Prosa
El Necronomicón
por Arturo Méndez-Roca


El manuscrito del Necronomicón, que sería conocimiento o saber de lo oscuro, fue un encargo que me hizo don Ibrahim Nehme, dueño de la mejor, aunque no muy grande, bodega de frutos del país de la provincia del Maule, y de unos terrenos preciosos cerca de Coipué, donde se puede encontrar a mi entender la mejor greda de Chile. Mi amiga de ese entonces, Phyllis, con quien andaba visitando el país y a quien esperaba presentar a lo que queda de mi familia, era muy aficionada a la cerámica y sabía lo que estaba diciendo. Yo había realizado esa visita al terminar mi recorrido por el Sur, antes de volver a Santiago para de ahí proceder al puerto de Coquimbo y después a Punitaqui, a visitar al poeta Bernardo Araya, ya fallecido hace un par de años y a quien conocí en mis lejanos días de estudiante de Castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, instituciones ambas que no sé si todavía existen. En esa época recuerdo que ganó un premio de poesía en la Facultad bajo el seudónimo de Antares Bosquimano. Cuando alguien que no lo conocía le preguntaba su procedencia, solía responder “yo vengo de un pequeño pueblito del Norte cuya única industria es la muerte”.

Pero durante el último día de mi estadia, Don Ibrahim me pasó justo antes de partir ese manuscrito, de unas doscientas páginas, en una carpeta de cartón y amarrado con un elástico para que se lo llevara a Yusuf, uno de sus hijos que cuando el vino el golpe de estado de 1993 fue uno de los pocos, junto conmigo, que fueron aceptados en los Estados Unidos, y que más de una década después llegó por casualidad a la misma ciudad donde yo vivía en la Louisiana a terminar un doctorado en la universidad. Éramos muy amigos, me había dado el encargo de pasar a ver a su papá cuando fuera de visita a Chile. Mucho más joven que yo, ya que el golpe lo había sorprendido en la secundaria, cuando militaba en la juventud socialista y en la tendencia o fracción de Mayoneso* Altamirano pese a sus catorce años, Yusuf estaba estudiando un doctorado mixto en filología comparada y traducción y ya le habían aceptado para su tesis de doctorado la traducción al inglés de un manuscrito que su familia había traído al país cuando habían llegado del Líbano hacía tres generaciones. Sin darle mucha importancia, más bien como parte del paquete, porque cuando la gente se exila o emigra trata si puede de llevarse algunas cosas que garanticen o den la sensación de una especie de permanencia. Lo digo por experiencia propia. Nadie había ni siquiera tratado de leer ese manuscrito de pergamino, bastante bien preservado. Don Ibrahim hablaba un poco de árabe pero no lo leía y menos lo escribía. Además, de que, como supe más tarde por Yusuf, una vez de vuelta en Estados Unidos y cuando le hube entregado el Necronimikón,—νεκρονομικόv, ya que esa palabra en la primera página y tipo grande, estaba evidentemente en griego—, ese texto no sólo parecía estar cifrado, sino que estaba escrito en un árabe bastante arcaico. Pero como se pudo comprobar después (no yo, sino Yusuf) , si bien el árabe del manuscrito no era una de las variantes que se hablan hoy en día, no era tampoco tan tan antiguo, quizás un poco más de 500 años, más o menos por los tiempos del descubrimiento de América, y con algunos dejos de dialecto hispanoárabe, “una especie de romance con influencias del árabe y el hebreo” (José Víctor Llatse). Lo más sorprendente era que no se trataba de un manuscrito, sino que de las hojas sueltas de un libro al que le faltaban las tapas y los lomos y numerado muy posteriormente arriba a la derecha de cada página con numeración arábica, desde la página del título y lo que podrían llamarse los créditos hasta el final. Por el tipo de impresión es claro que no se trata de un incunable, es decir es posterior al 1500 de esta era, lo que corroboran algunos rasgos linguísticos y filológicos en que no me voy a extender en esta especie de prólogo y que también me fueron comunicados por Yusuf. Si bien mi manejo del español es obvio—viví en esa lengua por más de treinta años antes de venir a estos países y lo enseño, hablo y escribo constantemente—, y puedo leer y hablar inglés, francés, portugués e italiano, mi latín es rudimentario y sólo sé unas cuantas raíces griegas.

Es evidente que se trata de una obra impresa, y quizás una de las primeras con signos árabes, pero no de la primera, ya que en España se registra un libro impreso con esos tipos en 1505 (Arte para ligeramente saber la lengua arauiga, de Pedro de Alcalá). De ahí que no sea difícil suponer que algún ejemplar de este libro haya llegado alguna vez a manos de alguien que hubiera intentado una traducción a otros idiomas, y que haya sido leída por Lovecraft, que, muy versado en diversas ciencias de su época, conocía el latín, algo el griego y leía en español y francés. La carencia de lomo, cubierta y contratapa daba la clara idea de que esos accesorios, en la época muy abultados y poco manejables, habían sido descartados para mejor empacar (o esconder) el libro, cuya probable época y evidente rareza lo catalogaba indiscutiblemente como un libro muy valioso y que pese a no ser técnicamente un incunable, alcanzaría bastante buen precio si pasaba a formar parte de alguna biblioteca en una de las universidades americanas más opulentas, el que s vería multiplicado si se trataba de la obra que habría consultado (en traducción naturalmente) el ilustre hijo de Providence.

*Nota de edición

Carlos Altamirano fue en tiempos del gobierno de la Unidad Popular en Chile (1970-1973), y anteriormente durante varios años, el líder visible de la corriente de opinión más a la izquierda del Partido Socialista de Chile, conglomerado variopinto de prácticamente todas las tendencias posibles en el pensamiento izquierdista y marxista de la época. Sus enemigos de la derecha política y de la izquierda lo tildaron de Mayoneso, para indicar lo alocado de sus concepciones. En Chile, como en muchos lugares del mundo, el vulgo tilda de ‘loco’ a aquel cuyas ideas le parecen desmesuradas, extremas y extrañas, o atentan contra el consenso de las mayorías en cualquier orden de la vida política y cultural. Los populares ‘locos’ de Chile son en realidad una especie de abalones (quizás el mejor del mundo), que tiene como característica una extrema dureza, por lo que hay que golpearlos profusamente con un objeto contundente antes de cocerlos. Como antaño eso se hacía con los enfermos mentales, de ahí la transferencia semántica anafórica a ese delicioso molusco al que desgraciadamente en la actualidad los pesqueros japoneses han llevado al borde la extinción, como sucede con variadas especies marinas. Y cuyo modo favorito de preparar es con mayonesa.

 

 

 

 

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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Apr 15, 2008
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