Prosa
Que florezcan mil flores
por Arturo Méndez-Roca


                                                 VIII

 

Deirdre pensaba a menudo en el padre, las patillas mezclando el rojo y el blanco, en esa manera que tenía de caminar a la orilla del mar, lentamente, la alta figura encorvada, sumido quizás en sus meditaciones y sus recuerdos, el modo de llenar su pipa y prenderla, aspirar la primera bocanada del humo y quedarse luego mirando hacia adelante con sus acuosos ojos azules, en esa manera de quedarse mirando los sembrados con las manos en los bolsillos, al atardecer, de jugar con el perro, tirándole una vara ahorquillada que el animal recogía y venía a depositar a los pies grandes--el cuero de las botas parecía estallar--. Era como una ceremonia siempre igual a sí misma que manifestaba en el hecho o el deseo de la repetición de las estaciones, de los ciclos vitales, de todo, para no tener que salir de esa dulce modorra. Ella también tenía los pies grandes. Iglesias alguna vez se lo había mencionado ligeramente, en broma:

 

   "Deirdre, todo el mundo piensa que usted es perfecta"

 

le dijo, adoptando un aire serio en el salón, mientras sus manos jugaban con un vaso de anisado. Ella lo había mirado y había pensado:

 

  " Es que se me nota?".

 

Ella era siempre muy cuidadosa de no dejar entrever esa sensación de alivio casi que le había sobrevenido con la viudez, ese cosquilleo en el vientre, de excitación, por un futuro lleno de la posibilidad de libertades reales,( aunque supiera que nunca tendría el valor de aprovecharse de esa libertad) sin esa sombra suavemente odiosa y lasciva, ya que el señor Álvarez no había visto apaciguados sus ardores con la entrada en la madurez. Sólo el niño sabía, o al menos eso le parecía, o quería creer, cuando se la quedaba mirando desde lejos, nunca cuando retozaban juntos o caminaban por los jardines, o comían solos en el comedor, magnificados y aseñorados por las dimensiones de la sala y los pesados muebles de caoba. Nunca en los momentos en que lo besaba, bien arropadito en la cama luego de que rezaban juntos sus oraciones: "Con Dios me acuesto/ Con Dios me levanto /La Virgen María/ Me cubre con su manto....

Amén”

 

Ahora si ese doctorcito había descubierto su secreto era su culpa, por haberse dejado llevar por esas vagas conversaciones, por la aceptación de una visita a los pocos días de la muerte del finado en que ambos habían bromeado y se habían reído y el médico, que ahora por primera vez parecía más a sus anchas, pero de una manera tímida y discreta, le había confiado la infección que había acelerado la muerte del señor Álvarez en forma liviana, “el mal francés”, le había dicho, y ella se había reído, también en forma liviana. Y se paralizó expectante, ante la posibilidad de ver erguirse la acusación y el reconocimiento, dándole así una existencia efectiva, de ese pecado interior tan bien guardado durante tantos años, deteniéndose en el gesto de levantar delicadamente la infusión que bebía en la tacita de porcelana, mientras sostenía el platillo afelpado con confituras en la otra, sentada erguida y derecha en el taburete para lucir el talle, la línea firme y larga del cuello. Y el doctor le había dicho:

  "Apostaría que nadie nunca le ha dicho que tiene los pies grandes"

 

 Y había sentido furia y alivio y había despedido al médico pretextando cansancio y le había agradecido su visita en términos tan fríos como cordiales en esas desgraciadas circunstancias, en realidad diciendo este es el terreno en que te paras y no te quiero ni un centímetro más acá   ¿Entendido?. Y si, esa noche se había contemplado desnuda en el espejo del dormitorio conyugal que ahora ocupaba sin ser molestada por fantasmas y a todo lo ancho de la cama, y si, tenía los pies grandes, pero además tenía otras cosas y nunca nunca ese pobre joven moreno y taciturno iba a poder pasar más allá de la objetividad y distancia profesionales, en que uno es un conjunto de vísceras calientes y mecanismos de relojería, conectados por tubos que permiten la circulación de diversos líquidos--los humores--como decía su padre que había sido muy católico y muy orangista pero que cercana ya la muerte había intentado no ser más ninguna de las dos cosas sino un hombre práctico, un materialista, por primera vez en su vida. Pero nunca en el joven había habido una sola insinuación que fuera una especie de puesta de cartas sobre la mesa y quizás nunca la iba a haber, sólo esa preocupación por la salud de la familia, esos pequeños favores en el centro (en esta ciudad el centro es para los que viven en las afueras poco menos que inaccesible y ella nunca aprendió a conducir porque el hombre es el que conduce y ella no iba por lo demás casi a ninguna parte).

