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Actas : Prosa Febrero 3, 2021


La muñeca
Guillermo Rose

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 Versión Impresora 
np 5
LA MUÑECA
Alfonsina entró apurada a su casa, era tarde y padecía al dejar a sus hijos solos. Miró a la perra echada al pie de la escalera que iba a los dormitorios, el animal arqueó los párpados con un gesto pasible y siguió durmiendo. Alfonsina subió en puntas de pie y se asomó al cuarto de la más pequeña, dormía abrazada a su canguro de peluche. Se asomó al cuarto de los más grandes y escuchó las respiraciones de un sueño ya entrado .
¡Que alivio! Pensó, y se apoyó sobre el marco de la puerta, primero un hombro luego el otro, dejando caer su peso, sintió como se aliviaba ese ruido percutante que le oprimía el pecho cuando le tocaba dejar a los chicos , infundado solía decirle su marido.
Con una honda y prolongada respiración se incorporó, volvió sobre sus pies y bajó la escalera.
Se dirigió a la cocina y empezó a recoger los platos, se detuvo para vaciar los restos de comida cuando al agacharse, entre sus pies y las líneas hexagonales de la cerámica del piso, la figura extendida, diminuta, de una nena le heló la sangre. Los bracitos entreabiertos, dos colitas en el pelo caen sobre sus hombros, una más arriba que la otra y una mueca en la boca.
Alfonsina busca apoyo y se sienta, su mirada la recorre, el torso desnudo, la piel bronceada, una bombachita blanca con florcitas azules y amarillas, unos zapatitos Rigazio de charol negros, ¿tendría 7, tal vez 8 años?

Un gesto, el peinado, algo de la criatura tiene un parecido con Emilia, su hija, pero Emilia duerme.
Alfonsina se agacha para levantarla y la envuelve el vaho del calor húmedo de una siesta de verano y escucha un susurro ronco:
—Venga mi negra. Y la voz lejana ahora más cercana y más carrasposa.
—Acércate, vení, sé buenita conmigo, tráeme un vaso de agua para poner los dientes...
Alfonsina sigue el hilo de la voz, y ve a la nena, que va y viene con un vaso de agua en la mano, dudando, cruza el marco de la puerta de la habitación y entra.
Afuera de la casa, a esa hora de la siesta el sol era un disco amarillo que rajaba la tierra. Los chicos que pasaban vacaciones de verano en la quinta de sus abuelos entraban a la casa.

