Prosa
Que florezcan mil flores
por Arturo Méndez-Roca


                                                 VI

 

La joven señora se paseaba inquieta por los salones sombríos. Su talle fino se cimbreaba suavemente. Su cara pálida, casi lechosa, se dejaba entibiar apenas por el marco de la cabellera, de un rojo apagado. El gris de los ojos--que hacía juego con la perla del vestido, se inmovilizaba en una concentración interior. Luego de la muerte de su marido, pensaba, se vestiría siempre de negro. Mujer que había vivido la niñez y mayor parte de la adolescencia en un medio sencillo, por no decir modesto, en una vida de reclusión casi monacal, le resulto siempre difícil decidir sobre los atuendos y adornos, careciendo quizás de ese instinto innato que parecen poseer las latinas y las francesas en lo que respecta a vestimentas, joyas, peinados y esas cosas perdurables pero siempre consideradas superficiales por los graves y austeros. Respecto a los colores que le sentaban mejor, los había que se inclinaban por el negro. Los varones más jóvenes y alegres la preferían en perla. Pero el perla era definitivamente el que iba mejor con sus ojos. Pero no se dejaba llevar por esas cavilaciones. Ya habría tiempo suficiente para eso. Miro su reloj pulsera mientras un fino encono le dibujaba un surco diminuto en la frente, entre los dos ojos. Un vaho producto de los nervios le humedecía las manos: El doctor no tardaría en aparecer, eran las tres menos cuarto. La niña estaba durmiendo y quizás la nana cabecearía sentada en una silla de paja, al lado de la cuna. La mujer pensaba vagamente ahora en otra presencia femenina, similar, entrevista en las brumas de la primera infancia, antes de que pudiera sentarse o siquiera darse vuelta por sí sola. Otro rostro, ancho, moreno, que cubría todo el campo visual, y que ella no sabía porque identificaba con su madre, que no conoció. Pero ya el joven facultativo tocaba la puerta, primero tímidamente, con los nudillos. La mujer sonreía. Luego el hombre se atrevió, con un par de aldabonazos. Ella esperó todavía otros segundos y se dirigió suave, mesuradamente hacia la puerta, consciente del sonido arrastrado que sus piernas hacían contra la seda del vestido, la sonrisa aún jugueteándole en los labios. Con la mano en el pomo de la puerta, prolongó por unos segundos todavía ese juego secreto. Luego compuso una cara seria, fría, distante, con aires de vejación y un ligero matiz de sufrimiento. El joven moreno, obscuramente vestido, se sonrojaba en el vano de la puerta, evitando mirar los ojos de la mujer, en la mano sostenía el ridículo maletín negro, sobresaliendo de un bolsillo lateral del vestón el estetoscopio, como un pájaro metálico, muerto, de cuello muy largo. El hombre balbuceaba unas disculpas, unos saludos, con la mirada fija en la punta de los pies.

 

  "Pase, Doctor, adelante, póngase cómodo"

 

La mujer se divertía con la turbación del hombre, patente para ella,--las mujeres parecen tener un sexto sentido en estas materias--, desde su primera visita, y que no aminoraba, pareciendo por el contrario  que se hacía más y más pronunciada con las visitas sucesivas. Ella recordaba la primera vez que el joven la examinó, desnuda en su consultorio, el repentino enrojecerse de las mejillas morenas, la torpeza en la búsqueda de los instrumentos, el atarantamiento y luego el diagnóstico en una voz alta, filuda, muy profesional, informándole de su embarazo, de las palpitaciones como siendo nada más que una taquicardia común, quizás debida a su estado; del dolorcillo de


la espalda como una ligera desviación, nada grave, mientras ella se enfurecía en su fuero interno al saberse causa de la turbación del hombre, que era como un atrevimiento, un insulto, un sacar los pies del plato, y que la hizo repentinamente consciente de su cuerpo desnudo, y se vistió torpe, apresuradamente y salió del consultorio con la cara ardiendo, pero de rabia, que después, en

la calle, dio lugar a un cierto divertimiento, un cierto calor, pero más íntimo, de toda mujer que habiendo sido siempre hermosa está acostumbrada a recibir esos silencios de ojos huidizos, esas turbaciones que eran un efecto del mero hecho de su existencia. El pobre tipo estaba confundido. A lo mejor se estaba enamorando.