 

Esos súbitos rubores y la bajada de los ojos hacia las manos o lo que tuviera en ellas eran una característica de las conversaciones--siempre ocasionales y de pasada--que el joven mantenía con ella, además de sus repentinos rubores de los que no parecía darse cuenta. Una vez él había avanzado un paso dentro del territorio prohibido, cuando el marido yacía ya en su lecho de enfermo y se veía venir el desenlace, ella al menos lo veía venir pero se sumaba al coro de los que advertían cotidianas mejorías. Cuando se hubo retirado toda esa nube de parientes borrosos, estando los niños en el campo, para evitarles sufrir el peso de la situación, él se había quedado hasta el final, casi guapo con un terno de color azul marino un poco gastado pero que le sentaba muy bien. Se había parado a mirar un rato los libros encuadernados en cuero que como decoración estaban dispuestos en una hilera encima de la chimenea y sostenidos a ambos lados por unos sujetalibros de porcelana representando elefantes con la trompa alzada, símbolo oriental de buena suerte, y luego de algunos comentarios sobre esos volúmenes, que nadie en la casa leía, hechos más bien para sí mismo, ella le había ofrecido una copita de anisado:

 

  "Micaela, tráele un anisadito al doctor"

 

Y él se había detenido junto a la chimenea y había mirado al vaso y sus manos lo daban vuelta, como si se tratara de un objeto desconocido o una pieza de arqueología, lo que era seña de que pensaba o buscaba como expresar algo de un modo justo, ponderado, sin ofender. Y dijo al fin que como ella podía suponer, el hombre no estaba nada de bien. Y ella bajo la mirada al fuego que ardía en la chimenea y contuvo un gesto de adelantar las manos para calentárselas, un gesto demasiado frívolo en esas circunstancias, y él había interpretado esa mirada como un signo de pesadumbre, y le había dicho:

 

   "Quizás con el tiempo, Deirdre, usted podrá encontrar otro hombre que la cuide y la respete como Don Arturo"

 

Y a continuación, como comprendiendo la enormidad de lo dicho se había apresurado trastabillando a tomar su abrigo y su maletín y a despedirse recomendando a la mujer que lo llamaran a cualquier hora del día y de la noche si Don Arturo experimentaba cualquier cambio en su condición. Y ella no había pensado en el otro, quizás agonizante en el cuarto del fondo, sino en ese joven tan gentil que en esa hora difícil le ofrecía esos servicios pese a carecer de auto y ser tan complicado llegar a las afueras, en las que sin embargo los inconvenientes se balancean con la pureza del aire, el canto de los pájaros por la mañana, las verduras frescas que se pueden cultivar y el pasto húmedo de rocío que se pisa a veces muy temprano y que cosquillea hasta el alma desde las plantas de los pies. Después anuló esos pensamientos como una mano que da vuelta la página menos interesante de un libro, para pensar qué tanto si para eso se le paga y bien, con su deber nomás cumple, pero sabiendo que el Álvarez es un tacaño y que el tiempo que el joven toma en venir podría ocuparlo haciendo montones de plata. Una hora de micro en venir y una en volver. Total, nadie lo manda. Y esta vez pensó que una vez que se muriera el Álvarez él podría quedarse con todos esos libros y usar el auto y también esos ridículos elefantes de porcelana.

 

El niño crecía de la mano de las sucesivas empleadas, agarrado  de sus polleras para evitar la persecución celosa de las hermanas, buenas alumnas, inteligentes y con un bozo que junto con las espinillas las había familiarizado casi desde la salida misma de la niñez con las pinzas, los bigudíes para el lacio y rebelde cabello, todo tipo de cremas y vaselinas, los corsés y los tacos altos para sus piernecitas un tanto cortas, como las del padre, bajo un torso más bien robusto. Así iban pasando estos años nebulosos, como en un sueño, a medida que salía de la infancia como alejándose en un tren mirando hacia atrás, en uno de esos asientos invertidos. Y no es mala la analogía, ya que en efecto a medida que se crece disminuye la trascendencia y la importancia misma de las personas, y las cosas, las dimensiones a veces inacabables de los pasajes, la altura de matas de los humildes yuyos, que a uno le llegan más arriba de la cintura, y que se ondean como sin fin en ese terreno baldío. O cortado allá lejos por una muralla de ladrillo que hay que mirar con el cuello doblado hacia arriba. O las veredas de enormes pastelones de concreto, separados por líneas hondas, en cada uno de los cuales se pueden dar sus dos buenos pasos, y que se recorren minuciosamente, de la mano de los diversos tíos cambiantes y sucesivos que sacan a pasear al niño de la mano, lo llevan a ver el ocasional partido de fútbol al estadio, lo que deja completamente frío--en el futuro y ya en el extranjero sería el único chileno al que no le gustaba el fútbol--, lo llevan a la matiné y le compran helados. La muerte del padre fue una pena nebulosa que se abatió sobre la casona pero que se había modulado como las distintas notas que salen de la flauta, para la madre alivio, pena y un dejo de culpa, para las hijas culpa y pena, ya que nunca pudieron perdonarle haber heredado su tosca genética.
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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Mar 28, 2008
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