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- Clementina Rosales de Venegas… 52 años, señor. Una pregunta, ¿tenemos que seguir con este papeleo cada vez que ingreso al cuartel? ¿O sólo lo hacen para demostrar su omnipotente mediocridad? - Guarde silencio y sígame, señora. El cabo Martínez está llamando a su casa en este momento. El hombre y la mujer se dirigieron lentamente hacia la salita número 6. Él caminando sin reparo, acostumbrado, en cierta medida, a este tipo de diligencias; ella, con desconsuelo fijaba su mirada en la tenue luz que se filtraba por las ventanas rotas que reposaban al final de cada muro. Clementina entró al final. Cerró la puerta y se sentó en la silla de madera que estaba en el centro de la pieza. La sala era bien pequeña, rústica y precaria. El suelo era de tierra como la mayoría de los pueblitos de la zona. Clementina se arregló el cabello y secó el sudor de su frente con sutil profesionalismo. El Coronel acercó una mesa y clavó una cuchilla al medio. - Espero que ésta sea la última vez, Francisco -comentó Clementina sin levantar la cabeza. - No me tutee señora. Calle y no reclame. Al menos su familia sabe que está aquí. No creo que se preocupen de su ausencia. Clementina levantó su mirada esta vez con un poco de enfado. Ella estaba acostumbrada a una vida difícil y el hecho de estar en presencia del Coronel no era más que otra desventura de la vida. Se arremangó con cuidado las mangas de la blusa hasta mostrar los pequeños lunares que cubrían su brazo izquierdo. Las marcas de sol dibujaban un vasto mapa lleno de años y trabajo. Pero no infelicidad. Para nada. El Coronel tomó una piedra y empezó a afilar la vieja cuchilla hasta dejarla aguda y sin conciencia como si rasgar piel y carne fuese más fácil que rebanar el pan de cada día. La agarró por el filo y se la pasó a Clementina con una sucia sonrisa, aquella sonrisa confiada y engreída de un verdugo gubernamental. Clementina la tomó, la levantó hasta que el roído metal destellara una luz celestial al enfrentar con descaro la luz de mediodía. La mujer movió la cabeza de tal manera que no había duda alguna de que el filo ya estaba a punto. La hora había llegado. - Llame al cabo Martínez -dijo Clementina con seguridad- dígale que traiga lo de siempre. Que sean seis… mejor siete. También quiero que mande al cabo Rodríguez a que haga lo que tenga que hacer y que traiga los cuerpos desnudos. Quiero verles la piel. Que no los maltraten. Los quiero sin marcas ni rasguños. - Como usted quiera -dijo el Coronel y se levantó y dejó a la mujer sentada en la penumbra. Cerró la puerta y se fue. Clementina se levantó. Miró alrededor buscando soluciones, buscando el porqué. Se secó por segunda vez el sudor de su frente y empezó a organizar cada uno de los pequeños utensilios que ocuparía en un par de minutos. Movía frascos y cuchillas mientras silbaba una dulce canción. Los pesares dejaron de ser pesares y la necesidad de movimiento se convirtió en su obligación. En un par de segundos la pequeña salita dejaba ver el aroma y disciplinaria certeza de Clementina. Y sonrió al terminar. Se secó el sudor de la frente por tercera vez y se sentó en la misma silla. Y esperó al Coronel. Al parecer fueron minutos lo que ella esperó en la salita. Al parecer sólo fue tiempo lo que perdió. Sólo tiempo. Y seguía silbando. Y esta vez, su pie derecho llevaba el compás de la misma canción. Y una sonrisa maliciosa se dibujó en la cara de la mujer. Dos golpes en la puerta interrumpieron el silencio de la salita número 6. Y una figura temblorosa esperaba al otro lado de la puerta manchando la ranura inferior de la puerta con un par de juguetonas sombras. Él esperaba la más mínima muestra de autorización por parte de Clementina. Hubo un par segundos de espera. Y, de repente, la puerta se abrió mostrando la estampa de una mujer campesina fría e inmóvil. Bordeaba los 54 años de edad. La mujer se detuvo a mirar al nervioso cabo. De arriba abajo. Con crueldad insospechada. - ¿Cuándo los mataron? -preguntó altaneramente. - Hoy en la mañana, señora. - Deja a la blanca y a la negra sobre la mesa. Y el resto, ¿dónde está? - Lo va a traer el Coronel personalmente. - Me parece bien -, dijo más relajada -.Asegúrate de afeitarte y lustrarte esos zapatos la próxima vez que hables conmigo. - Sí, señora -.Y desapareció corriendo por los pasillos del cuartel. Aún huelen a sangre, se dijo a sí misma. Y agarró una vez más la cuchilla del Coronel. La cuchilla comenzó a bailar sobre las pieles desnudas. Cortaba con certeza como si tuviese vida propia. Miembros eran extraídos como piezas de un rompecabezas polvoriento y derrotado. Y los hombres esperaban con ansias el final. Por cuarta vez Clementina se secó la frente. Y el macabro festival acabó en silencio. El Coronel suavemente abrió la puerta. Con respeto e insospechada humildad. - Vamos a necesitar fuego, Coronel - dijo Clementina examinando con curiosidad el contenido del saco que sostenía el hombre. - Es todo lo que tenían. Me dijeron que el precio era insuperable. Es como robarles a los pobres. - Tú y tu maldito sentido del humor. ¿Está listo el fuego? - Sí, el par de inútiles ya lo encendieron. - Diles que limpien la mesa. Y que el agua hierva. - Sí. Clementina comenzó su labor. Analizando cada pedazo que pasaba por sus pecosas manos. Y el aire cordillerano se llevo el tiempo de a poco. Hasta que la tarde se dejo caer. - Ya está listo - dijo Clementina -pero se lavan las manos para comer y el pollo me lo comen con tenedor. Y al unísono respondieron: -¡Sí, mamá!
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Alejandro Gastón Pinilla Díaz, de nacionalidad chilena, vive en North York, Ontario, es el líder de la banda de rock Gardenias. Estudio Pedagogía en Lenguaje y Comunicación en la universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación. Participó en diversos concursos literarios, pero siempre manteniendo su amor por el arte y literatura como algo más privado. Participó en la versión anterior de Nuestra Palabra recibiendo una mención honrosa por el cuento “Salón de Té”. En esta oportunidad, con “Clementina Rosales de Venegas” sube al privilegiado podio de los tres primeros.
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