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Actas : Prosa Noviembre 10, 2020


No hace falta el perdón
Jorge Carrasco

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Ese viernes, al volver del colegio, mi padre me dio la noticia. El aire acusador de su rostro delataba la infantil pretensión de aumentar las culpas de mi madre y revelar su abrumadora inocencia. En una reacción casi instantánea, por lo repetido del acto, yo hice todo lo contrario: busqué en su expresión rastros de culpa y pensé con rabia y dolor en el miserable destino de mi madre. Fue después de secarme la cabeza con una toalla.

_ Tu madre se fue de casa.

Sonreí, sin embargo, con la ventaja de quien puede soportar la sorpresa y convertirla en algo cotidiano. Me saqué el uniforme y los zapatos negros y me puse las botas de goma viejas. Vivíamos en la parte baja del pueblo, a orillas del río Imperial, y el colegio se ubicaba a nueve cuadras de allí. Mi padre, sin despegar la cabeza del piso de madera, añadió que mi madre se había ido con otro hombre. Así, a bocajarro. Sin dejar de meterme las perneras del jeans sucio dentro de las botas, quise saber con quién. Mi padre movió la cabeza.

_ No vale la pena, Juancito - me dijo. Nunca lo había visto tan quebrado, tan falto de voluntad.

Luego se acercó a la ventana. Miró hacia el cielo un momento largo.

_ Va a seguir lloviendo - dijo. No me hablaba a mí, sino a sí mismo, como si yo fuera una prolongación de su existencia y quisiera darse ánimo o convencerse de algo. Yo sólo atiné a decirle:

_ Mamá aguanta un tiempo y se cansa de usted. Siempre hace lo mismo. Ya volverá.

_ No - dijo con voz triste y fatigada -, no va a volver. Esta vez no.

Mi madre era una mujer muy frágil, taciturna, dubitativa. Cada vez que mi padre le hablaba golpeado, ella temblaba y sus ojos se humedecían de lágrimas. Yo los vi discutir muchas veces. Muchas veces también vi a mi madre irse, abandonarnos por unos días, temerosa de las palabras y los empujones de mi padre. A casa de su hermana, mi tía Adelina, que vivía en la parte alta del pueblo, cerca del cementerio. Pero siempre volvía. Llena de miedos y remordimientos.

_ Vaya a la casa de mi tía - le dije con un resto de aplomo mientras retiraba el barro de mis botines de colegio -. Seguro que está allí.

_ No - me dijo, todavía sin quitar la vista del cielo encapotado -. Ese será el último lugar adonde ella vuelva.

Tenía razón. Al día siguiente supe que mi madre se había fugado con Anselmo, el marido de mi tía Adelina. Si el abandono de mi madre había hecho tambalear el amor de hijo que le tenía, la traición que le hizo a su hermana, mi tía Adelina, terminó de apagar mi amor por ella. No se podía ser más ingrata.

Mi padre ya no miraba la inmensidad. Sus ojos muertos apuntaban hacia el papel de diario viejo, estirado sobre el piso, que recibía el barro de mis zapatos.

_ Ahora quiero que te vayas - dijo con una voz entre dulce y autoritaria -. Dile a Adelina que te cobije.

_ ¿Qué dice? – pregunté.

_ Tienes que irte – dijo él.

_ No quiero. Estoy acostumbrado a dormir en mi cama. Las veces que fui a casa de mi tía dormí mal. Usted sabe eso.

_ Serán las pulgas. Dile que espolvoree las sábanas con veneno.

_ No son las pulgas – dije intentando adivinar la intención en el rostro de mi padre. Fue inútil.

_ Adelina es una buena mujer. Servirá para que le hagas compañía. Anda, no regañes.

Afuera seguía lloviendo. Estábamos en julio. El mes de la inundación.

_ Es peligroso – dije mientras lanzaba al basurero la hoja de diario con el barro -. Está por subir el río. No se puede quedar aquí.

_ Yo sabré cómo me las arreglo. Debes irte. El río está peligroso.

En los meses de junio y julio llovía semanas enteras, el río Imperial subía y nosotros debíamos ponernos a resguardo en casas de parientes. Para eso teníamos un bote bajo un cobertizo, en el patio. Él insistió en quedarse. Ante su negativa a que me quedara, tomé algunas prendas de ropa y mis útiles escolares y me fui a casa de mi tía. Ella fue incapaz de traspasar las culpas de mi madre a mí. Me recibió con un abrazo, llorando.

_ ¿Cómo está Arnoldo?

Pasaron los días. Las lluvias seguían cayendo y el río avanzaba sobre las viviendas de la orilla. Mi casa, con mi padre adentro, comenzó a llenarse de agua. Yo volvía del liceo, me sacaba el uniforme y, sin probar el té con huevos fritos que mi tía me preparaba, me calzaba mis botas de goma y bajaba corriendo la vereda de cemento, detrás de la estación del ferrocarril. Tocaba las aguas fangosas del río en menos de cinco minutos. Chapoteando con dificultad llegaba hasta la puerta. La empujaba con todas mis fuerzas, lleno de rabia y frustración. Parecía clausurada. Luego pronunciaba en voz alta, de manera solapada y sigilosa, el nombre de mi padre. No había respuesta.

Tras varios días de feroces temporales el río tomó una coloración marrón, amenazante. El final se anunciaba. Ya las aguas me llegaban a la cintura cuando decidí sacar el bote del cobertizo. Lo llevé a la orilla. Allí me quedé a vigilar, desde la entrada hasta la salida del sol, mojado por la lluvia incesante. Dejé de asistir al colegio. Comía una sola vez al día, antes de acostarme. Pasaba las horas entre las zarzas o bajo los sauces, atento a cualquier movimiento que surgiera dentro o fuera de la casa. Siempre era el mismo espectáculo: las aguas espesas arrastrando troncos, ramas, animales muertos, pedazos de casas, como burdos, temibles mensajeros del destino. Yo esperaba una señal de mi padre. Estaba listo con mi bote para ir a salvarlo.