Dentro de la habitación.
—Vení, quédate un ratito, te cuento un cuento, si yo no te hago mal, de nada, nunca te voy a hacer mal.
El resplandor de la siesta entraba por la ventana y el sudor acre de aquel cuerpo fláccido, blanco y arrugado parecía transpirar por las paredes, la voz pausada una vez que se quitaba la dentadura postiza se volvía más latosa y hacía eco en un paladar cavernoso.
—Vení, sé buenita conmigo.
Arrastrando las letras con la misma cadencia, el abuelo empezaba aquella versión del ogro de las botas de las siete leguas. La nena, extendida de lado en la cama esperaba un cuento.
—Había una vez una familia muy ocupada y con muchos problemas, los padres no podían cuidar de sus hijos, con lo cual deciden un día abandonarlos en el monte de una quinta lejana. Los niños se encuentran solos y caminan, caminan, buscando señales y amenazados por los lobos sienten haber encontrado refugio cuando ven una luz iluminar una casa a lo lejos.
Llegan, golpean a la puerta, abre una mujer que les dice:
—¡Ay! mis pobres chicos, ¿adónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—Pero los lobos nos comerán esta noche, si usted no quiere darnos abrigo, respondieron ellos.
—Voy a esconderlos hasta mañana, dijo la mujer y los dejó entrar.
El abuelo, tendido boca arriba moviendo su brazo fláccido dio unos golpes secos sobre la cama, diciendo: —es el ogro que entra, y olfateando a derecha e izquierda, con los labios pesados,
agregó : —huelo a carne fresca se siente a carne fresca, repitió con voz pastosa el abuelo, llevándose su mano bajo el calzón.
La nena impávida, la mano del abuelo en ese lugar y el movimiento bajo el calzón. La nena, el hueco en su estómago, la turbación y esa luz amarillenta que entraba por la ventana se ha oscurecido, una tiniebla pavorosa se mueve por la habitación.
El abuelo prosiguió el cuento entre jadeos.
—El ogro camina por la casa y descubre a los chicos uno tras otro. Los pobres le piden piedad, pero están ante el más cruel de los ogros. La mujer lo intercepta y le dice — mañana van a estar mejor. El ogro acepta y se queda dormido. Al día siguiente descubre que los chicos han huído. Furioso se pone sus botas mágicas de las 7 leguas y sale al monte tras ellos.
El abuelo, gira apenas, mira a la nena y con una voz desfigurada y áspera le ordena: — ahora mostrame tus teticas. Estira una mano tanteando, buscando alcanzarla, la otra mano sube y baja por su sexo, se agita, mueve el torso con un balanceo tembloroso y se detiene mojando su calzón gastado.
La nena siente un ardor punzante de la nariz a la garganta que se hunde hasta su vientre, se escurre por la colcha de raso, quisiera salir expulsada pero está chupada en ese estupor . No ve la ventana, ni la cortina, ni la puerta. Ve la silueta de un ogro queriéndola alcanzar. Se ve a ella buscando sus zapatitos Rigazio de charol negro y echándose a correr. Corre por un monte infinito de una quita lejana, corre junto a los lobos del cuento, agarrada fuerte del pelaje despeinado por el viento. Siente la humedad fresca que brota de la tierra y arriba los rayos del sol filtrarse entre las copas frondosas de los árboles. Siente frío, está sudando, mira a su alrededor, sus brazos en cruz, su cuerpo inmóvil y el ronquido del ogro. Inicia un movimiento, se siente pesada, se arrastra poco a poco hacia los bordes, desliza un pie, luego el otro, se descuelga de la cama del abuelo a tientas, mareada encuentra la puerta y sale.
Cruza el salón, el reloj de péndulo rompe el silencio de
la casa. Siente entre las costillas y el diafragma una fuerza que sube, se va a vomitar encima, siente la bilis en la garganta, lo quiere atajar, tiene miedo, además del almuerzo va a expulsar las entrañas, sale al patio, una bocanada de aire caliente choca con su sudor frío , se deja caer a la sombra de un algarrobo frondoso, pegada al tronco del árbol, el aire entra, respira, pero se siente embotada. Se acomoda su bombachita blanca, con florcitas azules y amarillas y ve su vientre hincharse como un globo. Si hubiera vomitado, piensa. Levanta su mirada y ve el bebedero de los caballos, una tina gigante plantada en el medio del lote de alfalfa. Allá va, se sumerge y nada en esas aguas de fondo verdoso, se palpa: un vientre hinchado, una pierna, una mano, una mejilla, pero no se encuentra, y algo se revela en su conciencia de niña. Su alma había tomado peso y se hundía en ese fondo viscoso, su cuerpo flotaba ingrávido en la superficie. Aguantó aún más la respiración, sus ojos desorbitados buscaban las últimas gotitas de aire, ella sigue nadando, desorbitada, desalmada, sigue nadando sin saber si está en el fondo junto a su alma o en la superficie junto a un cuerpo hueco sin carne y sin sustancia.
Alfonsina se incorpora en el sillón, se toca su vientre plano. Acomoda la nena en su falda, con la punta de sus dedos acaricia su rostro y le arregla el pelo. Siente pasitos en la escalera, se asoma, es Emilia, su hija que la mira atónita abriendo esos ojos grandes en ese rostro de sueño.
— ¿Qué haces mamá?, ¿adónde la encontraste, te gustó mi muñeca nueva? Es un regalo de Valen, su mama está haciendo esas muñecas de trapo y madera.


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La muñeca
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