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I
Parece que fuera universal el atractivo que nunca deja de despertar entre las mujeres el macho recio, bien provisto de músculos y pelos, de mandíbula cuadrada, vociferador y sudoroso, de espaldares anchos y manos toscas y gruesas. La codicia erótica y sentimental que este tipo de hombre produce entre las mujeres adquiere dimensiones míticas no tan sólo en Norteamérica. Además, ¿Qué podría ser más funcional en esos países formados a partir de la mano de obra (manpower), prestigiada e impuesta por la religión protestante, y que se manifestó históricamente y aun se manifiesta en innumeras talas de bosques, remociones de rocas, (a veces profundamente enterradas en la tierra) dragados de pantanos y construcciones de vías férreas, además de la doma de interminables y salvajes rebaños de potros, el igualmente vasto exterminio de manadas de bisontes que otrora cubrieran las praderas?. El indio, por lo contrario, era siempre cuidadoso en sus carnicerías. Vigilaba escrupulosamente y con exactitud lo que en boca de un ecologista podría expresarse como la proporción entre la cantidad de recursos naturales y las necesidades globales de la población. Lo que no impidió que los sajones, antes y arriba descritos (o quizás no), enarbolando sus biblias y sus winchesters y máuseres los borraran casi de la faz de la tierra, casi un siglo antes de las primeras manifestaciones ecológicas. Es un hecho reconocido que los españoles, no siempre en forma fácil, se mezclaron con los aborígenes. En términos generales, la población de la parte sur del continente ha ido adoptando rasgos faciales y corporales mestizos, lo que hace que un niño de apariencia caucásica, de facciones delicadas, sea siempre notorio en nuestros medios. Porque nuestro héroe, como todos los héroes románticos de todas las épocas, aunque se diga lo contrario, era de constitución más bien fina, y decimos más bien para no decir delgado, flaco de frontón, y si se quiere afeminado. Recordemos de paso las imágenes que desde las galerías de los museos y los libros de las bibliotecas, nos describen o dibujan no sólo aquellos personajes mitológicos como Don Juan en sus diversas versiones, sino a los pertenecientes a esa otra clase, los que vivieron y fueron de carne y hueso, como Espronceda, a quien podemos imaginar vagando con su capa negra ondeando al viento, los ojos profundamente sumidos en las orbitas, misteriosos y obscuros pero sin embargo tiernos, su melena desmelenada. Y esto sin olvidar figuras más próximas como Préndez Saldías, o Eugenio Gonzáles joven, que con el tiempo llegaría a ser rector de una renombrada casa de estudios de una republica del cono sur. Este hubiera sido el aspecto de nuestro héroe en los últimos días del siglo pasado. Como algunas de esas figuras, se vio desde la más tierna edad aquejado de males a las vías respiratorias, que se manifestaban en su caso particular , según el doctor Iglesias, en resfríos que a veces se arrastraban por meses. No es descabellado suponer, opina el mismo Iglesias, que el joven viviera aquejado de alergias, cuya existencia en el sujeto era tomada habitualmente por resfrió común, no existiendo los medios ni el interés para realizar sondajes en los pacientes, método complicado y reciente, como el lector comprenderá. La abuela paterna hervía en esas ocasiones hojas de eucaliptos en una ollita. Ese árbol es originario de Australia, posee fuertes propiedades medicinales y se caracteriza porque su follaje no proyecta sombra. Los vastos salones de la casona estaban siempre pasados a eucaliptos en los cortos días y largas noches de invierno. Las tías abuelas habían decidido luego de largas deliberaciones el tener siempre la ollita con la infusión de yerbas sobre la estufa a parafina, para posibilitar el despeje de las vías respiratorias del niño. Nuestro héroe ya manifestaba por ese entonces las condiciones innatas que a la postre habrían de conducirlo a las cumbres excelsas del placer, pero que serían a la vez la fuente de sus desgracias, dolores y posterior perdición, si es que puede llamarse perdición ese estado en que el sujeto ya no existe para sí mismo. Aunque en este punto debo manifestar mi desacuerdo con dicha opinión, compartida por el doctor Iglesias: si bien en la alienación mentales individuo no es capaz de establecer una adecuada relación con el entorno, es aun el sujeto de sus dolores y exaltaciones, de su vida mental, de la que aun sabemos tan poco. Pienso que el