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Actas : Prosa Diciembre 7, 2020


Relectura de Sobredosis de Alberto Fuguet, Alfaguara, 1990
Jorge Etcheverry Arcaya

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Releer ahora estos cuentos de Sobredosis de Alberto Fuguet, Alfaguara, 1990, nos hace recordar lo innovadora que nos parecía su prosa en ese entonces, que es un poco como decir que lo sigue siendo en el presente, ya que el advenimiento de los medios virtuales ha simplificado y acelerado la literatura. Ahora, en gran medida, se lee en pantalla en una situación de lectura que tiende a imponer la emisión—en caso del escritor—de textos más y más accesibles y breves, y en el caso de la prosa, de argumentos límpidos, claritos, para beneficio de un supuesto lector universal. En un ambiente en que las audacias, hallazgos y experimentos en la escritura de generaciones pasadas sólo ofrecen una versión simplificada en los escritores y poetas nuevos. Porque la plasmación de las narraciones de Sobredosis con su gran presencia de un habla coloquial urbana, en general juvenil, en boca del narrador y los narradores /personajes, pareciera, ——por su complejidad que se oculta en la lectura fácil y entretenida, pero a la vez profunda— ir a contrapelo de las demandas actuales de la lectura virtual (fija o portátil, de escritorio o pantalla). La extensión y consolidación del estado de cosas neoliberal globalizado, la estabilización—pese a todo—del modelo chileno económico y social originado en la dictadura, el continuo incremento de Santiago que fagocita al país, han seguido su curso desde los ochenta, pero estos cuentos todavía nos llegan con su frescura y actualidad originales. Esto cuando la globalización, que de alguna manera se estrenaba entonces, la apertura de los países al mundo, la facilidad de los desplazamientos, etc., hace que gran parte de los autores que quieren ser leídos elijan un español internacional que sea comprensible y accesible mundialmente, abunden las ediciones en otros países de autores nacionales conocidos—o no tan conocidos—así como de una gama de autores que viven en el extranjero, en el caso de los diversos países. Escritores que son a veces ellos mismos trans o multinacionales, o simplemente globales. La relativa homogeneidad y ubicuidad de la megaciudad—macOndesca*, sólo se detiene en las fronteras del mundo islámico, donde sin embargo las juventudes urbanas se las ingenian, en gran parte mediante los nuevos medios de comunicación social, para generar y mantener una subcultura con muchos elementos ya hechos universales a los que no les son ajenas las reivindicaciones democráticas y sociales.

Ya no existe, o no en la misma medida, la frescura del primer deslumbramiento de esa juventud santiaguina—que algunos podrían calificar como ‘alienado’—con los elementos subculturales y de la cultura popular provenientes de la así llamada metrópoli, mayormente de América del Norte, que estos despertaban hace décadas entre sectores de una juventud, principalmente acomodada y media santiaguina. Hace mucho que todo esto es habitual en Santiago. El mall ya es manido y rutinario, aunque sin sumirse en la indiferencia de lo archiconocido y dado por supuesto en la vida cotidiana no tan sólo de las ciudades, como se da en el “mundo desarrollado”. La juventud ya no se entrega con el mismo brío a las marcas, estrellas, celebridades y estilos de una marginalidad sin embargo cara y comercial (universal), con la pasión exagerada de los cabros de Fuguet, aunque hay numerosos prosistas, como Paz Soldán por ejemplo, que narran esa juventud urbana y dizque cosmopolita.

En el Cono Sur, y para dar unos ejemplos, el primer Jorge Assís ya había tematizado a la juventud bonaerense, sus maneras y su lenguaje, dentro de un contexto más bien político, pero que formaba parte de un modo de vida y de una sub cultura. El deslumbramiento desfasado respecto a la cultura popular, urbana de la metrópoli norteamericana tuvo una versión paradigmática en La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig. En uno de los cuentos de Sobredosis, la inmolación del personaje Macana es un sacrifico a esos dioses. Antes de su sacrificio, que es una performance para su grupo o pandilla y el nacimiento de una especie de mito urbano, él tararea en su cabeza Wellcome to the jungle. I get worse here everyday, de Gun and Roses, pero en el entorno reflejo del Apumanque, el mall de moda en ese entonces, en el corazón del barrio alto “la parte de atrás del centro comercial parecía sacada de Blade Runner: puro cemento, murallas altas, vidrio mojado” (Deambulando por la orilla oscura, p.18. ). La personaje que narra Pelando a Rocío (página 53) comienza “es que tú no me vai a creer huevona”, y termina ¿Y tú galla, qué creís” (p. 85). Es difícil leer este cuento, básicamente una voz coloquial femenina que habla con su interlocutora, sin acordarse de Cae la noche tropical, que aparece dos años antes del libro de Fuguet, de Puig, cuya obra es y sigue siendo importante para los jóvenes narradores latinoamericanos.

