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Actas : Prosa


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La orureña
Alejandro Saravia


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María Isabel bailó tanto una tarde de carnaval en Oruro, que acabó rompiendo sus zapatos. Ante la sorpresa sus amigas estallaron en una risa jovial mientras seguían elaborando en el salón unos giros al compás de Istanbul (Not Constantinople), de los Four Lads. A su lado apareció Sonia, la hija de la dueña de la casa en la calle 6 de octubre, trayéndole un par de zapatos. ¡Pruébalos!, seguro que te quedan, le dijo. María Isabel se los puso. Le quedaban bien. Sonrió, le dijo gracias y volvió al baile. Sentados en una medialuna, algunos adultos discutían sobre los días de abril de 1952, cuando Oruro se llenó de cadáveres de soldados y milicianos. Los hombres sorbían singani. Las mujeres tejían y destejían el futuro de los muchachos y muchachas. ¡Por Dios, esa música, hija!, ¿de dónde la sacas?, dijo una de ellas. La trajo uno de los jóvenes ingenieros, uno que dizque quiere casarse con mi Sonia, respondió la madre. Viene de Toronto. Y dijo “Toronto” como si dijera “Marte”.

            Si no hubiera sido por el estaño, que atrajo a ingenieros ingleses y uno que otro canadiense, el disco de los Four Lads, grabado por Columbia Records en 1953, jamás habría llegado en la maleta de un desorientado toronteño a aquella fiesta en una lluviosa tarde de febrero de 1954.

            María Isabel tenía dieciséis años cuando vio a sus vecinos en la calle, recogiendo los escombros revolucionarios. Tapándose la nariz para no vomitar, los hombres recogían un brazo de minero por aquí, un torso indígena por allá, pedazos de soldado que la dinamita, lanzada por las hondas mineras, había desparramado por las calles de Oruro. Desde su ventana, ella veía cómo esos fragmentos de carne y coágulo ennegrecido formaban paulatinamente pequeñas pirámides que luego un camión militar capturado por los milicianos iba recogiendo de esquina en esquina.

            En febrero de 1976 varios agentes de mal aliento y peor facha allanaron su casa en el barrio de San Pedro en La Paz. María Isabel tenía ya cuarenta años cuando la metieron en un jeep del Ministerio del Interior, rumbo al Departamento de Orden Político, a un costado de lo que fue la Asamblea Popular de 1970. Su marido fue desterrado y sus cinco hijos se quedaron con Rosita, la abuela vestida de negro que lloraba en silencio al ver a los chicos tan solos. Encerrada en la semioscuridad de su celda, María Isabel supo que en otra estaba Graciela Artés. “La gaucha” la llamaban los carceleros. Supo que tenía una hija. Sólo en 1996 se enteró que la Policía Federal Argentina había asesinado a aquella mujer con la que sólo pudo compartir el silencio. Para vencer el miedo en esas horas, María Isabel se acordaba de su familia, de su Oruro natal, de sus amigas, y, sin querer, de las fiestas. Entonces tarareaba despacito algún bolero de Los Panchos, cantado por Raúl Shaw Moreno, cuyo padre le había enseñado la taquigrafía. Y, a veces, escuchaba en los corredores de la memoria la canción Istanbul, de Los Four Lads, de Toronto.

            Empujados por la corrupta modernidad neoliberal y la amenaza de una puñalada gratuita en cualquier esquina de La Paz, sus hijos fueron dejando el país. Como granos de maíz que la vida va sembrando, algunos echaron raíces en Canadá. María Isabel llegó casi a los 70 años a Toronto. Urbe henchida, políglota. Por sus calles corrían los tranvías como musculosos caballos colorados. Ciudad de mil lenguas y cocinas. Olor de leones en el metro. En su clase de inglés para inmigrantes ella pregunta: ¿Cómo se pronuncia el nombre de esta ciudad? Alguien dice: Thronah. Otro niega. No, se pronuncia Tronto. Señora, le explica una mexicana, no se preocupe por el acento, nosotros no hablamos como españoles, ni los toronteños hablan como londinenses. “¿Y no hay problema cuando uno tiene un acento fuerte?” pregunta María Isabel desde sus gafas. La mexicana le responde seria: “Aquí todos tenemos acento, doña María y si a usted le dicen algo, ¡pues nomás me los manda a la chingada y ya!”

            En febrero de 2006, buscando mejorar su inglés, María Isabel halló un anuncio en una farmacia de su barrio. El texto solicitaba una persona para conversar unas horas por semana con un anciano que sufría Alzheimer. Se fijó en la dirección. Estaba a dos cuadras del metro de Bathurst. Ella vivía en una pequeña habitación alquilada a diez minutos del metro de Dufferin.

            El viejito estaba sentado en un sofá. Sus manos descansaban en la empuñadura de un bastón. “Here he is, his name is James” le dijo una enfermera filipina en el hogar de ancianos. Él debía ser de su misma edad. Pero se veía como un perro labrador frágil y cansado. “What is your name?” le preguntó James. María Isabel, respondió ella. “¡Ah! María Isabel”, repitió el anciano y empezó a tararear Maria de West Side Story. “And who are you?” remató James al acabar su improvisada canción. ¿Por dónde empezar? se preguntó ella, notando que pese a sus años, el anciano tenía dejos de musicalidad en su voz.

