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Me levanto de un salto liberándome de una pesadilla, apago el despertador, tomo la toalla del gancho camino a la sala de baño, me doy una ducha rápida con el moño bajo el gorro de plástico, me maquillo y me visto en cinco minutos, tomando la taza de la cafetera automática con la mano derecha y una fruta con la otra, trago el desayuno, sin hacer ruido porque no quiero despertar a mi madre, miro el reloj y veo que alcanzo a tomar el bus de las siete y media que me deja frente al gimnasio, reviso la cartera para cerciorarme que tengo la tarjeta del correo en la billetera, y tenerla a la mano para retirar la encomienda a mi nombre, después del gimnasio. Camino rápido al paradero de buses preguntándome quién me envió el paquete, el semáforo está por cambiar a luz verde y allí viene el bus, justo a tiempo, para llegar al gimnasio a las ocho, lo que me permitirá completar mi rutina de ejercicios antes de pasar por el correo, y recién me doy cuenta que el sábado, cuando llamé para averiguar qué era lo que tenía que pasar a buscar, no se me ocurrió preguntarle al agente el origen de la encomienda, con la preocupación de no tener que acarrear más bultos que los de costumbre, porque entre mi bolso, el equipo de gimnasia y los libros ya tenía suficiente peso que acarrear de un lado a otro, sobretodo con el horario que tengo en época de exámenes. Se para un hombre que decide bajarse a última hora, tomo su asiento, el bus va lleno, pero la curiosidad me alegra, ya que puede haber sido mi abuela quien me envió un regalito adelantado, porque mi cumpleaños es en un par de semanas más, pero ello no tiene sentido, porque vuelve mañana en la tarde de su viaje a Vancouver, invitada por su amiga Sofía, o puede que sea una sorpresa de mi novio quien se encuentra en Europa participando en una serie de conferencias sobre arquitectura y llega en tres semanas. En todo caso, a ambos les gusta sorprenderme fuera de las fechas tradicionales, porque saben que me encantan las sorpresas, y también les gusta que los sorprenda sin razón alguna, lo que los alegra y así sigue la rueda de alegría que generamos en medio de esta vida que nos sorprende sin aviso alguno. Me encanta el gimnasio, abren temprano, y no tengo que conversar con nadie y al salir me topo con Flora, a dónde vas tan apurada, pregunta, tengo que pasar al correo, respondo, toma, no olvides tus libros Alexa, ay si, no puedo perderlos, gracias, nos vemos en clase, dice mi amiga, de acuerdo, contesto, saliendo por la puerta como si hubiese visto al demonio, y es un ángel Flora, pero hay veces que prefiero hacer mis cosas sin explicarle nada, tanto tráfico a esta hora, ya podré salir de la duda, atravieso y entro al edificio de correos en pleno centro, una estructura magnífica que nadie toma el tiempo de mirar, porque van todos corriendo apurados hacia un lugar u otro. Espero en la fila y observo a la gente, sobretodo a los agentes que no tienen prisa y mi horario de veinticuatro horas no me alcanza para todo lo que tengo que hacer ese día. Por fin me llaman, presento identificación, y me entregan una caja más bien chica, es decir, ni mediana ni chica, da lo mismo realmente, todo depende de lo que cada uno piensa de las proporciones de las cajas, que a veces usan para aumentar la importancia del contenido o en otras oportunidades, para disminuir el tamaño de la misma, cuando un aprovechador conocido le pide a uno que le haga el favor de guardarle una caja porque no tiene lugar en su casa, cómo no, compadre, para eso están los amigos, y a fin de cuentas se trata de agregar sólo una caja más en el desorden de cajas que muchas personas tienen en el subterráneo, a menudo en el espacio debajo de la escalera, un lugar oscuro que inevitablemente contiene más cajas de lo que uno piensa, y cuando llega el susodicho con su caja que en realidad es del tamaño de un congelador, que pasa por la puerta de entrada sin problemas, pero es absolutamente imposible bajarla al sótano, a menos que saquen la puerta, la que impide que la gente se caiga por la escalera, cuando se sacan las botas retrocediendo para mantener el equilibrio, viéndonos obligados a recibir la tremenda caja, porque no vamos a decirle al compadre que se vaya y que de paso se lleve la maldita caja, un cacho que apenas cabe detrás de la calefacción central, puesto que los amigos son amigos.
