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De Sicilia he tomado un barco hacia Túnez. Me dejo llevar por los colores de las olas. El mar y la espuma me convocan a la apatía del cerúleo cielo. El sur me traga, me atrae hasta convocarme a África. Como si el azúcar del mar fuera un relevo a mi prisa, a mi deseo de conocimiento. Mas el ruido de las gaviotas, y sobre todo de esos barcos mercantes que cortan el mar casi en ruinas, me recuerda mi objetivo. Debo iniciar mi reportaje periodístico sobre los sitios geográficos que visitó Ulises en la Odisea. Y debo iniciar precisamente con la playa de los comedores de Loto. Ésta, si hago caso de las investigaciones arqueológicas e históricas de un cierto Víctor Bérard, se encuentra en Djerba, al sur de lo que alguna vez fue la temible Carrago. Débil, bajo de la nave en un puerto bello. Debe ser la ciudad de Túnez. Paso dos días tomando té de menta en la vieja medina y hasta en las calles arabo-francesas del segundo imperio. Mi conciencia me indica que es hora de trabajar; me están financiando. Al tercer día, después de desayunar tomo un autobús rumbo a Cabo Bueno. Llego a un caótico puerto turístico y ahí pido a un viejo que me lleve a Djerba. Insiste en no poder llevarme tan lejos en una barca tan pequeña. Le ofrezco una buena cantidad de dinero. Viajamos por horas en un mar tranquilo. Rodeamos la costa sin jamás alejarnos demasiado. El viejo me da de beber agua. Al crepúsculo nos acercamos poco a poco a la ribera. -¿Dónde estamos? ¿Es Djerba? -Casi, estamos cerca, primero vamos a mi pueblo. Ahí descansamos y mañana lo llevo. Con el motor a toda marcha nos acercamos a tierra firme. Apenas si hay playa. El viejo rápido lanza una cuerda, como un ancla, que se ata a piedras. Así tirando, acerca la barca al rústico puerto. Baja ágil. Enseguida me extiende la mano. Desconcertado, la recibo. -Por aquí, dice el viejo, tenemos que subir todo el acantilado por esas escaleras de piedra, hasta la cima de la montaña. -Está bien, sólo necesito más agua. Cada escalón está cubierto de maleza y un sinnúmero de hormigas. Con el tiempo opto por hacer repetidas pausas. El viejo sube con una agilidad excelsa. Llegamos a un pueblo azul y blanco, donde las casas se ordenan en vertical, de lo más alto a lo más bajo del cerro. Aquí cada escalinata lleva a una puerta con formas y motivos distintos, una con estrellas, otras con biombos, algunas con cuadros. -Espéreme en la plaza. Siga derecho y ahí la encuentra. Enseguida regreso. Voy a comprar agua -me dice el viejo. Se aleja caminando por la calle. Lo acompaño con la mirada hasta que se pierde. Sólo entonces veo bajo la colina. Somnolea el mar verde, quieto y al fondo, como dos manos que se juntan, se asoma el doble pico de una montaña, de la montaña que había visto desde la barca. ¿Qué lugar es éste? Busco algún habitante, la voz de algún informante. Poco a poco me doy cuenta de que si no estoy solo, por lo menos todos los habitantes se han encerrado. Conforme camino observo buganvilias, enredaderas en los muros, árboles de naranjo y limoneros. Insisto en encontrar a alguien. Inútil. Una paloma, después otra, una lechuza y varios pájaros distintos comienzan a aparecer en las azoteas, por los patios de las casas y aún más se posan en los árboles, después en la calle. Los observo curioso y sigo el adoquín sin saber a dónde me llevará. En ese mini camino empedrado no circula nada. Empiezo a escuchar un canto. Miro a lo alto, por encima de las blancas y azules casas. Descubro un minarete. El canto es una invitación a la oración. La mezquita parece cercana. Me apresuro por un sendero tortuoso. No veo a nadie. Es como si el imán fuese sólo una voz y tuviera el objetivo de sólo invitar a la oración como una repetición obligada, promovida para evitar el olvido. Opto por buscar al viejo; me esperaría en la plaza. ¿Cuál? Regreso al entrecruce de buganvilias. Sigo de nuevo el adoquín; sin caminar mucho encuentro la pequeña plaza. Espero al viejo en una de las sillas. Desaparece poco a poco el sol; los faroles de las calles se iluminan. Oigo el rumor y ruido de personas que caminan junto a mí. Mas, no veo a nadie. Son voces entremezcladas en torno al trote de pisadas, al llanto de un niño y hasta a risas de jóvenes. Pero ¿dónde está la gente? El imám recita ahora versículos del Corán. La luz está casi extinta. Las voces aumentan y hasta se oye el sonido de una televisión. Un gran escalofrío recorre mi cuerpo. Como si todas estas voces me estuvieran rodeando. Miro, atisbo en derredor, nada, nadie. Me levanto para huir, regresar al mar. En eso veo la figura del viejo. Sube una colina rumbo a la plaza, con pasos acompasados. Carga un bulto en la espalda. Me ve y sonríe. Por fin llega junto a mí. -Hola, disculpe el retraso, mi sobrina me hizo un encargo. Tuve que ir a comprar algunas cosas; en fin, aquí estoy. Vamos, joven, vamos a la casa para que conozca a la familia. -¿Y toda la gente? ¿Y este ruido? -¿Cuál? -¿Cómo cuál?, el de estas voces, parece como si la plaza estuviera llena, pero no veo a nadie y no he visto a nadie en el puerto. -Ah, es porque no hay nadie