            Con un diccionario inglés-español ella empezó a contarle su historia, cosa que no haría con cualquiera. Dos razones la empujaron. Primero, la necesidad de practicar su inglés, y segundo, que James sufría de Alzheimer, lo cual tenía ventajas y desventajas. Una ventaja era que él sin duda olvidaría lo que ella le iba contando. La desventaja se resumía en saber si su nuevo amigo sabría o no corregirle la pronunciación.

            Poco a poco se instaló una rutina en su nueva vida. María Isabel visitaba a James los martes y jueves por la mañana. Él le hacía repetir frases y palabras, lo cual mejoró su dicción y, para su sorpresa, él era capaz de recordar algunas cosas de lo que ella le iba contando. Sin embargo, James no recordaba mucho sobre su vida. Un día le preguntó: “Maria, how was the music in Oruro?” Me acuerdo de una canción, respondió ella,  Momentos para Recordar (y aquí entonó, casi cantando, la canción en su nueva lengua inglesa, que se abría como una flor secreta, como un prisma que le permitía ver el mundo desde otro planeta) The quiet walks, the noisy fun, the ballroom prize we almost won, we will have these moments to remember. Al escuchar estas frases, algo ocurrió al interior de James. Crujió una puerta hasta abrirse, entró un torrente de agua, de imágenes y voces, atravesándole brevemente de sien a sien. Entonces sus pupilas se dilataron y de pronto su voz saltó al aire como un tigre atrapando la canción al vuelo y continuó con el resto en un torrente melódico: Though summer turns to winter and the present disappears the laughter we were glad to share will echo through the years. Cuando se acabó el tema James le tomó las manos y le dijo con dos pedazos de cielo iluminado en la mirada “You know?, I wrote that song!” María Isabel no entendió. James le dijo de nuevo en inglés casi deletreando: “¡Yo escribí esa canción!” La luz de febrero de 1954 volvió a los ojos de María Isabel al comprender a quién le estaba contando su vida. En su inglés más exquisito y apuntándole con la incredulidad de su índice María Isabel le preguntó: “Are you… are you one of The Four Lads?” “Yes Maria, yes I am!” le respondió el anciano, apretándole las manos.

            Esta podría ser una historia de amor, pero no lo es. (Al final, aún el amor tiene sus límites). Ella sigue visitando a sus hijos y saliendo al cine con sus nietos. Y los martes y jueves por la mañana María Isabel continúa platicando con James, quien ineluctablemente va perdiendo la memoria. Ella le cuenta cómo era Oruro again and again. A veces le habla de la vasta ciudad de Toronto que ella va inventando en su nueva lengua. Y James va haciéndose orureño a fuerza de pasear por las mismas calles y acudir a las mismas fiestas. Conoce el Liceo Dalence, el Hotel Edén en la plaza principal, el Teatro Imperio, el gran escenario al estilo francés del Teatro Palais Concert, donde ahora se presentan The Four Lads, y James sale en primer plano ante el aplauso del público, vestido con un tuxedo negro, micrófono en la mano, siempre joven los martes y jueves, explicando en español cómo se originó su grupo musical en una escuela católica de Toronto. Él sabe que María Isabel está entre el público. Y ella, mientras camina hacia el metro de Bathurst a visitar a su cantante, sabe que aquella canción Moments to Remember ya no es solamente la iluminada puerta de escape de su celda en el Departamento de Orden Político. Y cuando escucha a James cantando antiguas canciones, saliendo palabra a palabra de la niebla del olvido, ella puede imaginar a su amiga Graciela Artés “La Gaucha”, sentada en una butaca del Palais Concert de Oruro, escuchando las canciones de Los Four Lads.

***

 

Alejandro Saravia, reside en Brossard, provincia de Québec, nació en Cochabamba, Bolivia. Hizo algunos estudios en comunicación en la Universidad Católica de La Paz y luego de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz) y en la Universidad de Montreal (Canadá) donde trabaja como periodista.

Entre sus obras publicadas se encuentran “Rojo, amarillo y verde”, “Habitante del décimo territorio”,

“Oilixes helizados” de la Editorial Artifact Press y “La brújula desencadenada” y “Ejercicio de serpientes”, de la Editorial Hispanos, ambas de Toronto. Cuenta con muchísimos textos publicados desde 1995 a lo largo y ancho de Canadá, entre los que citamos el cuento “Los osos de Port Churchill" en el periódico Correo Canadiense y en la página web Torontohispano.com, sección Concurso Nuestra Palabra. Obtuvo una mención honrosa en el II Concurso Iberoamericano de Poesía "Neruda 100 años 1904 - 2004, realizado en Temuco-Chile.      

Alejandro ha venido realizando una serie de presentaciones públicas cuyo común denominador es la múltiple temática del castellano y que se han realizado en Toronto, Ottawa, Montreal y La Habana, 

Se vuelve a hacer presente en el podio de los ganadores de « nuestra palabra» con un cuento exquisito que demuestra la imaginación, el tacto y la sobriedad de este destacado escritor boliviano.






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