Doy las gracias al agente de correos, tomo mi caja chica y la llevo ahuecada entre el brazo y la cadera, con alegría mientras cruzo la calle hacia el café del frente, para servirme un bocadillo y un café espreso sin apuro y la abro, para encontrar varios paquetes de sobres que llevan un timbre color azul que dice Return to Sender, ordenados por nombres en orden alfabético y amarrados con elásticos amarillos, entre los cuales se encuentra un sobre verde dirigido a mi, cuya nota sin firma y con letra desconocida me deja perpleja, qué mensaje más extraño, pienso en voz alta y vuelvo la nota al sobre y lo dejo caer sobre el resto, buscando una emoción cualquiera, algo que me quite el malestar, y vuelvo a revisar la etiqueta de la caja una vez más, esta vez con anteojos con los que logro leer el remitente diminuto, que incluye una dirección ajena con el nombre y apellido de una persona no grata en nuestra familia y me quedo con la boca abierta, mirando hacia la calle y el parque contiguo por el ventanal, mientras los segundos me parecen largos minutos, viendo sólo manchas grises que pasan por la vereda a intervalos, frunzo el ceño porque sé que esto afectará a la familia, por lo que decido conversarlo con la abuela, a ver, dónde está el móvil en mi bolso sin fondo, lleno de objetos útiles, no será que lo dejé sobre mi velador, no puede ser, siempre devuelvo cualquier cosa que forma parte del contenido en mi bolso, a sus profundidades, en el cual se puede leer mi futuro como las hojas de té en una taza de porcelana, y ya, encontré el móvil debajo de la billetera, lo que sucede cuando pierdo la calma. Llamo a la abuela a Vancouver sin importarme el huso horario, porque tengo que contarle lo de las cartas, de todos modos ella acostumbra levantarse temprano y me contesta feliz, nos echamos tanto de menos, y conversamos animadamente sobre los sobres para retomar el tema al día siguiente, cuando llegue del viaje, lo que me tranquiliza, permitiéndome organizar el encuentro familiar de modo que mi planteamiento le facilite la tarea a mi abuela, que se da mucho trabajo cuando logra reunir a sus hijos, y de todas maneras no creo que sea difícil que todos vengan con sólo cuarenta y ocho horas de anticipación, puesto que tendrán un interés de venir, una vez que sepan de qué se trata, pienso, mientras pago la cuenta y ordeno mi carga de libros para ir a clase.
Salgo del café y respiro el aire fresco de la primavera que asoma vestida de verde limón en las ramas somnolientas del parque contiguo, esperando que pase la ola de tráfico de las nueve de la mañana. Veo a la gente en tenidas primaverales, a pesar del frío de locos a principios de mayo, porque el calendario indica que estamos en plena primavera, será porque andan tan apurados que no les importa que el viento del norte siga entumiéndonos, aunque vistamos lanas, viscosa o algodón. Qué afán es ése, el de seguir las estaciones según el calendario que no han puesto al día, en vez de fijarse en lo que está pasando con el medio ambiente, de cómo cambia la temperatura en un mes en que no corresponde, si la primavera está fría o no, si los tulipanes toleran el frío y luego un calor bárbaro que desilusiona a los turistas quienes despiertan una mañana, para descubrir un mar de pétalos chamuscados en la tierra gracias a los goterones primaverales que caen sobre las flores durante la noche, a pesar de que el día está precioso y no queda nada que fotografiar.
Por fin puedo cruzar la calle con la caja bajo el brazo y tomo el bus que me deja cerca de la facultad de sociología. Camino por el parque, subo las escalinatas, sigo por el pasillo, acomodo mis libros y la caja en el armario, y oigo la voz de Flora, llegas a tiempo ya que la profesora está en la sala, manteniendo la puerta abierta, mientras cierro el estante con candado y entramos a clase juntas y hasta ese punto todo va bien, porque a menudo mi amiga habla sin cesar susurrando a toda boca que todos oyen a pesar suyo, mientras me esfuerzo por escuchar y tomar notas de lo que dice la profesora. Menos mal que compartimos sólo ese curso y de todos modos no le hago caso, porque mi abuela llega mañana en la tarde y no me aburro jamás en su compañía. Cómo te fue en el viaje, pregunto mientras abrazo a mi abuela y amiga, tuve un vuelo muy agradable, mi niña, deja tus cosas aquí y te sirvo un té, para que retomemos el hilo de nuestra conversación por teléfono, porque cuando cortamos la llamada de ayer en la mañana, me quedé metida con lo del envío y la nota, y pensé que pudiera haber sido la querida de tu abuelo la que despachó la encomienda con la nota, te parece que la leamos juntas, de acuerdo, le digo y pongo la nota frente a ella, que dice así: “Me dirijo a usted a pedido de un amigo. Le ruego tenga la bondad de devolver los sobres a quienes fueron dirigidos. Cada uno de ellos fue devuelto al remitente. Decidí cumplir contra mis propios deseos. Él no los necesita. La decisión queda en sus manos”, lo que afecta visiblemente a mi abuela por un instante, porque al fin y al cabo convivieron veinte y un años, nada