positivismo un poco demodé de Iglesias es lo que lo hace retroceder con pavor ante toda manifestación de los aspectos más sombríos de la persona humana. Los ojos grises del niño, con reflejos pardos, orlados de pestañas oscuras pero sin embargo tirando a desteñidas en las puntas, permanecían abiertos por largos momentos, fijos en un punto nebuloso. Al ser interpelado, el infante enfocaba esos ojos de pestañear lento, como si le costara enfocar al interlocutor, o como si en forma trabajosa y desganada consintiera en bajar de algún mundo equis (pero seguramente mejor que este), para acceder a la comunicación. En años posteriores, este reflejo involuntario--que con el tiempo y siguiendo al periodo de auto examen que es la adolescencia--se haría voluntario, era una gran fuente de hembras: muchachas, señoras y mujeres en general, y acaso algunos hombres, no aquellos más hermosos o finos, generalmente y en forma similar a nuestro héroe envueltos en un opalino manto de egocentrismo, sino de aquellos más añosos y robustos, en que sería difícil que el observador pudiera vislumbrar la presencia de esa macula; generales en retiro, gerentes de empresa y dignatarios de partidos del orden. Mujeres y niñas en general brotaban y eran cosechadas como otras tantas flores, bañadas por un sol matinal, húmedas de rocío. Las incontables viejas de la parentela, vestidas de marrón o negro, abrían las bocas desdentadas o provistas de placas dentarias (pues la gente del país en cuestión tiende a perder los dientes. Salinidad del suelo quizás), se maravillaban ante el fino cuello, casi muy largo en relación al tronco, los amplios rizos naturales en la nuca, alrededor de las orejas, que ondeaban el pelo de un color castaño que guardaba herméticos tonos rojizos, como un fuego semiapagado entrevisto en la noche, como una afamada poetisa surrealista sudamericana habría de comentar años más tarde, y con hebras de color ceniza, y que según Iglesias recordaba pálidamente el cabello de la madre. Seguramente las parientes ancianas, de edad imprecisable, ya que pasada la cincuentena todas las mujeres tienden a parecerse, rememoraban sus años juveniles mirando al niño: volvían a cortijos y cotillones, paseos por la plaza y miradas a hurtadillas en la misa de once, mientras el muchacho crecía rápido y delgado en ese clima tibio y húmedo. Las señoras establecían en torno a él una férrea guardia, un cerco.
II
Es sabido, todos los miembros de la familia pueden atestiguarlo, y los amigos más cercanos--yo tuve la oportunidad de conocer a uno en el París de los setenta, el doctor Iglesias--que a nuestro muchacho lo vestían todas las mañanas hasta que tuvo ocho años, edad en que aprendió a hacerse el nudo de los zapatos. Su naturaleza voluptuosa, de la que dio indicaciones precoces, lo llevaba a retozar cuando la sirvienta, una mujer madura de origen indígena, le ponía las prendas interiores, hasta que cierta vez, irritada, le remarco su conducta acudiendo a expresiones del más vulgar origen, en los términos siguientes: "Ya está hediondito para estar jugando como los cabros chicos". Ese fue el día en que Ignacito comenzó a vestirse por si sólo, con grandes aspavientos celebratorios de la madre, que encomiaba siempre en voz alta las hazañas de Su Príncipe, provocando la ira rencorosa de las hermanas, que ostentaban en sus facciones algunos restos de la severa cara del padre: la fuerte nariz romana, los ojos pequeños, el mentón sólido.
III
Siendo el niño todo un caballerito, a esa edad, y creciendo--ya que había salido a la madre, de talle alto y piernas largas--las hermanas, más bajas acorde a la herencia mestiza del padre, ya no representaban una amenaza para él. Cuando era un tierno infante, las muchachas se lo disputaban para tenerlo en brazos bajo pretexto de acunarlo, con el objeto de pincharlo subrepticiamente con alfileres. Cuando el niño comenzó a caminar lo perseguían con varas de sauce por un de los patios, el más alejado del cuerpo central de la casona. Ignacito corría entonces a refugiarse entre los pliegues negros de la falda de la madre, recién enviudada, y muy pálida, y ojerosa, y delgada, dicen. Es por eso que a Ignacio se le ha visto cultivar con asiduidad en su vestimenta, sin que los altibajos de la fortuna se lo impidan, el color negro, o un gris muy cercano al negro, lo que por lo demás siempre sentó a su figura. Aunque por otro lado nuestras clases medias y patricias siempre y aun hoy día, han favorecido los colores oscuros y más aun, el terno.
