban cubiertas por los seguros de salud fiscales pero facultativos y laboratoristas, clínicas privadas a que 1+1 se había acercado por interpósito solo estaban muy felices de poder contribuir más o menos fuera de la mirada pública a la pronta rehabilitación de la doctora Alvarado, por el prestigio científico de nombre o su posición en una trama o encrucijada institucional más conjetura que real, pero para muchos, incluso cercanos a las ruedecillas de los mecanismos del poder, ominosa en su poder potencial aunque a veces muy concreto.

En los círculos decisores, no siempre análogos al poder aparente, era un secreto a voces: “la doctora Alvarado es la única que conoce los teje y manejes, fue un error dejar en manos de esa mujer la dirección real del proyecto”, dijo uno de los asistentes en su inglés imperfecto. No había traductores ni intérpretes, no había mecanismos de registro, ni secretarias de piernas largas. Los asistentes no tomaban notas. “Teníamos que haber anticipado las consecuencias, una mujer latina de antecedentes políticos inciertos, cuya vida escolar y académica había sido apoyada por eso mismo, por la gratitud de una persona del margen a que se le da la oportunidad de ejercitar su inteligencia y capacidad experta en un proyecto de este tipo se suponía que debiera haber estado agradecida, llegar a una situación que para millones de mujeres de minorías sería un sueño…”. Un hombre de mucha edad, que mostraba en sus tirantes facciones innumerables intervenciones quirúrgicas de cirugía plástica, y que muchos reconocerían por haberlo visto en los medios, o en las redes alternativas, ligado a Davos, los Illuminati, incluso a los extraterrestres zoomorfos que en su vida privada vuelven a su forma de reptiles, citado como colega y compañero de Rothschild en su administración secreta del mundo, dijo que asumir estereotipos era siempre peligroso, que no habían contado con una potencial solidaridad con los otros sectores que podría percibir en este sistema, que digámoslo de frente, margina y discrimina, había sido una ligereza imperdonable, ¿Quién más tenía el completo conocimiento de la genética y psicología de los clones, quién conocía al dedillo sus organizaciones seminales?. Nosotros nos dedicamos a explotar esos conocimientos, como buenos capitalistas que somos, "Ya estamos cansados de su sociología, de sus experimentos políticos, de su financiamiento a universidades y movimientos progresistas, que en el fondo crean más problemas que soluciones, que no ayudan a la estabilidad en que todos estamos interesados”, a lo que el hombre respondió, mientras limpiaba sus anteojos con un clínex y sin levantar la voz, “ya sé que de alguna manera usted expresa la opinión de una gran potencia, venida un poco a menos y todavía envuelta en una especie de guerra fría que es, permítame decirles, absolutamente obsoleta. Estoy al tanto de sus experimentos—no suyos, claro está—para darle una función militar a los clones—como carne de cañón, seamos claros. Allá usted, déles formación y experiencia militar, pero no crea que en algún momento no van a ser el blowback más grande de la historia, que yo ya no estaré en condiciones de ver. Venir aquí me va a significar una semana de descanso, de reconstitución, ya estoy cerca de los cien años, si no fuera por las investigaciones laterales de la doctora Alvarado en tisología yo no estaría aquí, y puedo decir que yo sí sé que conozco la historia, porque la he vivido, y no necesito sueldo ni cargos de ningún país por más importante que sea…”.

Un hombre todavía muy bien parecido y persona influyente por su pasado como líder de unos de los países industrializados y más estables, dicho sea de paso, se levantó, hizo pesar su imponente físico acostumbrado a los medios y a las más diversas audiencias, y llamó a la reflexión y la calma. Añadió un elemento hasta ahora ausente, en una táctica que en su vida política siempre le había dado resultado: “pero lo que debe preocuparnos no son los clones, que como todo colectivo tienen que tener su parte estadística de disidencia y eso no lo vamos a arreglar ni ustedes no yo, no aquí ni en ninguna otra parte, lo podemos controlar claro, tenemos los medios. Pero el problema es otro, el de los mutantes, y ahí, la doctora Alvarado puede tener hipótesis pero nada más, y ya no hay mucho más que se puede sacar de lo que dejó Leech. Mi país ha sido hasta ahora el que menos provecho a sacado de los clones. Es el territorio en que sus condiciones de vida son las mejores—aparte de algunos países nórdicos—porque sabemos históricamente que la integración es mejor que la segregación y los resultados están a la vista. Pero pienso que son ellos, los que nos tienen que preocupar, los mutantes, cuya existencia nadie puede negar, así como su contacto con algunos clones descontentos y quizás, con algunos sapiens, pero de cuyos motivos—aparte de su supervivencia, y eso es natural en todo ser vivo—y su sicología, no tenemos la menor idea. La única persona experta en la sicología y sociabilidad de una especie hasta cierto punto no humana, aunque provenga de nuestros genes, es la doctora Alvarado. Propongo su inmediata libertad y que se pongan s su disposición medios, instalaciones y personal ilimitados para que se embarque en este nuevo proyecto”.

El silencio que siguió a esta intervención fue ominoso. El hombre que había intervenido antes, se levantó con esfuerzo de su silla, “voy a manifestar mi aprobación con un gesto muy viejo, que un mandamás soviético, uno de los últimos utilizó alguna vez con otros propósitos, hace mucho, y que ustedes recordarán”. Se volvió a sentar, se agachó, sacó un zapato y golpeó repetidamente en su escritorio. El registro de esta sesión lo guardó un trabajador que horas antes había estado limpiando los conductos de aire acondicionado, que se había quedado esperando varias horas comiendo crakers y tomando agua embotellada, agazapado como gato.

Se detuvo un instante, la mirada baja, pero las fosas nasales dilatadas, aparentando estar ensimismado en su Ipod, como otros cuantos que se cobijaban del sol bajo la saliente del edificio, como el con sus anteojos negros y la tersura de sus caras revelaba el uso de los bloqueadores—como él, que no los necesitaba. Sus fosas nasales recogían las feronomas de los abundantes transeúntes, niñas de falda minúscula, de piernas brillantes y tatuadas, el olor de los bloqueadores que se suponía amortiguaban los mortíferos rayos solares. Los efectos de la administración Trump todavía se dejaban sentir. Las jornadas de trabajo se habían adaptado, sobre todo en verano, a las de máxima exposición a los rayos solares. La vida de las ciudades empezaba con el crepúsculo. Él trataba de identificar a los otros, que sabía disimulados como él entre las multitudes, irreconocibles en sus atuendos que eran otros tantos disfraces. El acre olor de los ocasionales clones hería su olfato a veces, pero no el distinguible aroma de los semejantes, la excitación inmediata de la cercanía de las hembras de la nueva especie—una mezcla de excitación sexual y reflejos defensivos. Otro día más infructuoso. De los cientos de transeúntes, un par de clones, pero no un semejante. Desalentado guardó su pantalla y se dirigió con su paso rápido a la guarida. Un señor flaco, de cabello casi blanco y de edad imprecisa que se alejaba buscando una estación del metro.