menos, y luego de echarle la culpa a las alergias, vuelve a leer la nota minuciosamente, porque entiende mucho de grafología, supe, es la mano de una mujer, dice, sin duda alguna, confirma, y no sería nada de raro que fuera la misma persona a cargo del favor, y cierto es que algo pasó, vamos a resolver el asunto este fin de semana, con tus tíos y tu madre, quien tiene que haberte contado parte de la historia, el acuerdo de mis hijos de ignorarlo y en lo posible olvidarlo hace mucho tiempo, porque tu abuelo se portó mal, él lo sabe o lo sabía y bueno, también ellos, si abuela, digo, tomándole la mano arrugada y tibia, mi madre habla con cariño de su padre, cuando se olvida que lo dio por muerto y como bien sabes, ella prefiere no hablar de los líos de familia, lo sé, dijo, y pensar que de ayer nos reímos su poco con respecto al tema, pero es que él me contó sus aventuras de cuando era joven y también sobre las de su abuelo Eloy, quien tenía una amante a los ochenta años. Luego de ponernos de acuerdo, mi abuela vuelve a la cocina a preparar una cena ligera, mientras llamo a la familia desde su escritorio, para invitarlos a reunirse el fin de semana. La caja con las cartas queda en el baúl del salón, fuera de vista de quien llegara antes que los demás. Quedamos de preparar solamente la cena del viernes, con tiempo, lo demás es a cuenta de cada uno, lo que nos motiva a hacer la lista de ingredientes para el festín y salir de compras el miércoles. Mientras conversamos sobre las recetas, nos dimos cuenta que el miércoles era al día siguiente, lo que nos obligó a cambiar las prioridades. Trabajamos juntas en la cocina, limpiando verduras, cortándolas en trocitos, conversando de un cuanto hay, escuchando viejos tangos, preparamos la carne para el asado y los mariscos para el chupe de locos, y para el postre, bizcochuelos y merengues, faenas culinarias que no van con el estilo de vida de hoy, sobretodo con mis estudios y para la abuela que tiene otros intereses, que en cualquier momento prefiere las ensaladas y pescado al vapor, a un guiso con salsa con mantequilla y papas cocidas. Comer fruta fresca y tomar agua, harta agua y ejercicio, le permite dormir bien. No me di ni cuenta de que estaba entonando melodías, en medio del quehacer, hasta que me interrumpe doña Adriana: puedes decirme qué es lo que te tiene tan contenta, pregunta con una mirada curiosa. Abuela, estoy pensando en lo que me contaste sobre tu novio, ese que te hacía reír tanto y a quien le contabas historias que lo tenían siempre interesado. Y hablando de asuntos personales, dime porqué te pusieron Adriana, abuela. Me gusta tu nombre, pero me encanta saber más de ti, aunque sea de a poquito, cuando te baje la onda de conversar al respecto. Pásame el cuchillo para la carne, niña, y ten cuidado, mira que es capaz de cortar el aire, dijo entre seria y a punto de reírse, mientras hilaba las palabras para responder a mis preguntas. La dejé tranquila, puesto que algo se traía entre manos. Nunca supe porqué me entregaba información que no ataba a ningún evento, sólo recuerdos sueltos a medida que pasaba el tiempo, una eternidad, porque le adivinaba una vida interesante y ahora la curiosa soy yo. Una vez reunidos llaman al primo, pero no responde nadie, y dejan un mensaje grabado con algunos detalles, para despertar su curiosidad. Mientras esperan una llamada, intercambian el contenido de las misivas, que al final de cuentas no los sorprende, puesto que las quejas y acusaciones por parte del hombre que atesoró tanta ira, alguien que fuera tan querido a pesar de su carácter gris y secreto, porque era bueno como el pan y sinembargo incapaz de alegrarse por más de unos minutos, y ahora inventando dramas sobre su estatus económico en Chile, cuando sabemos que recibe una buena pensión canadiense, les queda claro que perdió su brújula. La noche fue larga, pero la respuesta llegó por teléfono al día siguiente, mientras desayunaban: el primo había dado con el paradero del viejo, como lo llaman sus hijos. Ahora que se encuentra en un lugar en donde lo atienden muy bien, según les aseguró su médico, durante la conferencia telefónica, lo saben muy solo, puesto que se alejó de todos sus hijos, los de Berta y los de Adriana, siete en total. A pesar de su situación, mis tíos y mi madre se pusieron de acuerdo para hacer algo por él. Con la vida que han llevado sus hijos, sin verlo durante tantos años, conversaron sobre los recuerdos que aún aparecen de vez en cuando, de esos que normalmente se hace cargo el tiempo y de la importancia que tiene la caja con las cartas que los reunió por un fin de semana, entre hermanos, dejando de lado sus preocupaciones de la vida diaria, para cerrar este capítulo en forma más expedita, rodeados de cariño, lo que les permitirá continuar sus caminos en paz. Mi abuela y yo nos abrazamos tranquilamente, sentadas en el sillón grande, rodeadas de sus esculturas y orquídeas, dejando que la penumbra se hiciera cargo de adormecernos mientras las voces se alejaban dulcemente. |
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