El nacimiento de las hermanas fue recibido sin mucha algazara en los círculos familiares. Al padre se le iluminaba por un momento la faz austera con una sonrisa, recibía ceremoniosamente las congratulaciones de familiares y amigos, mientras la esposa languidecía reponiéndose del parto en las habitaciones interiores. Pero el hombre estaba muy lejos del entusiasmo genuino, abierto, que le abriera la ancha boca de oreja a oreja en una sonrisa o una carcajada (muy pocas veces se lo oyó reír), haciendo brillar sus dientes fuertes y desiguales, casi caballunos. Un hijo varón era (y es) lo que todas las familias esperan, sobre todo si disponen de una mediana holgura económica y un apellido, que si bien puede que no sea notable, esta al menos enraizado en las tradiciones del país, un apellido sonoro de enes y erres, con alguna y griega perdida. Las niñas, cuyo número parece imprecisable, unían a su condición de mujeres, el no haber heredado ni las proporciones ni los rasgos faciales de la madre. Pero la mezcla en matrimonio de progenitores físicamente tan disímiles no ofrece sorpresas. Lo lógico es esperar que llegue a casarse un robusto y emprendedor hijo de familia, no muy apuesto ni con mucha fortuna, es cierto, pero que lleva sobre sus hombros y en su frente un apellido vinoso, como se dice en el país, en el que no hay rastros de italianos ni yugoeslavos, ni siquiera de alemanes, sino la pura combinación de las sangres fundadoras, el vasco y el indígena. Y es también de esperar que cuando se case, lo haga con una mujer hermosa y más joven que él, como adorno, condecoración y premio a toda una vida de trabajo y negocios que su algo corta pero robusta y sana contextura ha soportado. Para tenerla en su casa y recibir en las recepciones y ostentar en ocasiones sociales. Entonces se espera que las hijas, si vienen, tendrán como destino multiplicar las gracias y belleza de la madre, correteando por los prados con su melena rojiza al viento y emitiendo notas casi cristalinas--las de la madre. Pero la genética había mezclado el naipe, y las niñas no sólo reflejaban en su contextura exterior la robusta herencia paterna, sino que poseían su espíritu esforzado y su mente analítica, además de su voz más bien gruesa. El niño, por el contrario, último vástago del padre que se adentraba en la madurez, sacó,-- para consternación y maravilla de muchos y secreta sorna de algunos otros -- las facciones de la madre, y como se pudo ver más adelante, un cierto aire vago en lo que respecta a la vida mental, una cierta languidez de movimientos. El padre pudo al fin ostentar un primogénito en la familia. Ninguno de los partos o bautizos en la casona fue más regalado. Hombre sobrio y delicado, el padre fue conducido por el entusiasmo a una de sus raras borracheras, y es sabido que los excesos que cometió aquella noche en que se internó por las impuras callejuelas de las barriadas que rodeaban el mercado--ya que entonces habían abandonado la casona provinciana trasladándose a otra similar, en la capital-- lo condujeron con el tiempo a desarrollar la enfermedad que lo llevo a la muerte, si bien el doctor Iglesias sostiene que se trato de un germen, bastante anterior y ligado a aspectos constitucionales. En todo caso recorrió las callejuelas, de chingana en chingana, de prostíbulo en prostíbulo, como en sus ya lejanos días de estudiante, dejando a la post-parturienta junto al niño, los ojos semicerrados, en uno de los cuartos del fondo. Se dice que en su lecho de enfermo, luego de haber sido conducido a la casa desde el hospital, su último gesto fue pedir al niño y levantarlo en los brazos, mirando al infante que parecía tener los ojos serios, observándolo todo--como todos los infantes-- sobre todo a su progenitor. Sabemos bien que a esa edad los críos no han abierto todavía los ojos, o si lo han hecho ven, ya sea formas borrosas en que las partes no aparecen estructuradas en torno a una forma conocida, o figuras que se alejan o se acercan a su radio de visión, y que parecen aumentar de tamaño o encogerse, ya que ellos no pueden aun captar la perspectiva. O ven dobles conjuntos de brazos, piernas, ojos etc. y es entonces que, a lo mejor, se ríen. |
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