Al no ver ningún indicio de vida, una mañana de espesa neblina tomé mi bote y me acerqué con sigilo.

_ Papá – grité -, ya es tiempo de que salga.

No respondía. Esperé unos minutos y volví a pronunciar su nombre. Lo hice con firmeza, con resolución, con indecible pena. Al final, cuando ya se oía el chapoteo del remo en el agua y la proa del bote apuntaba hacia la orilla, papá me gritó de adentro, tosiendo, con voz débil:

_ Vuélvete, hijo. Yo estoy bien.

Su voz tenía un timbre cavernoso, enfermo.

_ Es que el río se va a llevar la casa - le dije desesperado.

_ No te preocupes. Ya sabré cómo salir de aquí.

Fue la última vez que oí su voz.

Volví a la orilla, a continuar con mi guardia imperturbable, en medio del lodazal. La gente se fue amontonando a mi alrededor. Esperaban el fin del espectáculo. En uno de esos días, con el sol de la tarde aún en lo alto, sentí una mano en mi hombro. Por la voz supe que era mi madre. No le hablé ni la miré. Ella no insistió. Dirigí mi mirada a la casa que ya se bamboleaba en el agua. Luego hice un movimiento de cabeza para señalarle el bote. Ella entendió. Subió al bote y comenzó a remar hacia la casa inundada. La vi llegar, tirar los remos hacia el interior del bote y pararse para posar una de sus manos en el alero. Luego de unos minutos, una de las ventanas se abrió. Mi madre ató el bote a un travesaño y entró. A mis espaldas la gente dio un suspiro de alivio.

Había empezado a llover. Ya casi oscurecía cuando vimos que alguien subía al techo desde una pared trasera y caminaba hasta el borde de la casa. Vestía un impermeable negro, botas de goma y un sombrero.

_ ¡Papá! - grité.

Saltó al bote. Yo esperaba que mi madre saliera también de la casa. No lo hizo. La pequeña embarcación, azuzada por los remos, llegó hasta la mitad del río. Los remos se detuvieron y el sombrero se desvió con la cabeza para mirar hacia atrás. En ese momento las aguas arrancaron de cuajo la casa de sus cimientos. Comenzó a flotar por el río hacia el oeste, hacia el mar de Puerto Saavedra, como una caja de fósforos en un fregadero.

El bote quedó a merced de la infernal correntada. Al principio creí que quien remaba se había quedado sin fuerzas. Comencé a gritar desde la orilla. Una y otra vez.
¡Papá! ¡Papá!
El remador seguía sin atender mis llamados, atento sólo a mirar las planchas de zinc flotantes en medio de la corriente. En pocos minutos la casa quedó casi totalmente hundida. Sólo se podía ver el ángulo del techo a dos aguas a punto de desaparecer. Entonces los remos comenzaron a moverse con frenesí hasta que el bote se acopló a la velocidad de las aguas y pasó a formar parte del oleaje.


Lo seguí desde la orilla, mojado de pies a cabeza. Sólo resistí poco más de un kilómetro, corriendo entre zarzales, matas de juncos, vegas alambradas, hasta el comienzo de una zona pantanosa que me vedó el paso. Al final, encaramado en un boldo, pude ver que el bote se perdía en una curva, detrás de los tentáculos melancólicos de una hilera de sauces.

Desanimado, orillé de vuelta el río hasta ubicarme en mi anterior lugar de guardia, como una mascota que añora su anterior hogar. Me quedé solo hasta el anochecer, sin entender por qué mi padre no se dirigió a la orilla donde yo lo esperaba. Tía Adelina llegó después y me cubrió el cuerpo húmedo con una frazada.
Intercambiamos miradas culpables. Su marido me había quitado a mi madre y mi madre le había arrancado a ella la única compañía que tenía en este mundo. Sabía que nos unía algo infinitamente más fiable que el amor y el remordimiento.

_ Vamos, mi niño – dijo -. Aquí hace frío.

Pasó julio con sus aguaceros inconsolables y llegó agosto con la timidez de un enfermo que ha padecido un ataque. De las aguas del río sólo pudieron rescatar los cuerpos de un bombero y una pareja de campesinos ancianos. De mis padres, ni rastros. Muchos años después, cuando aún seguía viviendo en casa de mi tía y, convertido en ingeniero forestal, trabajaba en una dependencia regional de la CONAF, nos llegó una encomienda con una carta muy escueta. Era de Anselmo. Decía así.

Adelina: Ya no hace falta pedir perdón. Sólo te escribo para decirte que tu hermana Margarita, la madre de Juan, murió ayer luego de una penosa enfermedad. La enterraron hoy en el Cementerio Municipal de Cauquenes. Ya no vivía conmigo, ni con el padre de Juan, que murió dos años antes. Yo me quedé solo hace mucho tiempo, me fui a Concepción, a la casa de mi hermano Aurelio; por vergüenza no volví a Carahue. Creo que por eso mismo Arnoldo, vencido por el amor, no soportó ser el hazmerreír del pueblo y volvió a vivir con Margarita lejos de las habladurías. Me contó ella que un día ubicó mi dirección y me escribió esta carta. Era para encargarme que si alguna vez moría le enviara a Juan el impermeable, las botas y el sombrero. Para que él supiera que nunca dejaron de quererlo y qué sucedió ese día de la inundación.

Siempre en mi recuerdo,
Anselmo.



















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