 

Esa noche se lo comento al marido en el lecho nupcial, con sorna, y el hombre hizo una broma un tanto grosera sobre ese joven recién egresado, de físico tan oscuro como su presencia, turbado ante las formas cálidas y alabastrinas de la mujer de pelo rojo, de pubis y axilas rojas, voluptuosa y tersa, desplegada en el diván del consultorio. Seguramente el joven se habría masturbado, comento de nuevo el marido, que se sentía excitado como desde hacía tiempo no lo estaba, y curiosamente ella le respondió con favores que en los últimos años no le otorgaba a ese hombre vulgar y prepotente, feo y paticorto, tan distinto de su fallecido padre, pero que era a su vez el padre su sus hijas y quizás de otros por venir, el custodio de su salud y de su existencia regalada y crepuscular, pero a quien no había querido nunca y al que a veces no podía sentir a su lado si no era con repulsión. Eso lo sabía ella sola, nadie nunca lo iba a saber. En el momento del clímax  pensó con rabia en la cara redonda y morena del joven, en sus ojos sin embargo dulces, humildes como de perro, y en sus manos, largas, delgadas, casi femeninas por lo suaves, un detalle que le hizo pensar que esas manos no correspondían al cuerpo. Y desde ese día la mujer fue percibiendo o intuyendo la agudización del deseo y la maravilla en el médico y comenzó a jugar ese juego cruel para excitar un poco las largas jornadas, semanas y meses de su existencia de Dueña de Casa y Madre.

 

 

                                           VII

 

 El doctor Iglesias intuía la secreta infelicidad de la mujer, que no era una gran desgracia, después de todo vivía rodeada de comodidades, de hijos, teniendo todo el tiempo para sí. Como su padre, no cultivaba asiduamente el arte de la sociabilidad. Se pasaba las tardes del comienzo del verano entregada al desmalezamiento de los jardines, al cuidado de los pájaros. En realidad podía decirse que había trocado una posible libertad que nunca había tenido la oportunidad de ejercitar, por un matrimonio afortunado que la rescataba de un futuro por lo menos incierto. Es posible suponer que el joven facultativo estaba enamorado en secreto de la mujer, de su delicadeza y belleza tan inusuales en nuestro medio. Con la percepción agudizada contemplaba en silencio el origen de sus desvelos. Como sucede en general con todos aquellos que pasan por parecidos trances, todos los matices del comportamiento de la mujer, sus reacciones, le eran un rico y doloroso material de ensoñaciones y especulaciones. Más de una vez estuvo tentado de dejar de ser el médico familiar de los Álvarez, como confidenció a un antiguo compañero de la Facultad, en un tono liviano: "El viejo es como un roble y las enfermedades de la mujer son pura imaginación". Esas palabras dichas con un descuido calculado en una turbia francachela de hombres jóvenes y solteros, lo habían atormentado luego por semanas, ante la posibilidad de que la casualidad hiciera llegar a los oídos de Deirdre--como en sus diálogos y monólogos interiores la llamaba--esas expresiones nacidas al calor del alcohol, de las conversaciones, del humo de los cigarrillos. La resistencia de ella en acudir a su consultorio e insistir en visitas a domicilio le resultaba gravosa, ya que no tenía coche. La casa familiar de los Álvarez se encontraba en las afueras. Quizás su misma necesidad de establecerse profesionalmente fue lo que en definitiva lo hizo mantener las cosas como estaban, ya que los Álvarez estaban muy bien conectados. (O al menos eso se decía). En ese entonces, su clientela no aumentaba, estaba tratando de no transigir y caer en la medicina de postas y hospitales, lo que lo sujetaría a un horario rígido, la calidad de empleado, y reduciría drásticamente su tiempo de lectura. Iglesias ha sido siempre un gran lector.

 

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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Mar 2, 2008
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