El narrador en tercera persona que enmarca y entrega en general los cuentos de Sobredosis (omnisciente u objetivo, que le dicen), no entrega juicios ni pontifica, y en general se mantiene dentro del marco de la conciencia y mentalidad de los personajes. A lo más describe y sitúa. Respecto a la temática, en general juvenil, por supuesto que estaba la representación de la adolescencia/juventud acomodada y de clase media limeña en Los cachorros de Vargas Llosa y el magistral Bienvenido Bob de Onetti, que tematiza la autarquía juvenil y la irremisible degradación de la entrada en el mundo adulto . El mundo de la juventud chilena urbana de la pequeña burguesía de fines de los sesenta había sido objeto de Palomita Blanca de Enrique Lafourcade, pero el espectáculo de la adolescencia santiaguina bajo la dictadura de Sobredosis focaliza lo que se podría llamar esa subcultura en un espacio que comienza a sentir los efectos de la liberalización económica, el influjo de los elementos culturales estadounidenses, el sincretismo con los elementos nacionales incorporados a esa subcultura, la restructuración de la misma según los códigos simbólicos, lingüísticos y conductuales que otorgan el estatus. Y lo que es importante en términos de la adolescencia y primera juventud, la combinación del espíritu de pertenencia al grupo, la lucha o defensa contra la exclusión, y el deseo de individuación, singularización, al interior de esa pertenencia, en una dialéctica de resolución (casi) imposible. A esto se suma la alteridad de discursos y realidades vivenciales contiguas y yuxtapuestas que constituyen a las ciudades grandes contemporáneas a que se ven expuestos los personajes, en cuya charla mental y habla se inmiscuyen o insinúan de manera más o menos sorda los elementos de un discurso y realidad políticos en general heterogéneos a la clase o estamento de estos muchachos, pero que los inquietan y está ahí, como la pulsión inevitables de la realidad social y política bajo la dictadura.

Estas narraciones, como todo escrito que tematiza en prosa a la adolescencia/juventud, se enmarcan en la formación de los personajes, su toma de conciencia, aunque sean cuentos y no novelas de formación. No se trata ya de la Bildungsroman, sino más bien son instantáneas horizontales, tajadas de vida presente y hablada que retrotraen su historia en ese flujo. En general, el relativo descuido de la juventud/adolescencia como tema, va aparejado con la pequeña estima en que tanto las derechas como las izquierdas le tienen tradicionalmente a la pequeña burguesía urbana, la gente ‘de medio peluche’ según las damas de la aristocracia chilena de hace varias décadas, que nunca será aceptada, o el arribista interclase, sin solidaridad con el proletariado, pero que administra en gran parte el aparato del estado, según alguna versión de la izquierda. Y, más específicamente, se desconfiaba y se desconfía del joven “pequeño burgués”, o el hijito de su papá que tiende a ser extremista o provocador, o fascista, subordinado a la burguesía e imbuido de una cultura libertina, arribista y decadente, en el mejor de los casos un revolucionario de café. Estas concepciones pueden haber sido subyacentes a la recepción negativa de Sobredosis en algunos ambientes.

Pero la situación parece haber cambiado. Está la participación mundial de la juventud en los diversos movimientos Occupy. Están las marejadas de pingüinos en Chile, que en una de éstas conseguirán cambiar la retrógrada educación en el país. Está la recepción que tuvieron sus dirigentes de parte de los medios de comunicación y los jóvenes en muchas ciudades metropolitanas—incluso aquí en Canadá— , y que de alguna manera invierte la relación estructural metrópoli colonia y quizás incluso contribuya de alguna manera a inspirar o a fortalecer a las luchas estudiantiles en el “Primer Mundo”. Todo esto está dando fe de un movimiento y una mentalidad juvenil que atraviesa las clases y acaso los países, y en su momento asombra a los partidos, mostrando en los hechos, más que en la representación artística, que necesita tiempo para madurar, a una juventud que sin perder sus rasgos culturales, o subculturales, quizás tenga en sus manos algo así como el futuro.

*“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países, pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercano al concepto de aldea global o mega red.
Nuestro país McOndo es más grande, sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas, metro, tv-cable y barriadas. En McOndo hay McDonald´s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos. Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral. El trasfondo tras la ilusión del realismo”

Santiago de Chile, marzo 1996, Prólogo del libro McOndo (una anotología de nueva literatura hispanoamericana) Ed. Gijalbo-Mondadori/Barcelona 1996, Presentación del País McOndo
Por Alberto Fuguet & Sergio Gómez, editores


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