Un cacho de romanticismo
Natalia Crespo
La olla de tapa roja tiene el tornillo del medio completamente torcido. Es una olla que pertenecía a Renata, la abuela paterna de Eduardo, la casada con el alcalde piamontés, la bien casada. Renata, se decía en la familia, había llegado a la Argentina escapando de la hambruna de Sicilia, con sus padres analfabetos y pobres, y sus hermanos igualmente pobres y aún más analfabetos que los padres. Pero había tenido la fortuna de encontrar a Giovannin, quien en ese momento era un soltero de cuarenta y cinco años codiciado por todas las mujeres del barrio justamente por eso, por haberse mantenido soltero hasta los cuarenta y cinco. Con una Argentina pujante y el mentado vigor inmigrante, Giovannin se había hecho una pequeña fortuna que lo hacía aun más codiciable. Qué suerte había tenido Renata Racucci, siciliana analfabeta y pobre, al haber sido desposada por Giovanni Dante, piamontés, letrado y rico.
La olla de la nona Nata estaba por rebalsar. Marisa veía, desde su puesto de peladora de papas en la mesa, cómo la espuma de la espinaca llegaba a su punto de hervor, emergía como lava verde por sobre los bordes de la olla, chasqueaba sobre el fuego azul de la hornalla, se convertía rápido, rapidísimo, en ese pegote marrón tan indeseado. Por suerte había comprado ese producto tóxico para limpiar hornos y hornallas, así que podía quedarse sentada unos segundos más, terminar prolijamente esa larga rebanada de cáscara de papas, y luego pararse despacio, sin correr, sin que se le desajustaran los puntos de la episiotomía, hasta la hornalla ennegrecida, destapar la olla, apagar el fuego, correr la cacerola de lugar, apaciguar el volcán.
El ano le ardía. La vagina también. Toda la zona, bah, toda la entrepierna y los glúteos y la base de la espalda le tiraban. Pero eso sería sólo los tres primeros días. De hecho, hoy que era el segundo estaba más aliviada. Las ocho y cuarto. Las ocho y cuarto y las milanesas que se había olvidado de comprar. A las y media cierra el mercado. Bajar, bajar rápido, aunque fuera en pantuflas y con esa crema que se había puesto en los pezones para que la sangre cediera y diera paso a la leche. Pero ¿y Lucía? ¿Y Lucía que dormía tan plácidamente? A las nueve y cuarto estaría llegando Eduardo y ella no había comprado las milanesas y la nena dormía y el mercado cerraba y las papas a medio pelar. Qué desorganizada. Tenía que mentalizarse de que ahora con la nena y la casa y sin trabajar, toda la manutención del hogar recayendo sobre Eduardo, lo que debía hacer ella era ser organizada. Lo menos. Or-ga-ni-zar-se. Or-ga-ni-zar…
De pronto le entró un ataque de pánico. Hoy era martes y todos los martes en el puente Avellaneda desde hacía unos meses hacían piquete. Y con el piquete quemaban gomas. Y con la quema de gomas el olor ese penetrante e insoportable, el humo entrando por todas las ventanas, el hollín depositándose sobre los muebles recién lustrados y, lo que es peor, entrando para no salir por los pulmones frágiles, esponjosos, relucientes de la bebé. Corrió a cerrar las ventanas del cuarto donde dormía Lucía. Estaban cerradas ya. Corrió entonces al baño a cerrar el ventilete del contraluz. Daba trabajo, como era antiguo el mecanismo ya no ajustaba bien y no había forma de evitar filtración de aire externo por los goznes de las tapas metálicas. Corrió al dormitorio del televisor. Las persianas estaban cerradas pero la ventana abierta y por entre las maderas se sentía –se escuchaba, se olía– el chiflete externo. Cerró los vidrios. Aun así, el burlete estaba viejo y la goma negra en los extremos se doblaba como el párpado de un dinosaurio dormilón. Las puertas del balcón estaban cerradas pero, como no tenía doble vidrio y en la zona sur de la provincia, por la cercanía al río, el viento soplaba más, el chiflete externo portador de hollín de neumáticos incinerados se colaría igualmente por los intersticios, imperceptibles pero presentes, invulnerables. Marisa sintió una enorme frustración. Ya tenía el olor pegado a las fosas nasales. Pronto dejaría de sentirlo y ese sería el peor síntoma: el principio del acostumbramiento. Ella lo aguantaba pero ¿y la nena? ¿la nena tan bebé recién nacida con olor a leche y a pañales y oliendo a neumático incinerado? Qué país de mierda, Eduardo tenía razón, había que irse, irse, irse lejos, a la mierda. Decidió que lo mejor era quedarse cerca del moisés y testear, testear en todo momento el chiflete en la pieza donde dormía Lucía. Si escuchaba el zumbido espantoso o si olía el olor espantoso correría cuidadosamente el moisés hacia el living, que para algo era un moisés con rueditas. Se le hacía a ella que cerca de la estufa, por el calor emanado por el aparato, los olores y la contaminación se aminorarían. Estaba segura de que Eduardo podría darle una explicación racional a este fenómeno, que de seguro tenía explicación, pero ella qué cabeza hueca para la ciencia, nunca había entendido una mierda de eso de los catones y los iones, con lo bien que le vendría ahora ese conocimiento para medir mejor el lugar de la casa donde mover el moisés.