en el puerto. Por las voces ya se acostumbrará, todos nos acostumbramos a oír las voces del pasado. -¿Las voces del pasado? ¿Quiénes son estas personas? ¿Por qué no las veo? -Ya están muertos señor, a los muertos uno ya no los puede ver, sólo si está uno muerto, como ellos. Vámonos, me espera mi mujer. Desconcertado y temeroso sigo al hombre. Nos acercamos a una de esas puertas, con la figura de una cúpula persa. Azul, figuraban estrellas y ojos. Los ojos formados con clavos. -Entre por favor, entre. Ingreso a un patio andaluz. La fuente en medio y los arcos mozárabes así lo indican; una duela de mosaicos, de ilustradas imágenes multicolores descubre un gran espacio. A la entrada en una silla morisca cubierta por una tela descansa una mujer. Le cubre la cabeza un velo verde. Porta un vestido con motivos amarillos. -Que la paz esté con usted, -pronuncio. -Que la paz esté con usted también, -responde seca. -¿Quién es?, -inquiere la dama al viejo. -Un amigo. -Le presento a mi cuñada, joven, Mounia. -Mucho gusto. ' Pasamos a otro arco de piedra, de una cantera carmesí. Ahí en una duela de mosaicos grisáceos y viejos se alza un naranjo, un árbol de jazmines y varios higueros. Junto a uno de ellos veo una jaula de pájaro, inmensa, blanca, con la misma forma de las puertas del pueblo, es decir el de una cúpula persa. Sólo que dentro está encerrada una muchacha de unos 25 años. Me llaman la atención sus ojos color ámbar, su largo cabello negro y liso, como si lo peinara muchas veces al día. Me atrae su bello rostro. Esbelta, está sentada y porta una camisa y pantalones negros. Recibe un collar de manos de su tío. -¿Por qué está en la jaula?, -pregunto absorto.-Sepa nada más que así es libre. -¿Cómo? -Sí, en la jaula está libre. -¿Pero, qué no es lo contrario? ¡La jaula es una prisión! -No, porque mi sobrina no es un pájaro. Y la jaula es un símbolo de la libertad en este pueblo. Pero, pásale por aquí. Me sienta en una estancia repleta de alfombras de diversos colores. Una multitud de espejos en rectángulos me rodean. Después de tomar el té mi anfitrión me invita a descansar. Más tarde cenamos, me asegura. Se retira a uno de los tantos cuartos de la casa. Yo, salgo y me siento en uno de los sofás dispuestos en el patio. Ahí, contemplo sin pudor a la joven en la jaula. Desde arriba de la casa, en un segundo piso, varios ojos me husmean. Se esconden tras falsos muros que dan al patio; son en realidad grandes ventanas azules en forma de arcos omeyas. Los ojos husmean mis pies, mis manos y cada uno de mis movimientos; de eso me enteré después. Cuento los minutos de la nueva noche. Sin dar señales de percatarse de mi presencia la muchacha balancea su cuerpo en la jaula, en su silla, como si rezara. Sus movimientos son lentos y monótonos, hechos con los ojos cerrados. Decido acercarme a ella. Abre los ojos y los fija en mí. -Que la paz esté con usted, -saludo. -Que la paz esté con usted también, -responde. -¿Por qué está aquí dentro?, -inquiero -Para que todos me vean, como usted. Confuso y no viendo a nadie en el patio, insisto: -¿Para verla, así, encerrada? -No estoy encerrada, esto no es una prisión, es una jaula de pájaro. -Una jaula es una prisión, señorita. -¡Usted está loco! Oigo voces que vienen desde arriba, voces de mujeres. -Lo han estado observando y escuchando todo este tiempo. Es mejor que se vaya a la sala o si no lo van a sacar de la casa, -afirma la joven. -¿Sólo dígame por qué está ahí dentro? -Señor, soy una imagen del pasado, de una muchacha ya muerta. Soy la hija de la señora que saludó a la entrada. Me metieron en esta jaula recién me asesinaron. Mi padre soñó con un marabú que le dijo que si me metía en la jaula de un ave me podrían ver él y mi familia todos los días. Así nunca me olvidarían, ni olvidarían mi cara, ni mis gestos, ni mi sonrisa, ni mi voz. -Locuras. A ti te tienen encerrada como un animal, exclamo. Con un impulso ciego tomo una de las piedras del jardín y comienzo a golpear el candado de la jaula. Las persianas falsas del segundo piso se abren. Varias mujeres gritan. Bajan las escaleras llorando. El viejo sale de otro cuarto, también del segundo piso. Las mujeres lloran, lloran, rasgándose el rostro. El candado cede. Abro la puerta de la jaula. Le extiendo la mano a la muchacha; ésta sale con miedo. Enseguida, frente a mí, se convierte en ave. La lechuza escapa volando por encima de mí. La recién llegada luna me absorbe los dientes, me hiela el aliento y empuja mis manos a frotar la jaula. Todavía no doy crédito a lo sucedido. Miro hacia el cielo, por las palmeras, no veo al ave. Trato de recordar a la muchacha. Su imagen se ha desvanecido. El viejo mira la jaula vacía y enseguida a mí. Comienza a injuriarme.-No te creí capaz, ¡Tú, mi huésped, me traicionas así! ¿Qué te hice para que violaras las leyes de mi casa? ¿Qué querías de esa joven? ¿Eh? ¡Dime! -Sólo quería liberarla. -¿Liberarla?, ¿liberarla, idiota? ¿No te dije que en la jaula estaba libre?-Es absurdo cómo una muchacha encerrada en una jaula podía ser libre. -Libre del olvido, del olvido. |
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