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Prosa
Universo de espejos
Jorge Etcheverry

Universo de espejos

Ninguna poza de agua o de líquido o metal que refleja ha bastado nunca para devolverme mi imagen con plenitud. Por eso ya en los albores de mi existencia—ahora nuestra—y después de un breve periodo de introspección que no registran ni mis anales ni los nuestros, me dediqué a dos tareas. Cada día el sol me devolvía con el precioso sentido de la vista el mundo y mis reflejos. Pero quedaba la noche, que borra las imágenes y cierra los párpados. Entonces descubrí en el sueño que las superficies reflejantes ya sean naturales o fruto de nuestra mano no son lo único. Ya sea si los sueños se llenan de imágenes—como nos pasa a la mayoría de nosotros. O de palabras incorpóreas. O de una combinación de las dos, mi propia cabeza, el cerebro mismo que se encuentra encerrado entre las paredes del cráneo es todo un universo de espejos. El ejercicio de la escritura me ha dado nuevos placeres circulares. Mi imagen me sale al encuentro desde la caligrafía y la tipografía. Me corrobora. En algún instante de nuestra larga y múltiple existencia—sin embargo siempre igual a sí misma—pensé equivocado que yo era creación de un dios o de unos dioses a su imagen y semejanza. Y no hace ni dos siglos un hombre barbudo en Alemania dio vuelta las cosas al revés y me dijo que ellos eran más bien mi producto y mi reflejo. Y ahora sueño a los dioses, los celebro, les edifico templos, los describo con palabras o les doy concreción acudiendo a todos los materiales, a todas las técnicas. Pretendo venerarlos. Pero en el fondo todos sabemos que ellos son los que nos reflejan a nosotros. Nos devuelven nuestra propia imagen. Ahora nos levantamos con alivio cada mañana después de soñar sueños cosmogónicos o muy particularizados. Con el placer de reconocerme en el espejo del cuarto de baño me lavo los dientes, me afeito, me peino cuidadosamente, me visto con una armonía rayana en lo que los franceses llamaban rebuscamiento y nos lanzamos entonces a recorrer las calles de nuestras megápolis cada vez más cristalinas, en que escaparates, puertas giratorias y miles de superficies relucientes y lisas me devuelven una y otra vez nuestra propia imagen.
Nos afirmas que ya nos adorábamos en los tiempos de Altamira y Lascaux. Pero recién ahora, en los últimos siglos, y con bastantes problemas, ires y venires, estamos empezando a contemplarnos con un poco de distancia reflexiva—¿ somos de alguna manera esos pájaros que revolotean allá arriba? —¿o que cantan en la alborada, despabilando al mundo, nuestra morada y reflejo? —¿estamos embebidos en nosotros mismos desde que se nos abrió esa flor carnosa y gris al interior del cráneo?. Los animales cuya morfología y señas compartimos sólo se acercan al abrevadero para beber agua, incólumes e inocentes ante su propia imagen que los saluda desde el mundo inverso de las aguas. No así nosotros que nos venimos al encuentro desde esa misma vitrina de la que hablábamos antes. Miremos ahora hacia los espacios siderales y busquémonos para así incorporar al cosmos como broche de oro para esta interminable farándula de espejos.