Entró en puntillas en la habitación a oscuras. Sólo la luz tenue de una vela eléctrica daba resplandor a la carita de Lucía. El resto eran penumbras. Se sentó en la cama. Contempló el perfil perfecto de la recién nacida. Eso no era una nariz, era la insinuación delicada de una nariz, dos puntitos circulares y equidistantes, perfectos. Sólo se escuchaba el ronquido adormecedor de Lucía. Ni rastros del chiflete externo.
Se olvidó del tiempo observando los pies de la bebé. Qué flexibles eran. Lucía aún conservaba la posición fetal: cruzadas las piernas, las rodillas tocando la panza, los pies completamente entrecruzados, paralelos, enormes en proporción con las pantorrillas. Y están descubiertos, eso era grave y era grave que ella se hubiera descuidado de ese modo, y era grave que recién ahora, luego de unos minutos de haber entrado al cuarto, se estuviera dando cuenta de esa desnudez, del potencial resfrío, qué descuido de su parte, cuánta inexperiencia, como haría para sobrellevar tanta inexperiencia materna, pobre hija querida. Los tapó, los iba a tapar, estaba a punto, pero necesitó súbitamente contemplarlos por un rato más. La frazada era tan suave y liviana que Marisa logró tapar esos pies sin que Lucía se percatara. Luego se acostó al lado del moisés, para estudiar la escena desde otro ángulo.
La despertó el ruido de las llaves contra el vidrio de la mesa de luz. El llavero múltiple y pesado de Eduardo. Se sobresaltó. Había que tener cuidado al apoyar cosas sobre el vidrio, uno tan acostumbrado a muebles de madera no se fijaba que ahora, para que las carpetitas se plancharan y no se movieran de lugar, había vidrios sobre todas y cada una de las mesas, mesitas, cómodas, estanterías. Verificó casi por instinto que el vidrio no estuviera rajado. No, por suerte no lo estaba. Sintió una picazón en la entrepierna, luego un dolor intenso.
— Vine al palo— dijo él y terminó de hundirle el pito pegajoso y erecto en el ano. —No quiero lastimarte la episiotomía— aclaró entre sacudón y sacudón. Marisa terminó súbitamente de despertarse. ¿Qué hora era? Buscó el reloj con las manos, pero sólo tanteó el metal frío de las llaves. Qué hora era, por dios, necesitaba saber ya mismo qué hora era.
— Si no te quedás quieta no acabo más, mamita— dijo Eduardo con el tono cansado de quien ha explicado a una niña lo mismo una y cien veces.
— ¿Qué hora es? — se quejó Marisa.
— Sí, ya sé, se me hizo tarde, pero no te preocupes que ya cené. Igual, me figuro que de las milanesas te olvidaste. Sólo pensás en la nena, en la nena y en vos misma.
— Qué hora es— repitió Marisa casi exasperada, más como un reclamo que como una pregunta. La hornalla, pensó, la espuma verde de la espinaca recocida sobre la hornalla completamente mojada y con el gas aún prendido, el chiflete externo, el hollín, las gomas quemadas. Se imaginó el gas prendido saliendo incansablemente, invisible, en esa casa toda cerrada para evitar el olor a neumático del piquete del puente Avellaneda y la nena, dios mío, la nena, la nena ¿Qué aire está respirando esa nena?
La episiotomía le dio de golpe un tirón, le ardió. ¿Cuánto tiempo había dormido con la hornalla todavía prendida? ¿Y la nena aún dormía? ¿Dónde estaba el moisés, por qué no lo veía?
— Qué hora es — mugió Marisa casi enojada.
¡Pero carajo! ¡Uno no se puede echar un polvo tranquilo sin que lo bajen a pelotudeces tan terrenales! ¡Tené un cacho de romanticismo alguna vez!