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Pareja
En algún momento ella debe haber descrito en su diario esa fisura, que sólo mirando con lupa y al trasluz se podía ver. En los siglos que siguieron no volvió a ver la lupa ni el cuaderno. Hasta dejó de sacar melodías en el piano de la abuela. — ¿What the hell is “mirar al trasluz”? —le preguntó la hija un día mirando uno de esos viejos diarios que ella creía hace tiempo en la basura. — To look at something up the light. —against the light —le corrige la niña. La mujer espera el silencio de la noche y vuelve a abrir el diario en la página donde había plantado esa fisura que ahora es un hoyo del porte de un puño. Echa una mirada al hombre que está a su lado durmiendo a pierna suelta. Un hilillo de baba conecta la boca a la almohada. “Remécelo …dile que te quieres devolver, que ya ni cenizas quedan donde hubo hoguera”. El hombre abrió los ojos despavoridos y empezó a remecerla. —Tus malditas pesadillas, mujer. Hasta cuándo, ya ni dormir tranquilo puede uno en esta casa. Un gesto de ¿hastío, fastidio? le cruza la mandíbula y después, ya más calmado: —… No es el mejor momento, pero… En la pausa que parece durar una eternidad, su mirada toca las fotos de la familia encima de la cómoda, las manos velludas se aferran a la colcha. —No es que no te quiera, entiende, pero… Ahora tira con fuerza los hilitos sueltos de la colcha para consternación de la mujer que no se atreve a romper la gravedad del momento diciéndole que no habrá plata para comprar otra. Ella sabe muy bien lo que quiere decir el hombre, hasta podría ayudarle si quisiera, pero sus ojos se han empecinado en el minúsculo vellocino arriba de la coyuntura de los dedos del hombre. —¿Crees que es verdad lo que dicen? —le pregunta rompiendo el silencio. Él la mira entre esperanzado y alerta. —¿Crees que es verdad que el hombre desciende del mono?
Enamorada
Enamorada, se para frente a él como lo hace siempre, los ojos en los ojos, el color suyo girando entremezclado al de él alrededor del cuello. Ahora se aleja un tantito y le dice seria: “Estoy embarazada”. Después de un instante de silencio en que desaparecen los colores que iban y venían de su cuello al de él, de su cara a la suya, de ese centro donde los dos cuerpos se juntaron tantas veces, él da un paso atrás y en vez de abrirle los brazos le abre la puerta que da a la calle.
Pesadilla Tendida en la cama, los ojos cerrados y las piernas abiertas, me quedo en absoluto reposo. Está dentro de mi cuerpo porque siento cómo va subiendo esa oleada de placer que viaja de los muslos hacia arriba invadiendo estómago y corazón hasta salir por la cabeza y empezar a deslizarse hacia abajo en una ola de vapor color fuego que va bañando cara, senos y vientre para volver a entrar y repetir el círculo una y otra vez con mayor intensidad. Cuánto tiempo estoy ahí, pierdo la cuenta. Percibo, más que veo, al hombre acostado al lado mío en la cama. Es mi marido pero jamás lo he visto. La una, las dos de la mañana y el miedo, indiferenciado al principio, se ha convertido en terror. El bulto a mi lado se ha ido achicando paulatinamente como si le fueran vaciando poco a poco la humedad hasta dejar la pura cáscara seca. Una hora más tarde y ya es un feto enrollado en sí mismo. Me levanto temblando decidida a escaparme a la calle. Me persigue, porque lo siento revolotear cada vez más cerca de mi cuello y desesperada lo espanto a manotazos de ciega mientras voy chocando con mesas y sillas. A cada escollo le sigue el estruendo del objeto que enredado en mis piernas cambia de lugar cerrándome el paso. Hay un instante en que todo parece posible. No escucho el aleteo alrededor de mi cabeza. Quizás saltando por encima de los muebles logre alcanzar la salida. Los dos damos el salto al mismo tiempo y soy yo la que caigo tendida en el suelo. Inmovilizada, mis ojos quedan prendidos de esa puerta a la que jamás llegaré. |
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